jueves, 9 de noviembre de 2017

En el parque de Gaudí - novela

Es la historia de una adolescente, como miles de jóvenes del interior del país, que anhelan cambiar sus vidas y deben migrar a la ciudad capital o a otros países, buscando oportunidades laborales. Muchas lo logran y otras se pierden, inexorablemente, en callejones sin salida.
Cuando sus esperanzas parecen morir, el destino le hace un guiño y el horizonte adquiere otro color.
La protagonista es “Sara Cabañas”  quien viaja lejos de su pueblo en busca de un futuro diferente para su familia, pero se convierte en una víctima más de la trata de personas.


 

Capítulo tres

De Choré a Barcelona



Partimos de Choré a las cuatro de la tarde, en uno
de los desvencijados colectivos que pasaban por el
pueblo. Malena se quejó todo el camino y dijo que
quizás ya no volvería jamás. Llegamos a Asunción luego
de tres horas interminables; de la terminal de ómnibus
fuimos directo al aeropuerto porque nuestro vuelo salía en
la madrugada siguiente.
Cenamos una empanada seca en el bar y luego cambié
un par de billetes que me quedaron de los que papá me
dio. La mayor parte del dinero se lo dejé a mamá, para los
gastos de la casa, porque con esa venta que hizo mi padre,
no quedaba casi nada para hacer dinero en varios meses.
Ella se negó a recibirlo, pero se lo puse en el bolsillo a
pesar de su resistencia.
Eran las dos de la mañana. El avión partía a las cuatro y
media, en un rato más pasaríamos a la zona de embarque.
Fue en ese momento cuando sentí que me estaba yendo a
un lugar de donde quizás me sería difícil regresar.

Malena compró goma de mascar y chocolate, para
el largo viaje. Yo tenía pastillas de menta en la cartera.
Cinco paquetitos. Me los compró mi madre para el mareo
durante el vuelo. Cinco paquetitos que debían durarme
mucho tiempo, para sentir que tenía algo de mi país.
Cuando el avión levantó vuelo, vi las luces de la ciudad
que aún dormía… y traté de imaginar a mi familia a esas
horas. Papá y mamá ya estarían levantados. Ella haciendo
el mate y él preparándose para ir a la chacra apenas
clareara, para aprovechar las primeras horas del día antes
de que el sol le quemara las espaldas. Solo mi hermano
seguiría en la cama, arropado hasta el cuello, abrazando a
su perro que siempre se acostaba a su lado.
Cuando el enorme aparato comenzó a subir, no pude
reprimir las lágrimas que cayeron despacio hasta mi blusa
lila. En la fila de al lado, dos jovencitas lloraban abrazadas.
Al igual que yo se iban lejos de casa buscando un porvenir
mejor. Las vi despedirse de su familia en el aeropuerto.
Una de ellas, que tendría alrededor de veinte años, lloró
aferrada a su pequeño hijo hasta que una mujer mayor, que
sería su abuela, se lo quitó de los brazos y se alejó hasta la
puerta, llorando tanto como ella.
Malena me pasó un pañuelo de papel y un trozo de
chocolate. Esto te va a levanta el ánimo, dijo.
Luego de siete horas de espera en San Pablo, seguimos
viaje hasta Madrid. Cuando iniciamos el aterrizaje habían
transcurrido muchas horas desde que salí de mi casa.
Malena dijo que había seis horas de diferencia y que hacía
frío allá abajo. Era el 3 de mayo de 2013 y me empezaron
a zumbar los oídos. De nuevo empecé a llorar abrazada a
mi campera. Cuando el avión aterrizó no escuchaba nada
de lo que me decía Malena, tenía los oídos taponados.
Hice lo mismo que ella. Me desabroché el cinturón, tomé
mi bolso de mano, caminé por el pasillo del avión y me
bajé como todos los pasajeros en la pista. Aquello era una
inmensidad.
Estamos en Barajas, dijo Malena, cambiando repentinamente
su tono de voz. Cualquiera que la escuchara diría
que era española y no una paraguaya de la campaña.
Un ómnibus nos acercó hasta una de las puertas del edificio.
Todo era nuevo para mí que no había salido nunca
de Choré y apenas conocía su Terminal que consta de una
piecita y un kiosko donde se venden todo tipo de baratijas.
Nos embarcamos en otro avión hacia Barcelona. No
entendí lo que pasaba. ¿No nos quedamos en Madrid? Le
pregunté asombrada a Malena. No, fue toda su respuesta.
Algo me molestaba en el estómago y lo hice notar en mi
cara.
Luego de un poco más de una hora, llegamos a
Barcelona. Malena estaba callada como una piedra.
Después de retirar nuestro equipaje, salimos a la calle.
Fue como subir a un cerro, a una altura. Me sentí
flotar en el aire. Hacia un fresco agradable a esa hora de
la mañana. Mi campera comprada en la tienda de ropas
usadas por mi madrina, me resultó un poco pesadaMe la quité y disfruté del frío para mitigar la fiebre de
la nostalgia que comenzaba a invadirme.
Y pensar que
apenas me había marchado.


