martes, 14 de septiembre de 2010

Relatos sueltos - Cada agosto



De "Fuego que no se apaga-Relatos de amor y desamor"


Llegó a la plaza a las ocho en punto.

Los bordes recién pintados de los canteros, las murallas bajitas y las puntas de los camineros contrastaban con el verde musgo de los bancos alargados de madera. Saboreó el aroma del pasto recién cortado que un anciano vestido de verde emparejaba dificultosamente con su pesada máquina vieja.

Recorrió las plaza buscando un banco que tuviera todas las tablas puestas, para sentarse. En la otra esquina, un grupo de estudiantes hacía ejercicios, controlados por su profesora. El techo de enormes hojas de mangos, dejaba filtrar los rayos solares tibios de agosto, y suaves lluvias de pequeñas flores amarillentas-pardas comenzaban a cubrir los ladrillejos.


Hacia el centro había un claro.

Allí, un banco azul (¿quien le habría cambiado su color verde tradicional?) lucía majestuoso debajo de un enorme lapacho invadido de flores rosa-lilas. La lluvia era intensa y agradable. Los capullos, muchos más grandes que las florecitas del mango, iban alfombrando el suelo en forma rápida. Viò al barrendero acercarse con su improvisada escoba de rama de palmera, para limpiar el suelo. Le pidió que no limpiera allí, que dejara a ese espacio, llenarse de flores.


El banco azul la recibió con sus libros y sus sueños.

Se sentó a esperarlo con impaciencia. Prometió llegar antes de las nueve. Mientras, admiró los colores de las flores, lamentando que jamás una semilla de lapacho amarillo haya germinado en ese lugar. Imaginó a uno saliendo entre tanto verde , y compitiendo con el de flores rosadas.


No llegó a hora.

Valeria lo tenía a su lado sólo un día de agosto. Los encuentros se realizaban en lugares diferentes cada vez, desde hacía ocho años: en un bar, una plaza, una esquina apartada, un hotel. Ocho años de amar a escondidas y con cuentagotas. Se conocieron durante un viaje que ella hizo al Brasil para un curso de especialización en literatura de ese país.


El la amó desde entonces.

Pero Valeria estaba atada a un amor antiguo, a sus cinco hijos y a su casa, levantada trozo a trozo con esfuerzo y alegrías. No podría tirar todo por una ilusión que duraría tres semanas. Sin embargo, disfrutó gota a gota de cada una de sus caricias, de su aliento quemando sus labios o sus pechos. Se dejó palpar centímetro a centímetro, desde los pies hasta arriba, durante largas horas.


Ni siquiera completó el curso.

Se inventó fiebres y malestares, desperdiciando la beca. Pero en realidad, la fiebre se había desatado en algún lugar entre el corazón y el alma. De pronto, la figura de Sebastián, que había sido su primer novio, el gran amor, el marido perfecto, se perfilaba difusa entre las sábanas arrugadas del hotel. En su reemplazo, la cara y el cuerpo de Enrique se convertían en el paraiso desconocido, del cual era imposible escapar.


Era el candidato perfecto.

Treinta y cinco años, soltero, corazón desocupado y uno de los escritores más prominentes del Brasil. Pero ella tenía una familia que amaba demasiado, Ni siquiera podría utilizar la excusa de ya no estar enamorada de su esposo, o de que él la desatendiera en forma alguna. Alargó su estadía una semana más porque le era imposible abandonar sus brazos.


Volvió a su vida anterior.

Aunque hizo lo posible por olvidarlo, no pudo. El le empapeló la vida con palabras de amor que durante meses no tuvieron respuesta. Rompió las cartas, quemó los poemas, tiró las azucenas secas que le enviaba entre los libros, exprimió su corazón para que no continuara sangrando por él. Pero la sangre se regeneraba de inmediato, sin darle tiempo a morir.


Vino en agosto, sólo para verla.

Se encerraron en un cuarto durante diez horas. Ella olvidó su casa, sus hijos, su trabajo... Enrique tenía la capacidad de hacerle sentir que el mundo comenzaba y terminaba entre las paredes que los veían revolcarse en un torbellino sin fin. Pero al salir de allí Valeria recuperaba la cordura. Afuera estaba su verdadero mundo y la gente que amaba. No los lastimaría por nada del mundo, ni siquiera por él.


Pero él volvió todos los agostos de los años sucesivos.

Nunca le preguntó de la nueva vida que formó al lado de otra mujer, ni de su única hija. Sólo se dejaba amar, y lo amaba desesperadamente un día entero de cada año. Eso le bastaba para saborear de a poco los recuerdos de su piel rozándola, todo el tiempo que estuvieran separados. Era como “cargarse”, llenarse de él hasta volver a encontrarlo.


El sol comenzó a picar hacia el mediodía.

Lo recordó tal cual estuvo la última vez. Con su camisa a rayas celestes y la campera negra, los jeans gastados, el bolso de mano y los cuatro o cinco libros que lo acompañaban en forma constante. Lo recordó desnudo apretándola contra su pecho velludo, su rostro con la barba naciente rozando su cuello con tanto ímpetu hasta hacerle daño, hasta darle escozor y placer. Su boca buscando con desepero la suya ...


No era hambre lo que sentía.

Sino un dolor muy profundo en el estómago. Le empezó a doler su tardanza. Su voz impaciente en el teléfono le había asegurado que ya no podía esperar ni un día más para verla. Fijaron el lugar, la hora. La hora que daría inicio a una día entero de devorarse palmo a palmo, uno al otro.


Pasaron horas.

Los ladrillejos se alfombraron por completo con las flores rosadas que se estaban poniendo azuladas, marchitas. Se hizo de noche y los otros bancos se llenaron de parejitas que se confundían en abrazos mañaneros. Más allá, algunos niños se columpiaban cantando canciones de gente mayor. Entonces pensó en sus hijos y recordó que no había dejado pautada la cena con la empleada.


