sábado, 30 de enero de 2010

Relatos sueltos -Naomi


De "Las alas son para volar"

En realidad se llama Teodora, pero cuando entró al mundo de los blancos, descubrió nombres que sonaban mejor y quiso cambiarse el suyo. En casa de Alicia Cohene encontró una revista de modas, y allí estaba una mujer muy negra pero fascinante, que vestía las ropas más finas, y se llama Naomi.

Me quiero llamar así, dijo Teodora ante la mirada asombrada de su amiga, una jovencita rubia de ojos azules, la única que la aceptó desde el primer día. De piel cobriza y pelo negro y lacio, Teodora Moteroi llegó una mañana al colegio, apretando sus cuadernos contra el pecho, para que no se le notara el temblor. Siéntese allí, le dijo la maestra. La chica de al lado no pudo disimular su risita burlona cuando la vio vacilar ante la silla.

Se quedó derechita, quieta, con la mirada fija hacia la profesora y el pizarrón. No quiso mirar hacia ninguno de los lados, porque adivinó decenas de ojos curiosos observándola. El corazón le galopó de sólo pensar que alguien le pudiera dirigir la palabra y verse en la necesidad de contestar en su castellano maltrecho, mezcla de guaraní y maká.

Cuando sonó el timbre del primer recreo, Teodora no se movió del asiento, y fue Alicia quien se acercó a invitarla con un chicle. Gracias, le dijo ella, a punto de llorar. Alicia insistió y se preguntó Teodora por qué esa chica tan linda, como un ángel, estaba queriendo ser amigable con ella.

Recién cuatro días después salió al recreo. Alicia volvió a ofrecerle un chicle, y Teodora tuvo que aceptar. Desde allí se hicieron inseparables. Los primeros días su amiga soportó las bromas de las demás compañeras, pero ella no les hizo caso. Con el tiempo, era normal ver esa pintoresca unión de una rubia y una indígena, incluso en la presentación de los trabajos prácticos.

Yo te debo todo. Así decía la tarjetita hecha artesanalmente, para acompañar al bolso indígena tejido con cariño para Alicia. Se lo pasó en plena clase, cuando estaban copiando la lección de Historia. Veintiséis pares de ojos se posaron en ambas, cuando la linda rubia que siempre huele a Madame Rochas se levantó de su asiento y abrazó con fuerza a su Teodora, de piel cobriza y olor a colonia barata.

La apretó contra sí mucho rato, balanceándola suavemente como para mecer ese cariño tan puro que le entregó desde que llegó a su vida. La profesora dejó de dictar un ratito y se ajustó los anteojos para disimular una lágrima que bajaba hasta el pómulo izquierdo.

Insistió durante mucho tiempo en llamarse Naomi, al tiempo de soñar que trabajando mucho como lo hacía, cambiaría la situación de su gente que se apiñanaba en la toldería de Mariano Roque Alonso, y sobrevivía malvendiendo sus artesanías por las calles. Teodora-Naomi quería un futuro mejor para su familia y su tribu.

Dos años después, al terminar la secundaria, se hacía inevitable la separación. Alicia iría a perfeccionar su inglés a Estados Unidos y Teodora se pondría a estudiar alguna profesión corta que le permitiera un trabajo seguro.

Intentaron disfrutar del verano juntas, los fines de semana, cuando a Teo le daban libre en la casa donde trabaja y vive. Pero el día D llegó y se hizo inevitable la despedida.

Vestida con sus mejores galas, Teodora fue al aeropuerto con un oso de peluche para su amiga, para que la acompañara durante su nueva vida. A punto de pasar a la zona de embarque, Alicia le entregó un paquete.

Lo abrió en el colectivo, cuando volvía a su casa con los ojos enroquecidos de tanto llorar. Estoy volando entre las nubes Teodora y lloro como vos, pero también sonrío porque he conocido la mayor felicidad del mundo desde que llegaste a clases aquella tarde. Soy yo la que te debe todo querida amiga. No hace falta que te llames Naomi, simplemente no dejes de ser Teodora y de luchar por tus ideales. Yo volveré y te ayudaré a cuidar a los tuyos.

Las lágrimas le impidieron ver con claridad que Alicia le había dejado en el paquete, sus tesoros más preciados: sus aros de plata, su dije celeste en forma de estrella, su pulsera de perlas de agua dulce, su cadena de oro con el dije en forma de corazón y su anillo de fibra de coco, que ella misma le había regalado. Usalos mientras no estoy, rezó la tarjetita de hoja de cuaderno.

Teodora apretó el paquete contra su corazón mientras se preparaba para bajar del ómnibus en la parada, cerca de su comunidad.

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