 


martes, 7 de noviembre de 2017

"El lector de libros incompletos" de Cuentos para leer en el recreo - Servilibro


Un olor putrefacto salía de las bolsas verdes que su madre estaba revisando. La vió separar las botellas de plástico, los cartones de leche y frasquitos de yogurt. A su lado, su tía Esmelda inspeccionaba un edredón gastadísimo y sonreía feliz con el hallazgo.
Sacá tu nariz de allí, le dijo su madre cuando intentó asomar su cabeza en la bolsa maloliente. Quiero ver qué hay, le respondió Nelson, e insistió en mirar y escarbar con un palo. Puajj, es puchero de pollo sin cocinar, dijo, tapándose la nariz con el brazo derecho.
¿Esto qué es? Gritó su hermanito Rufino. ¿Un robot? Un robot, mamita, un robot. El pequeño Rufino estaba histérico de alegría, saltando con un desvencijado juguete en las manos. Yo te lo voy a arreglar, le dijo Nelson, inspeccionando el juguete de color amarillo y azul.
Se sentó en la acera y empezó a manipular el robot, con tanta paciencia que un señor que barría su vereda lo miró embelesado. ¿Qué hacés, mitaì?
Quiero arreglarlo para mi hermanito, le dijo, y continuó armando y desarmando el robot, mientras los ojitos de su hermano brillaban de la emoción. Vení que te ayudo, le sugirió. Nelson se acercó hasta la acera y le pasó el juguete al señor que dejó su escoba recostada por la verja. Voy a traer mis herramientas, le dijo. En la punta de la cuadra, su familia continuaba revisando las bolsas de basura y separando las cosas que podrían servirle.
El hombre trajo una caja de herramientas y un sillón de cable y se sentó en la vereda con el niño. En un rato, el robot amarillo y azul ya movía los brazos, pero aún tenía atascada una de las piernas y le faltaba un ojo. Le tenemos que hacer un ojo nuevo, le dijo. Entrá en la casa, allí está mi esposa, decile que me mande la cajita de los hilos y botones que ella usa. Nelson ingresó con temor y encontró a la señora pelando mandioca en el hall, sentada en un sillón de mimbre.
Volvió con una cajita redonda de metal y se lo pasó al médico de juguetes. En segundos, el robot de Rufino tenía un ojo nuevo, diferente al otro, pero eso no importaba. Escuchó la voz de su madre llamándolo, y levantó la mano para indicarle que ya se iba. El médico ató la pierna enferma con un trocito de alambre y le hizo un yesito con un poco de cinta adhesiva. Ya está, le dijo, y le pasó el robot a Rufino. El niño lo apretó contra su pecho y le dio un beso a
la cabecita del robot. Gracias, dijo, y salió corriendo junto a su madre.
Gracias, señor, replicó Nelson y le pasó la mano. ¿Siempre pasan por aquí? Le preguntó el improvisado médico de robots. Sí, le dijo, los martes y los sábados, pero yo solo vengo los sábados porque me voy a la escuela por la mañana.
¿Cómo te llamás? Nelson Eduardo, le respondió ¿Y qué te gusta hacer? Continuó interrogándolo. Leer, le dijo, me gusta mucho leer. ¡Qué bien! ¿y tenés muchos libros? No señor, contestó. Solo dos que encontré en el basurero, uno está completo pero le falta la tapa y el otro está por la mitad y como daba demasiado gusto la historia, yo continúo contando en mi cabeza...
¿En qué grado estás? Interrogó extasiado con el relato del niño. En sexto y quiero estudiar para ser también médico de juguetes, dijo. El hombre rió con ganas con la respuesta del niño. Pero yo no soy médico de juguetes, soy bancario jubilado, me gusta nomás arreglar las cosas que se descomponen. ¡Ahh!, dijo Nelson y sonrió. Volvió a escuchar la voz de su madre y a continuación la de su tía. ¡¡¡Nelson!!!! Ya voy, respondió bien alto. Ya voy, mamá.
Esperame un rato, le dijo el hombre, te voy a dar algo. Volvió al minuto con una pila de libros y un cuaderno; también traía un autito de colección. Tomá, este juguete era de mi hijo que ahora ya es un hombre, estos libros son para vos y el cuaderno para que escribas la continuación de la historia que tenés por la mitad.
Nelson no cabía en sí de contento. Tomó los libros, el cuaderno y el juguete y le dio un abrazo al generoso desconocido. Voy a traerle mangos de mi patio el otro sábado, le dijo.
Voy a esperar, le dijo Armando Rojas. Voy a esperarte con ansias.
Su esposa dejó la bandeja con mandiocas en el suelo y se limpió los ojos con la manga de la blusa. Ellos tuvieron un niño al que le gustaban los juguetes. Solo quedan sus fotos repartidas por toda la casa, luego de aquel horrible accidente.