No pudo irse.

Se sentía pegada al banco azul. Una fuerza superior le tenía atada, inmóvil. Se durmió recostada sobre sus libros y la cartera. Alguien, de madrugada, le tocó el hombro para preguntarle si necesitaba algo. Pensó que era él, que se había retrasado. No. Sólo era un vigilante que cuidaba la cuadra.


Amaneció sentada con los ojos llorosos.

Jamas faltó a una cita, entonces lo esperò. Un día, dos, cien horas... Soportó una llovizna, hambre, sueño. Soportó las miradas de la gente del barrio. Cuando miró hacia el piso vió flores amarillas entre las rosa-lilas. No es que hubiera florecido un lapacho amarillo, sólo se marchitaron las que días atrás, habían caido.


lunes, 13 de septiembre de 2010

COMENTARIO-La perversidad de la lengua



(Publicado en La Nación, 11-09-2010)

Una prima exuberante, que vive en Ciudad del Este, suele decir que lo suyo no es exceso de gordura, sino de “gostosura”. Ella utiliza una derivación de la palabra portuguesa gostoso/a para definir su gran peso, buen humor y alta autoestima.

Conozco a muchas “gorditas” felices y maravillosas, que además de ser excelentes personas, brillan en sus respectivos quehaceres. Toda mi vida, aún cuando pesaba 57 kilos, me molestó la gente que menosprecia a quienes pesan más de lo que se denomina normal o recomendable. Y ahora que estoy en la lista de las “rellenitas”, me saca chispas escuchar alguna grosería despectiva.

Si usted es asidua a los tés, despedidas de solteras, baby showers, lanzamientos, reuniones, etc., conocerá de varias personas, hombres y mujeres, pero especialmente mujeres, que no tienen empacho en decirle a su prójima: “'¡Qué gorda estás!”, “Pero vos estás más gorda...”, o cosas por el estilo. Olvidando que todos los seres humanos podemos echar mano al don de la gentileza. No cuesta nada hacerle sentir bien a los otros con una frase amable, como: !Qué linda estás!, o te sienta bien ese vestido o esa corbata.

Sin embargo, la senadora Zulma Gómez, olvidó la buena educación, al lanzar una frase tan despreciativa hacia la ministra de Salud. Molesta porque Esperanza Martínez no está de acuerdo con la posibilidad de volver a dejar vía libre a los fumadores que nos matan lentamente a los que no fumamos (además de ir reservando su lugar en el cementerio, ellos mismos), no tuvo mejor idea que decir que es una obesa, entre otras linduras. ¿Qué quiere? Es una ministra de Salud, y no de “insalud”, lógicamente debe defender la vida saludable con todos los argumentos posibles. Si se sintió ofendida, por alguna expresión de la médica, su chabacana crítica no es el mejor argumento para defenderse.

Hay que reconocer que además de deslenguada, es muy pagada de sí misma. Porque la señora Zulma no es Miss Universo, precisamente, y ni aunque lo fuera. Su actitud deja una muy mala imagen de una mujer que, no sólo, no está considerando el bienestar de sus conciudadanos, siendo ella una Parlamentaria, sino que además se burla de sus pares femeninas que no lucen ese escultural cuerpo que ella cree tener. La felicito porque se “produce”, hace dieta, pilates y yoga nepalés, para estar delgada, pero no debe humillar a nadie diferente a ella.
Yo sigo reivindicando el derecho a tener un talle XL, o XXL, y ser feliz con una misma. Es hermoso que el espejo te devuelva esa imagen que sólo sea el envoltorio de la belleza interior. Lo importante está dentro de cada uno, la esencia del ser humano es lo que hace la diferencia para ser mejores o peores personas,

Doña Zulma debería enterarse y recordar que en el mundo hay talentosas mujeres que no caben en un talle 42, y en Paraguay la lista es inmensa. Que lo digan sino damas como Lizza Bogado, Diana Barboza, Mina Feliciángeli, Alicia Guerra , Gloria Rubin y miles de paraguayas que dejan huellas por su trabajo o su testimonio de vida.

martes, 7 de septiembre de 2010

Relatos sueltos-Canciones sin sentido




De "Ronda en las olas"


Muchos me contaron que yo vagaba con ella por todos los lugares. Se nos vio por todas partes, juntas; el mercado, las avenidas, la terminal de omibus, a la salida de los cines... Dicen que ella siempre iba andrajosa, descalza, la mirada perdida, la sonrisa sin causa.


Cuando yo era un bebé ella me cargaba a su cintura o sobre su cuello y dicen que muchas veces yo lloraba de hambre porque como ella no se alimentaba, no tenía leche para amamantarme. Cuando ya fui un poco más grande chupaba durante horas algún trozo de cáscara de naranja o cualquier otra cosa que me daban por ahí.


Algunas veces vivíamos en el hospital. Me cuentan que por lo menos allí, las dos comíamos un poco mejor que cuando vagábamos por las calles. A ella no le gustaba estar en el hospital, quería estar libre, caminar, que no la encerraran.


Cuentan que fue una chica feliz, que vino de la campaña para trabajar en una casa de familia, pero allí la maltrataban, le daban poca comida, trabajaba en exceso, dormía poco y tenía nostalgias. Trabajó tres años en diferentes lugares, uno peor que otro, la trataban como si fuera una esclava.


Los domingos tenía ganas de salir a pasear pero no la dejaban, se quedaba a limpiar todo lo que ensuciaban las visitas.


