viernes, 8 de mayo de 2009

Relatos sueltos - Dicen que tengo que amarte


(De "Dicen que tengo que amarte")

Tu hija mas grande casi puede ser mi madre, y tu nieto mayor tiene más años que yo. Escucho las voces de tu familia hacia el patio, hablando con cuchicheos, como para que yo no entienda, pero de todos modos me doy cuenta que están hablando de mi. Cuando llegamos a la casa pude notar el asombro en la cara de todos: tus hijas me miraron con recelo y tus hijos me radiografiaron de arriba a abajo para ver qué tal tu última adquisición. Sólo en los ojos de tus nietos sentí algo de solidaridad por tanta desventura.

Ella es Amapola, dijiste de golpe apenas te bajaste del auto y yo me quedé encerrada esperando que algún milagro me salvara de bajar y tener que enfrentarme a ellos. Tres hijas, dos hijos, nueve nietos, las sirvientas, el chofer, el jardinero... todos formando una pasarela para conocer a la nueva mujercita del patriarca. Me imagino que sabían que era más joven que vos, pero no habrán esperado que la diferencia fuera tanta.

Cuando abriste la puerta para que me bajara, me acurruqué como un pollito aterido de frío, pero no tuve más remedio que poner mis pies en el suelo y enfrentar la realidad. Buenas tardes, fue todo lo que dije, tampoco nadie trató de ser amable conmigo. Una de las empleadas llevó mi valija hasta la pieza y otra me alcanzó un vaso de agua, porque comencé a tocer a causa de los nervios. Cuando pasé el examen visual pude por fin refugiarme en la habitación hasta que me vinieron a buscar para que fuera al comedor.

Me senté en este rincón para no llorar delante de todos. Se repartieron por la casa, tomando gaseosa, comiendo choricitos picados con mandioca y sopa, mientras los niños corrían por todas partes echando todo a su paso. Edelira, la del medio se acercó a mí y me dijo que tengo que ser buena contigo, que sufriste lo indecible con la pérdida de tu esposa, que la querías mucho, que te hace falta y que yo no intente ocupar su lugar. Sólo que me dedique a cuidarte y a satisfacerte manteniendo en orden la casa, teniendo tu comida a hora y seguramente rascándote la espalda si me lo pedís o procurando se dócil y gratificante en la cama.

Se unió a la conversación Doralicia, la más chica, de la que hablás como la joya de tu corazón. No saques las fotos de mamá de ninguna parte de la casa, me dijo, más como advertencia que como pedido. Ni siquiera les contesté, no tuve ganas ni argumentos. Me quedé allí sentada mientras las dos, paradas, me daban órdenes desde arriba. Cuando se unió Teresa, ellas le dijeron que ya me dieron las indicaciones necesarias para que te hiciera feliz.

Sólo tenés que quererlo un poco y él va a sentirse mejor, me dijo. Las dos la miraron con asombro. Qué querer ni ocho cuartos, lo que tiene que hacer es servirlo y listo, él no necesita amor de una chiquilina, sólo atención, para amor ya tuvo el de mamá y tiene el nuestro, remató Edelira. En ese momento pasó por allí tu hijo mayor y les dijo a sus hermanas que no me quemen en la hoguera de sus lenguas.

En serio, sólo querele un poco y él se va a poner mejor, me dijo Teresa antes de irse a darle de cenar a sus hijos. Las otras nos miraron con desaprobación a ella y a mí. Antes de salir de la sala, me dieron sus últimas indicaciones: no te vistas como una loquita con el vientre afuera, ya sos una señora.

Eso mismo me dijeron en el Registro Civil, que ya era una señora cuando firmamos el libro. Eso mismo me dijo mi madre, cuando me exigió que aceptara a un señor tan mayor como esposo, a cambio de la ayuda que le daría para cuidar a mis siete hermanitos, huérfanos como yo. Ah!, y nada de macanear con ningún pendejito, remató la menor, que al parecer es la de la lengua más afilada. Volvió trayéndome un plato con chorizos y mandioca y le tapó la boca a la hermana diciendo: Teresa tiene razón, ella sólo tiene que amarle un poco y ya está, él va a vivir tranquilo. Y bueno, dijo Edelira, que lo quiera entonces, para que el viejo se vuelva a sentir joven.

Que digan que te respete, que me digan que friegue la casa, que cocine, que te cuide, que te rasque, que te planche la ropa, que sea tu esclava en la habitación. Todo eso lo acepto, porque mis hermanos y mamá necesitan comer, pero ahora me dicen que tengo que amarte, y olvidar que tengo dieciseis años y vos setenta y cinco... y olvidar que allá en San Pedro, se me quedó Manuel, mi manuel, amor de mis amores.

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