Relatos sueltos- "Gorriones en la ventana" De “Upe Kunu'ū” - Relatos de amor maduro (Fausto Ediciones )


Se balancea durante largo rato sobre el cable que cuelga al otro
lado de la ventana. Es pequeño y liviano, lo que hace más fácil
el vaivén. Es agosto, vuelven los gorriones y empiezan a brotar
los pequeñísimos mangos en el enorme árbol que crece en el
patio del vecino. Hace pocos días, estaba lleno de flores amarronadas,
ahora salen las primeras frutas en las varas largas.
Ya vuelven los gorriones y te extraño. Ayer fue tu cumpleaños y
ya no estás para enviarte un saludo a través de las redes sociales
o por lo menos utilizando al viento como correo. ¿Cuántos
años cumplirías? Cincuenta y tres?, si, cincuenta y tres porque
yo tengo cincuenta y cinco y eras dos años menor que yo.
Tenía 21 años y vos diecinueve cuando nos conocimos en aquel
examen de ingreso en la facultad.
Te pregunté sobre un tema
que no tenía claro y de muy mala manera respondiste que tenía
que haber estudiado. Te odié. Pendejo maleducado! Pensé para
mis adentros.
Usabas los cabellos largos y ensortijados y una remera amarilla,
lo recuerdo perfectamente. Te volví a ver en el examen de historia. Y luego el primer día de clase. Ya no eras el niño de
cabellos enrulados y tenida casual. Te habías cortado el pelo y
llevabas puesto pantalón oscuro, camisa blanca y corbata. Yo
tampoco estaba vestida de jeans y remera, sino de uniforme
clásico de secretaria.

¿Cuándo comencé a fijarme en vos? Quizás aquella primera
vez que me cediste la silla, porque como siempre llegaba tarde
debido a mi horario de salida laboral, me quedaba sin lugar.
Luego empezamos a saludarnos y ya me guardabas una silla,
todos los días. Una noche caminamos juntos por el largo pasillo
desde el edificio hasta el portón de entrada, y luego subimos
al mismo colectivo y nos sentamos en el último asiento, pegados
tu pierna con la mía.
Allí surgieron las primeras sensaciones que dió paso a un hermoso
amor, a pesar de lo mucho que me preocupaba que fuera
mayor que vos. Crecimos juntos en todos los sentidos, exploramos
la vida, saboreamos los besos más intensos y dulces, fuimos
felices y nos complementamos a la perfección.
Pero a veces, tanta felicidad vivida en pocos años, agotan el
aljibe de afecto y terminamos yendo por caminos diferentes.
Pero años después estuviste a mi lado cuando te necesité, y creo
también haberte ayudado en aquel difícil momento de tu vida,
cuando la mujer con la que te casaste, te dejó por otro a los
meses de entrar contigo a la iglesia para jurarte amor eterno.

El amor se acabó pero quedó una cariño muy lindo que nos
mantuvo unidos durante mucho tiempo, nos saludábamos en nuestros cumpleaños, navidad... hasta recuerdo que me escribiste
un correo electrónico para saludarme por el día de la madre;
y en otra ocasión me pusiste un hermoso mensaje en mi
muro del Facebook, admirado de que haya crecido tanto en mi
profesión.
Para mí, a pesar de estar enamorada de otra persona, continuaste
siendo el chico dulce con un pequeño hoyuelo al costado
de tus labios, y te guardé en un lugar secreto de mi corazón.
Ayer supe que te marchaste. Hace años que me digo que debo
sacarte de mi vida, que no podemos continuar dándole manija
a un amor que ya no es, porque entre mensajes y mensajes,
siempre hay alguna onda, que nunca pasó a mayores porque
no te seguí la corriente.
Fue un accidente me contaron. Tan joven, tan apuesto aún, con
hijos que te necesitan.
El gorrión volvió a hamacarse, pero esta vez vino con compañía.
Son dos y parecen felices de estar juntos. Hay un viento
raro y el sol está alto, y en la radio suena una canción que te recuerda.

Adiós amor de juventud, adiós amor de aquellas tardes
en la plaza, en un asiento del colectivo, en un rincón de mi sala,
en un rincón perenne de mi corazón.

lunes, 6 de noviembre de 2017

Encuentro con alumnos del 4to. grado del Colegio Johannes Gutemberg


Pasamos una hermosa tarde con los niños del 4to. grado del Colegio Gutemberg. Ellos trabajaron con "Cuentos para leer en el recreo".