Un día se fue al mercado a comprar verduras y no volvió, se extravió por los recovecos del camino, colgó el bolso del brazo y vagó sin rumbo. Se fue ensuciando lentamente su vestido, se gastaron sus zapatos, se le ensució el cabello y su cara morena se manchó del jugo de las naranjas que comía y del piso sucio que utilizaba como cama por las noches. Se sumó a los habitantes sin rumbo de la ciudad, compartió trozos de tortillas o el calor de una manta agujereada de algún mendigo o de otra mujer enajenada.


En una de esas noches, en la oscuridad de las esquinas, alguien la poseyó salvajemente. Su vientre se volvió mi hogar y fui parte de ella misma. Me dijeron que entonces algunas personas la internaron en el hospital y cuando nací ella me miraba sin entender muy bien lo que había ocurrido. Como el portón estaba abierto, nos fuimos a explorar la vida. A veces nos volvían a traer y otra vez, ella me cargaba y salíamos de nuevo.


Me dicen que ella me quería, que me daba mil besos y me acunaba entre sus brazos sucios, me cantaba canciones que ni ella conocía. Eran canciones dulces aunque no tuvieran sentido.


Después, nos separaron. Personas preocupadas por mí me sacaron de sus brazos, me llevaron a un hogar infantil y a ella la dejaron vagando por las calles. Yo guardaba recuerdos de su cara sonriente, pero crecí con prisa y dejé de pensar en ella.

Pero en estos días, de compras por la calle, vi a una anciana harapienta, que reía sin causa, entonces descubrí en sus facciones ajadas la forma de mi cara, mis ojos, mi sonrisa. Ella miró hacia mí y salió corriendo, se perdió entre la gente. La seguí cuatro cuadras y no pude alcanzarla. Pero la buscaré.

Quiero sentarme a su lado para que me cante canciones sin sentido.

jueves, 19 de agosto de 2010

Relatos sueltos - Vamos a bailar bajo la lluvia




De "Micro-relatos para Julietta y tres historias de amor"



(A Segundo y Alejandra)

El bajó presuroso hacia el rio y ató las canoas a los soportes instalados en los costados, para que el viento no las llevara aguas adentro.

Llegué corriendo a la orilla y me puse a danzar en círculo, sobre la arena blanca y mojada.

Abuelo, vamos a bailar bajo la lluvia, le dije, tratando de conseguir que me acompañe en mi feliz entretenimiento. Estoy ocupado che rajy, andate a la casa porque te vas a enfermar si te mojás, dijo, mientras ajustaba los nudos con sus manos callosas de tanto remar.

El sabía que cualquier cambio de temperatura o una mojada como esa podían acentuar mis ataques de asma. Pero yo era ajena a cualquier preocupación y prefería darle rienda suelta a la felicidad de estar cerca de él.

Abuelo, vamos a bailar bajo la lluvia, volví a insistir, nuevamente. El aseguró sus canoas con finas tiras de cuero fuertememente amarradas a los postes de sauce y se bajó a bailar conmigo, un poco dificultosamente a causa de sus achaques de lisiado de la Guerra del Chaco.

Reiamos felices.

Arriba, hacia la barranca, desde la casita con techo de paja, y un prometedor humito que salía de la cocina, abuela nos llamaba con la mano derecha, y un amenazante arreador en la izquierda, apuntando a los dos.

*Che rajy: mi hija

sábado, 24 de julio de 2010

Asamblea de la Sociedad de Escritores-2010

La escritora Maribel Barreto encabeza la nueva Comisión Directiva de la Sociedad de Escritores del Paraguay. La elección se realizó el viernes 23, en la sede de la Universidad Iberoamericana, con la presencia de numerosos escritores paraguayos.
En la foto, Irina Ráfols, María Eugenia Garay, Sofía Valenzuela, Ricardo Caballero Aquino, Lisandro Cardozo, José Félix Carrillo, el precioso niño de Juan de Urraza, Oscar Pineda, Alejandro Hernández,Maribel Barreto, María Eugenia Ayala, Juan de Urraza, Brígido Bogado, Dirma Pardo, Emi Kasamatsu, José Pérez Reyes, Daysi Chaparro, Feliciano Acosta y yo. Un instante muy lindo eternizado por la magia de una cámara.

jueves, 22 de julio de 2010

Relatos sueltos - Abuela Rosa


De "Micro-relatos para Julietta

y tres historias de amor"

Tenía 15 años cuando volví de Buenos Aires y asistí de polizón a varias fiestas con María Mercedes (Tachi), mi tía paterna con la que apenas tenemos dos meses de diferencia de edad y nos hemos criado cercanas, con un cariño intenso.

Con abuela Rosa soliamos ir de mañana temprano al centro, para comprar telas en La Riojana. Por esa época ella tenía un autito celeste que aprendió a manejar ya en la edad madura. Apenas unos pocos años antes, cada vez que venía a Asunción (desde Villa Hayes o Buenos Aires), soliamos hacer el trayecto desde Villa Morra hasta el centro, en el viejo tranvía que transitaba por la avenida Mariscal López. Después de comprar las telas, era un ritual comer chipa so’o sobre la calle Palma, para luego volver a la casa. Abuela a comandar el almuerzo y nosotras a escuchar música, leer o reirnos a carcajadas.

Tachi era hermosa y todo le quedaba bien, tenìa las prendas de moda, con los accesorios acorde. Con menos poder adquisitivo que ella, echaba mano a su guardarropas para ciertas ocasiones especiales o estrenaba los vestidos con tela económica que mamá me cosía, y que parecían compradas en las mejores tiendas de París, gracias a las alforsas, cintas o detalles que ella le incluía.

Fuimos a muchas fiestas de quince, con mis vestidos o los suyos modificados, que me prestaba con generosidad. Abuela nos buscaba a las doce de la noche, en punto. Si no saliamos a tiempo, comenzaba a bocinar en plena calle. Para no pasar vergüenza tratábamos de ser puntuales.

Por aquella época, se usaba el pelo lacio, y como no existían los métodos modernos actuales que las adolescentes tienen a mano, recurríamos a la legendaria toca. La muy apreciada y nunca bien ponderada toca, consistía en colocarse un enorme rulero en la parte más alta de la cabeza y luego enrollar nuestros rebeldes rulos alrededor de la cabeza, sujetándolos con las pinzas. Pero el gran secreto de una buena toca, era darle la vuelta; esto es, girar toda la cabellera en sentido contrario. Luego, el resultado era realmente bueno: los cabellos quedaban lacios y sedosos.

Como Tachi quería ir muy bella al colegio, por la mañana, se ponía la toca a la noche y colocaba su despertador a las tres de la madrugada para darle la vuelta. Una vez concluida la tarea, volvía a dormir hasta las seis. A esa hora, abuela, que ya estaba escuchando Radio Ñandutí desde muy temprano, y la despertaba para que fuera a clases. Ella se arreglaba e iba caminando hasta el colegio Santa Clara, preciosa como una princesa.

Mi fanatismo no llegaba a tanto y simplemente amanecía con un lado de la cabeza bien lacia y el resto un tanto enmarañado, o simplemente, andaba por la vida con mi algarrobada cabellera.

Cuando escribo esto, abuela tiene 92 años. La fuimos a ver ayer con los chicos. Se puso contenta y conversamos sin parar durante casi dos horas. Ella se maneje en silla de ruedas y tiene episodios repetidos de bajones de salud, pero en general,cuando está bien, es dueña de una gran lucidez.

Le gusta mucho recordar nuestras anécdotas de juventud, especialmente cuando saliamos las tres juntas o cuando yo venía comer a su casa, todos los días, durante siete años, en las pausas de mi trabajo como secretaria.

Rosita ya no ve, pero siente con claridad mi enorme afecto y no deja de decirme lo mucho que me quiere. Ya lloré mucho, me dijo en algún momento, porque, ella es llorona por naturaleza, pero está más sensible que nunca por todo lo que sucede a su alrededor. Abuela ya perdió a cuatro hijos: papá (Liduino/Lilucho) y Santiago que fueron asesinados y ella jamás pudo ver justicia; y luego la pérdida de nuestro querido Rosario (mi padrino) y finalmente la de su hijo mayor, Armín.

Es que ya no sos una bebé, doña Rosa, estás viviendo casi un siglo, soportando tanto dolor, le dije. Y ella me apretó la mano para volver a lagrimear y llamarme mi negra… Yo sentí que en ese momento tenía que tomar el papel de ella, ser la más fuerte, y tratar de consolarla.

…………..

Quince días después me llaman para contarme que está internada, pequeñita y frágil como una niña. Miro el reloj, y quiero salir corriendo para que sienta mi presencia.

miércoles, 14 de julio de 2010

Relatos sueltos - Para ensayar sonrisas



De "Ronda en las Olas", que cumplió 20 años, ahora en el 2010.
(El relato está dedicado a mi primer hijo, que resultó ser Melissa)


Siempre creía que ya lo tenía todo, que no me faltaba nada para madurar, para ser yo misma, en forma entera. Estaba equivocada, ahora sé que antes de que existieras dentro de mí, no estaba completa, antes de tu primer latido, de tus primeros movimientos, de que tomaras forma dentro de mi vientre, era sólo la mitad de una mujer.

Es tarde y no puedo dormir, no puedo dormir porque falta tan poco y, sin embargo, me parece tanto tiempo, tan poco pero tan mucho porque ya no soporto la ansiedad por conocerte, o sea, de verte cara a cara porque ya te conozco pequeño capullito. Ya te conozco porque desde un principio tuvimos una línea directa de mi corazón al tuyo chiquitito y sé que te gusta estar allí en tu cueva calentita, unido a mí por un cordón rosado. Te conozco porque sé que te molesta que me acueste sobre el lado izquierdo porque allí están tus miembros, y a pesar del inmenso placer de que estés allí, ya quiero que salgas y vos también querés salir porque cada día tu “casa” te resulta más pequeña y seguramente estás allí chupándote el dedito mientras movés los brazos y las piernitas para todos lados.

Paso a paso he ido imaginando tu formación, tu crecimiento, te he imaginado ir tomando de mi cuerpo gota a gota todo lo que necesitabas para ir adquiriendo forma, fui acompañando tu crecimiento con mis manos, adivinando tus diferentes tamaños desde que cabías en un puño hasta que necesité las dos manos que ya ahora no me alcanzan y me descompuse de la alegría cuando escuché tus latidos por primera vez con el detector de la doctora. Y días después, una noche en que estaba tan triste, me enviaste tus primeras tres señales en forma de golpecitos, como diciéndome: “Mami aquì estoy, no llores porque yo te acompaño”. Desde esa vez ya no estuve triste y cada vez que mi ánimo decaía, ponía mi mano para escucharte. Te rastreaba hasta que respondías con un movimiento, entonces imaginaba si eran tus manos o tus piernitas, o tu cabeza. Hoy que conozco tu posición exacta me es fácil saber de qué parte de tu cuerpecito proviene el golpe.

Está todo listo esperándote: tus pañales, tus sabanitas con ositos, los corazones rosados, celestes y amarillos colgados del techo, mis brazos para acunarte. Sólo faltás vos, para calzar tus escarpines bendecidos en Caacupé, para dormir sobre el almohadoncito que te cosió tu abuela, para abrir los ojitos a la vida y comprobar por ti mismo que va a ser lindo aprender a crecer a mi lado. Sólo faltás vos para ensayar tus primeras sonrisas, para descubrir las cosas, para que juntos inventemos juegos y canciones nuevas, para que a tu lado yo también aprenda a crecer definitivamente.

Ya estás por llegar y no puedo con mi impaciencia. El cuarto me parece muy vacío porque tu rincón no puede ser ocupado por ninguna otra cosita que no seas vos, y ya quiero saber qué sos para agregarle cintas rosas o celestes a las ropitas amarillas y blancas que te esperan para que las uses, ensucies, estironees o lleves a la boca. Esa boquita desdentada que va a pedir en forma urgente algo que succionar, esa boquita que poco a poco va a ir llenándose de dientes y de esa palabra que comienza con m y me va a hacer la mujer más dichosa de la tierra.

domingo, 4 de julio de 2010

Relatos sueltos - La mariposa amarilla



De "Cuentos para tres mariposas"



Eran como las tres de alguna tarde de alguna primavera. Estaba desparramada en una silleta baja de madera, ahuecada en el fondo con tablas encontradas, hecha por abuelo de esa manera para que me fuera más cómoda.

Aún no sabía medirlo, pero en ese tiempo, durante su ausencia, hubiese ido y vuelto miles de veces al cielo. Los lápices de colores que me compró ya se habían gastado y también había acabado hacía mucho tiempo, las grandes cantidades de chocolatada que me dejó de reserva. Y no volvía.

Estaba demasiado triste como para salir a jugar con Mercedes o Dominga, y me sentía demasiado lánguida para inventar juegos en solitario. Entonces pedí me dejaran lavar los cubiertos de la siesta, tarea que le correspondía a mi tía más joven. Yo sabía que ella estaba muy ocupada copiando las letras de sus canciones favoritas.

Entonces, encantada con la idea, Lucy preparó la latona de hojalata con jabón y los baldes con agua para el enjuague, y se fue complacida a continuar con sus copias y a escuchar el radioteatro que estaba por comenzar.

No tardé en descubrir que tampoco tenía ganas de lavar los platos. Estaba totalmente desganada. Escuché a Yayita preguntar por mí hacia el frente de la casa, pero me escondí para que no me vieran. Estaba presa de una angustia chiquitita que no me quería abandonar. Doblé el vientre sobre mis rodillas y me aferré a las anchas patas de mi silleta verde musgo.

Entonces sentí sus aleteos.

Una enorme mariposa amarilla, amarilla oro, brillante como el sol de diciembre, giró una y otra vez frente a mí durante largos minutos. Eso me levantó el ánimo y terminé de lavar los cubiertos que había enjabonado.

A la tardecita, cuando llegó la penúltima balsa que traía los autos y el colectivo que venían de la ciudad, me senté frente a la casa con abuela para ver si llegaba algún conocido o un cliente para su posada. «La Chaqueña» paró frente a la casa.

Desde la leve altura de mi silleta vi sus zapatos marrones acordonados, al estilo de botines. Luego su pantalón bombilla, después su blusa vaporosa, sus cabellos al viento... Me quedé quietecita sin saber qué hacer. Ella corrió hacia mí, entonces hundí entre sus brazos, que olían a «Ambré de Wateau», toda mi pena (demasiado grande para soportarla a los seis años) y todos mis deseos de verla durante tantos soles y lunas, tantas lunas y soles.

Después se volvió a ir, pero me quedó su aroma flotando entre mis cosas.

Desde aquella tarde, todas las mariposas amarillas que han revoloteado a mi paso o a mi alrededor, me han traído el anuncio de muchas alegrías.

sábado, 29 de mayo de 2010

Relatos sueltos- Con los ojos cerrados




Una niña danzaba sobre la arena blanca,mientras gotas pequeñas (ingenuas como ella) que caían del cielo, jugaban a mojar el río.
Ella abría los brazos para agarrar la brisa, eternizar el tiempo, capturar la llovizna.
La arena húmeda fue enfriando sus pies, pero ella continuó bailando mientras pensaba en el tazón de cocido que su abuela Alejandra estaba preparando.
El aroma la devolvió hasta la mágica cocina de los milagros diarios .Caminaba danzando, con los ojos cerrados.

viernes, 9 de abril de 2010

Relatos sueltos - Todos los cielos


De "Micro-relatos para Julietta"

A Yayita, Naita, Mercedes y Dominga.

Solíamos acostarnos boca arriba en el patio y pensábamos que ese cielo inmenso, tapizado de estrellas, era sólo para nosotras.

Que cada sitio tenía su propio cielo, y por ende, sus propias estrellas. ¿Y la luna?, que tenía un costado para cada lugar, y ese, con las sombras con forma de conejo, era nuestra para siempre.

Rondábamos alrededor de los ocho años, con mis queridas amigas y la fantasía era el regalo cotidiano de nuestra infancia.

miércoles, 17 de febrero de 2010

FRASES HERMOSAS


"El secreto de la felicidad no es hacer siempre lo que se quiere, sino querer siempre lo que se hace"


"Gracias Señor, por anular el acta que era contra mi y clavarla en la cruz. Hoy tengo paz porque tu eres mi paz y nada ni nadie podrá avergonzarme jamás".



"A tristeza nao tem fim
a felicidade sim"
(Vinicius de Moraes)

"Un poco para no morir, en el primer encuentro"
(de "Madame Butterfly)



"El tiempo es sabio y cura"
(anònimo)


"Hay una historia en cada amanecer"
M. Benedetti

"La desdicha es grande, pero el hombre es aùn màs grande que la desdicha"
Rabidranath Tagore


"Yo te enseñarè el camino"
(Salmo 32.8)

"El amor no es encontrar a alguien con quien vivir. Es encontrar a alguien con quien no se pueda dejar de vivir"
(Malak Mon Or)

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"Nadie supo que eras un àngel, hasta que abriste tus alas"
(Anònimo)
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"Despuès del verbo amar, ayudar es el verbo màs bello del mundo"
(Berth Von Sutter)

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"A olvidar tambièn se aprende" (Anònimo)

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"Mi amor por ella permanecerà en mi corazón hasta que muera "(Shimon Peres)


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"Los hombres educados respetan la individualidad de los demás, y por tanto
son siempre indulgentes, dulces, amables y complacientes"
Anton Chèjov


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"Para el que se siente infeliz, todos los día son malos; el que tiene el corazón alegre, está siempre de fiesta"
Proverbios 15:15

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"Luego de tantos años y cosas vividas, el camino siempre me lleve de regreso a su corazón"
(Lo dijo Tom Jones, refiriéndose a su esposa)

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"Existen dos formas de ver la vida. Una es pensar que no existen los milagros, y la otra es pensar que todo es un milagro"
(Anónimo)

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"El dolor se dice callando"
Eduardo Galeano

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"Muchas veces, a lo largo de los años he mirado hacia el cielo y he dicho: Padre, qué estás haciendo?
El parece responder: Estoy bordando tu vida, hijo"
(Anónimo)

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"Te dejo junto al mundo
derrotando imposibles..."
Mario Benedetti

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martes, 9 de febrero de 2010

Relatos sueltos -En llamas sobre el Ganges


De "Fuego que no se apaga- Relatos de amor y desamor"

A Julio (y en la querida memoria de Berta "Toti" Medina)

Agua, flores, sollozos… y luego el fuego. Una balsa de varas largas, muy largas, ¿Cuántas pilas de ellas estarían encimadas?. Abajo, el Ganges corría más despacio, menos impetuoso que nunca. Abajo, el Ganges se llevaba restos de siglos .. y me llevaba despacio, suavemente, mecida por el viento y el aroma embriagante de millones de pétalos que me envolvían por entera.

Ví los pétalos esparcidos sobre el agua, y los a vi a ellos arrojarlos sobre la corriente sinuosa. Arrojaron las flores, sus lágrimas y un trozo de sus corazones. Una sensación, entre dulce y triste me invadía. ¿Pero, a qué parte de mí? ¿A la que navegaba en esa balsa envuelta en un sari bordado en oro y púrpura? ¿O a la mujer sin cuerpo que flotaba en un espacio indefinido sobre el oscuro río, entre toda esa gente y bajo nubes semigrises? ¿Era dos personas o sólo una desprendida y dividida?


Los ví enjugarse las lágrimas y apretarse las manos temblorosas, unas a otras. Algo dolía en mí, hacia mi vientre; algo peleaba por salir desde mis pechos: la leche endurecida entre mis senos se truncó en sus vías cuando empezaba a manar por los pezones. ¿Qué era ese vacío inmenso en mis entrañas? ¿Qué ese dolor allí… y en el medio del alma?

Pude adivinar su mirada entristecida, su rostro taciturno, sus hombros encorvados por el peso de los días velando esa angustia larga e interminable. Vi a mis pequeños ángeles tomados de las manos, con los ojitos enrojecidos y la desazón inmensa de no entender por qué el río me llevaba en su corriente imparable. Allí faltaba alguien: pequeño, dulce, nuevo… A él le dí mi último suspiro, mi agonía final, mis latidos. Le regalé mi vida a cambio de la suya, le deje el legado de mi amor, en ese abril con brisas demasiado extrañas.

Las flores que él tiró para que flotaran sobre el agua del Ganges, navegaron conmigo y me llevaron su amor envuelto en pétalos amarillos. Quise saltar, desatar mis ataduras, nadar hasta la orilla; pero mi cuerpo estaba sellado entre esas varas convertidas en balsa que se iban perdiendo ya lejos de la orilla.

Yo quería otro beso de sus labios delgados, sentir su abrazo dulce, la presión de sus brazos, su olor, su esencia. Quería sentir mi rostro sobre su pecho; rozar mi cara, una y otra vez, casi hasta lastimarme, por su barba tupida, por su mentón perfecto. Pero estaba allí, sujeta en mi lecho de ramas y flores, para siempre. Aquella que flotaba ya no tenía forma, cuerpo ni mirada.

Los ví lejanos, casi convertidos en un punto. Los ví entrar al agua. ¿Correría, nadaría hacia mí? ¡Si sólo me tocara una vez más, si sólo me mirara otra vez con el negro profundo de sus ojos!, quizás terminaría el hechizo de la muerte, como ocurre en los cuentos de hadas…

La antorcha cayó hacia mis pies, donde las flores amarillas formaban una manta esplendorosa como un sol de verano. No sentí nada. La enorme fogata iluminó la tarde y el Ganges silencioso acalló su correntada para acunar mi cuerpo, envuelto en llamas.

………………………..

Cenizas, sólo cenizas. Carne quemada, pétalos, varillas, agua. La que flotaba allí se ha ido. Se fueron las dos, con el recuerdo de sus ojos negros en el corazón y sus manos acariciando suavemente…

……………………………

Siglos después, puedo sentir su cuerpo fuerte y tibio junto al mío. En la quietud nocturna nuestros hijos dormidos sonríen en sus sueños, reviviendo tal vez los juegos de la siesta. Lo siento respirar pausado, en paz. Lo siento respirar cerca, cerca…

Varios siglos después, volvimos a encontrarnos y retomamos juntos nuestra historia inconclusa.

sábado, 30 de enero de 2010

Relatos sueltos -Naomi


De "Las alas son para volar"

En realidad se llama Teodora, pero cuando entró al mundo de los blancos, descubrió nombres que sonaban mejor y quiso cambiarse el suyo. En casa de Alicia Cohene encontró una revista de modas, y allí estaba una mujer muy negra pero fascinante, que vestía las ropas más finas, y se llama Naomi.

Me quiero llamar así, dijo Teodora ante la mirada asombrada de su amiga, una jovencita rubia de ojos azules, la única que la aceptó desde el primer día. De piel cobriza y pelo negro y lacio, Teodora Moteroi llegó una mañana al colegio, apretando sus cuadernos contra el pecho, para que no se le notara el temblor. Siéntese allí, le dijo la maestra. La chica de al lado no pudo disimular su risita burlona cuando la vio vacilar ante la silla.

Se quedó derechita, quieta, con la mirada fija hacia la profesora y el pizarrón. No quiso mirar hacia ninguno de los lados, porque adivinó decenas de ojos curiosos observándola. El corazón le galopó de sólo pensar que alguien le pudiera dirigir la palabra y verse en la necesidad de contestar en su castellano maltrecho, mezcla de guaraní y maká.

Cuando sonó el timbre del primer recreo, Teodora no se movió del asiento, y fue Alicia quien se acercó a invitarla con un chicle. Gracias, le dijo ella, a punto de llorar. Alicia insistió y se preguntó Teodora por qué esa chica tan linda, como un ángel, estaba queriendo ser amigable con ella.

Recién cuatro días después salió al recreo. Alicia volvió a ofrecerle un chicle, y Teodora tuvo que aceptar. Desde allí se hicieron inseparables. Los primeros días su amiga soportó las bromas de las demás compañeras, pero ella no les hizo caso. Con el tiempo, era normal ver esa pintoresca unión de una rubia y una indígena, incluso en la presentación de los trabajos prácticos.

Yo te debo todo. Así decía la tarjetita hecha artesanalmente, para acompañar al bolso indígena tejido con cariño para Alicia. Se lo pasó en plena clase, cuando estaban copiando la lección de Historia. Veintiséis pares de ojos se posaron en ambas, cuando la linda rubia que siempre huele a Madame Rochas se levantó de su asiento y abrazó con fuerza a su Teodora, de piel cobriza y olor a colonia barata.

La apretó contra sí mucho rato, balanceándola suavemente como para mecer ese cariño tan puro que le entregó desde que llegó a su vida. La profesora dejó de dictar un ratito y se ajustó los anteojos para disimular una lágrima que bajaba hasta el pómulo izquierdo.

Insistió durante mucho tiempo en llamarse Naomi, al tiempo de soñar que trabajando mucho como lo hacía, cambiaría la situación de su gente que se apiñanaba en la toldería de Mariano Roque Alonso, y sobrevivía malvendiendo sus artesanías por las calles. Teodora-Naomi quería un futuro mejor para su familia y su tribu.

Dos años después, al terminar la secundaria, se hacía inevitable la separación. Alicia iría a perfeccionar su inglés a Estados Unidos y Teodora se pondría a estudiar alguna profesión corta que le permitiera un trabajo seguro.

Intentaron disfrutar del verano juntas, los fines de semana, cuando a Teo le daban libre en la casa donde trabaja y vive. Pero el día D llegó y se hizo inevitable la despedida.

Vestida con sus mejores galas, Teodora fue al aeropuerto con un oso de peluche para su amiga, para que la acompañara durante su nueva vida. A punto de pasar a la zona de embarque, Alicia le entregó un paquete.

Lo abrió en el colectivo, cuando volvía a su casa con los ojos enroquecidos de tanto llorar. Estoy volando entre las nubes Teodora y lloro como vos, pero también sonrío porque he conocido la mayor felicidad del mundo desde que llegaste a clases aquella tarde. Soy yo la que te debe todo querida amiga. No hace falta que te llames Naomi, simplemente no dejes de ser Teodora y de luchar por tus ideales. Yo volveré y te ayudaré a cuidar a los tuyos.

Las lágrimas le impidieron ver con claridad que Alicia le había dejado en el paquete, sus tesoros más preciados: sus aros de plata, su dije celeste en forma de estrella, su pulsera de perlas de agua dulce, su cadena de oro con el dije en forma de corazón y su anillo de fibra de coco, que ella misma le había regalado. Usalos mientras no estoy, rezó la tarjetita de hoja de cuaderno.

Teodora apretó el paquete contra su corazón mientras se preparaba para bajar del ómnibus en la parada, cerca de su comunidad.

viernes, 8 de enero de 2010

Relatos sueltos-Rosas amarillas


                (De Micro-relatos para Julietta)

 

Su aroma aún penetra hasta lo más profundo de mi ser. Las veo trepar la pared añosa, las huelo ahora como a los siete años, las acaricio con los ojos cerrados, las beso suavemente para no estropear su piel aterciopelada.

Es de siesta en mi recuerdo, y las rosas amarillas de mi bisabuela Toribia siguen perfumando mi memoria. 

jueves, 7 de enero de 2010

Columna - Recordando a Sandro


Su voz susurrante que era casi como un beso


Eran finales de la década del sesenta cuando unas amigas de mis tías, que trabajaban en Buenos Aires, volvieron a Villa Hayes a pasar las fiestas de fin de año. Las chicas, cuatro hermanas, trajeron los últimos discos de vinilo de Sandro. Los ponían en el tocadiscos y escuchaban los temas, totalmente encantadas. Apenas una niña, me aprendí las letras de las canciones, de tantas veces que la aguja del prehistórico aparato se posó en el primer surco para volver a sonar, una y otra vez.
 

A los nueve años, cuando fuimos a vivir a Buenos Aires con mamá, pude ver su película “Quiero llenarme de ti”. “El Gitano” se encontraba en su apogeo, llenando teatros, realizando giras por toda Latinoamérica y vendiendo discos. Estaba naciendo un inmortal.

Seductor nato, de joven y de maduro, su voz susurrante que era casi como un beso, le seguía produciendo la misma piel de gallina a sus admiradoras, cuarenta años después. ¿Meloso? Sí, pero irresistiblemente querible para sus seguidoras.

El lunes por la noche, una hora luego de su deceso, llamé por teléfono a Marlene Sosa Lugo, para decirle que lo sentía. Ella estaba llorando por su ídolo. Marlene es una de las “nenas” paraguayas de Sandro, que lo idolatró durante décadas.

Así como ella, sus nenas argentinas y latinoamericanas, hoy lo están despidiendo con lágrimas, porque Roberto-Sandro, no sólo les cantó con amor, además las respetó. Jamás, ninguna de las letras de sus canciones las humilló ni las trató con desprecio, y mucho menos como un objeto de satisfacción sexual, como muchas de las composiciones actuales.

Esas mismas mujeres que lo adoraron en su adolescencia, pasadas los 40 o los 50, lo siguieron incondicionalmente en las buenas y en las malas. Es que no todos los hombres entienden que a pesar de la edad, los kilos o las arrugas, a las mujeres no encanta que nos traten con afecto. Y Sandro sabía acariciar con su voz.


 

martes, 5 de enero de 2010

Relatos sueltos -Elisa



De "El peldaño gris"

Quise salir corriendo, sin rumbo, quise morir, que me tragara la tierra. Quise no haber existido nunca cuando lo supe. Ella me tiró, me sacó de su vida, me dejó y luego desapareció. Y ahora vuelve y me busca, quiere tratar de explicar lo inexplicable; yo no la quiero oír, quiero que se marche.

Ya me lo habían dicho varias veces en la escuela, o sea, me lo habían insinuado suavemente algunas compañeras, y con maldad otras, pero papá decía que no tenía que darle importancia a las habladurías. “Te envidian”, susurraba, mientras me apretaba contra su pecho.

Una vez le planteé seriamente a mamá: “Dicen que no soy hija de ustedes, que soy adoptada. Por favor, contame la verdad”, y ella se estremeció, preguntó quién me lo había dicho y cuando se lo conté dijo que era una tontería: “Claro que sos nuestra hija, de lo contrario cómo te explicás que te queramos tanto”, y salió de la habitación, pero a mí me quedó una sensación de vacío en algún lugar del pecho, una sensación de vacío que no supe explicarme, quizás porque ella no es tan cariñosa como papá. Sí me quiere, eso lo sé bien.

Mis amigas suelen decir siempre que tengo una familia hermosa: mis padres están en buena posición económica, son alegres y afectuosos, papá mucho más que mamá, pero a cambio de las demostraciones ella suele sentarse a conversar conmigo sobre mis amigas, el colegio, las cosas nuevas que quiero y planeamos juntas mi fiesta de quince años que va a ser el próximo año. Es una buena mamá, pero él es especial, sé que me adora.

Pero mi vida rosa cambió. Un sábado no me dejaron salir a la tarde porque según dijeron “venía una visita”, que se presentó a las cuatro de la tarde. La visita era una mujer morena, un poco gorda y no muy bien vestida. Fueron rápidos, sin rodeos; sin demoras me tiraron la verdad a la cara. Que yo no soy hija de ellos sino de la mujer y de vaya a saber quién, que yo no soy Delicia Saravia, sino... quizás ni siquiera había tenido tiempo de ponerme nombre. Dijo que me había dado porque no podía criarme, porque... no quise oír más y salí corriendo hacia mi habitación, a hundir mi cara contra el colchón, aunque hubiera querido continuar hasta quedar extenuada, lejos.

Ella me dejó una carta, escrita con letra desigual e infantil. Ella se llama Elisa y, ¡hablaba de tanto amor!, pero no le creí. Durante los días siguientes seguí recibiendo cartas, en ellas me explicaba una y otra vez que estaba sola, sin trabajo, sin familia, que no quiso abortar y optó por darme a una buena familia. Mis padres, ¿mis padres?, estaban callados, trataron de explicar pero no quise oírles. Estaba furiosa, no sé con quien, pero furiosa.

Continuaron llegando cartas que decían lo mismo, que estuvo sola, que estuvo tan triste, sola, triste, sola, triste... Papá me habló ayer y dijo que el amor de ellos está intacto, que yo soy el verdadero amor en esta casa, que me acogieron con afecto, que eligieron que fuera su hija.

Recibí otra carta de Elisa: “No quise perturbarte, ni llevarte de allí, tenía una inmensa necesidad de verte y darte un abrazo y que por una vez en la vida me digas mamá, sólo eso mi bebé y después me iría, y resulta que me voy sin abrazo, sin esa palabra que hace años quiero oír y con tu odio...”

No terminé la carta, lo llamé a papá al trabajo y le pedí que me llevara a despedirme de ella.

lunes, 4 de enero de 2010

Relatos sueltos - La casita de Caacupé


De "Micro-relatos para Julietta"


Verde muzgo, verde pasto, verde esmeralda, verde limón, verde mar… Los rayos del sol se cuelan entre las hojas, el rumor de la pequeña cascada del arroyo otorga sosiego en plena siesta, mientras las cigarras buscan romper esa quietud, con sus cantos.

Rodeada de un paisaje maravilloso, la casita de madera exhibe su cabeza de chapas, color plata, cuyo brillo compite de noche, con la luna. A esa hora, las luciérnagas corretean sobre la pequeña laguna donde cantan las ranas. De madrugada, los tonos rojo-naranjas del horizonte, la encuentran erguida, noble, pequeña pero grande, aglutinadora de miles de momentos de felicidad.