viernes, 10 de febrero de 2017

ANTOLOGIAS EN LAS QUE APARECEN MIS TRABAJOS










"Peldaños de papel", Antología editada por EPA, Escritoras Paraguayas Asociadas. 


"Cuentos del Paraguay", editado por la SNC para Cuba. 




Antología "Líneas aéreas", publicada por la editorial Lengua de Trapo, de Madrid- España (1999) 



"Cultura y cine" de Mary McVey Gill y Teresa Méndez-Faith



"Pequeñas resistencias 3-Antología del nuevo cuento sudamericano", editado por Páginas de Espuma (Madrid-España)









miércoles, 1 de febrero de 2017

Relatos sueltos - Espinas en el corazón


Espinas en el corazón


Cuando ella nació, su madre moría. No pudieron salvarlas a las dos, casi a ninguna. Pequeñìsima y frágil logró salir de ese cuerpo y lloró durante dos horas, sin parar. Aquello fue como un presagio de lo mucho que lloraría durante su vida.
Mientras la abuela la arropaba, su padre y su abuela la llevaron a enterrar en medio de una lluvia que no paró en tres días. Cuando volvió el cementerio, ese hombre fuerte y enorme, se empequeñeció de dolor y aprendió a ser padre y madre para su pequeña, pero no fue por mucho tiempo. Tampoco dejó que la abuela materna se hiciera cargo, mucho menos el abuelo, los alejó de su familia sin motivo alguno.
Los hermanos se cuidaron solos, desde la mayor hasta ella, se fueron convirtiendo en el timonel del barco mientras su padre se iba dando a la bebida, a los juegos de naipes con los amigos y a la vida licenciosa en los burdeles del puerto de Asunción. También abusaba de su ocupación de usurero, despojando de sus pequeñas casas a quienes no podían pagar las deudas que contraían con él. Murió a los cincuenta y ocho, lleno de propiedades y gente que le deseaba lo peor, por haberla dejado en la calle.
Ella creció con la salud emocional quebrantada, un día amanecía feliz y al siguiente era un mar de lágrimas. Una tarde colgaba globos en la casa y al día siguiente rompía sus hojas de cuaderno, escondida debajo de la mesa del comedor o en la esquina de la habitación que compartía con sus hermanas.
A los catorce ya estaba enamorada del hombre que pensó la salvaría del naufragio, pero el amor que él le dió no fue suficiente porque no duró mucho, no duró los años que ella hubiera necesitado para llenar sus vacíos. Creció, amó; èl también la amò y la dejò de querer casi de un día para otro. Quizás esto fue el detonante de que las tardes se le hicieran eternas y la risa constante se convirtiera en una máscara para disimular la frustración que la iba carcomiendo por dentro.
Se rayó la piel de la muñeca izquierda con un chuchillo de mal filo... Volvió del sanatorio con una venda y pastillas para dormir durante tres día. Luego se tomó el frasco de un tirón y le lavaron el estómago; después apretó el acelerador de su pequeño auto verde y fue a parar por un murallón de piedras, cerca del río que corría impávido, ajeno a su tristeza.
Sus hijos crecían tan solos como creció ella, sintiéndose culpables de que la madre quisiera acabar con su vida. Una de ellas se refugió en la pileta de lavar , fregando con frenesí las ollas que su madre amontonaba en la mesada,; otra sumaba y multiplicaba en una carpeta de hojas renovables y el niño se escondía en un mutismo extraño, en la oscuridad de su habitación.
Ella odió a todos a su alrededor, al día siguiente los amaba, pero después volvía a despreciarlos sin piedad. Abandonaba sus tratamientos, no tomaba a hora su medicación o los cambiaba por vasos de cerveza. Se dió a la vida nocturna y a la lujuria, convencida de que eso era vivir con alegrìa, pero en su interior iba creciendo cada día más el rencor. Fue tan grande el enojo que le creció por dentro, que le envenenó la sangre. Se volvió un erizo que ahuyentó a quienes querían ayudarla y las espinas terminaron por metérsele por dentro, hasta destruir su corazón.

Cuaderno de memorias - En un colectivo de la linea 31


En un colectivo de la línea 31

  A Julio

Mitad de año de 1988. Con mamá y mis hermanos vivíamos en la zona ubicada entre Fernando de la Mora y San Lorenzo, trabajaba en la Terminal de Omnibus de Asunción como secretaria, era periodista free lance del diario Hoy, practicaba los domingos en Canal 9, escribía narrativa breve, y me encontraba preparando mi primer libro. Había terminado la universidad en el 86 y estaba sin novio desde hacía un buen tiempo.
Como mi horario en la oficina era cortado: de 8 a 12, y de 15 a 18,30; no me daba el tiempo para ir a almorzar hasta mi casa; además, para hacerlo, necesitaba pagar ocho pasajes al día, lo cual era un tremendo presupuesto. Entonces, iba a comer con mi abuela Rosa, en Villa Morra. Fueron años inolvidables compartiendo con ella las siestas, disfrutando de charlas y saboreando las delicias que ideaba cada día, para las dos.
A las doce menos diez ya me pegaba un telefonazo: veni rápido porque hoy comemos polenta con chanchito!, decía, por ejemplo. Sólo la abandonaba los miércoles, para ir a almorzar con mis tías en la casona familiar de Nicaragua entre Perú y Battilana.
Tomaba el 31 en la parada ubicada sobre República Argentina y me bajaba en la cuadra anterior al Colegio Santa Clara, en Salaskin. A veces, corría desde el puente sobre el Mburicaó para llegar a la casa, ubicada en Andrade y Weiss. Si, con pollera y taco alto. Ella me esperaba con la puerta abierta y uno de sus vestidos sueltos en la mano, para que me cambie rápido y comencemos a comer.
Una siesta, era invierno, porque recuerdo que llevaba puesto un uniforme gris y azul Francia, intenté prepararme para bajar. Permiso, le dije al pasajero que estaba a mi lado. No me escuchó o hizo como que no me escuchó. Permiso, repetí dos veces, molesta, porque estaba a punto de pasar mi parada. Creo que lo pisotee al intentar llegar al pasillo, apurada.
Lo volví a ver a la vuelta, y al día siguiente, y el siguiente, y otros más. Un día me dio el asiento y le llevé su agenda. Desapareció.
Abuela, hay un churro en el 31, le dije, masticando mi albóndiga rellena con huevo duro. En serio? Me dijo curiosa y feliz, exigiendo todos los detalles de la historia. Pero no lo volví a ver. Desapareció sin siquiera saber su nombre. Ya va a aparecer otra vez, fue su respuesta. Tenía la capacidad de predecir las cosas buenas.
Pasaron los meses y una mañana, mi prima Daisy me llamó a la oficina para decirme que tenía un candidato para mí. Qué bien! Le dije, ya me estaba por ir al convento para tomar los hábitos. Me habló de alguien que me conocía del colectivo y me reconoció en una foto de su último cumpleaños. Ah!, ya se quien es, le dije: un barbudo. Si, ese mismo, contestó. Un día de estos nos vamos a tu casa.
Un día de estos, dijo. Pero se fueron esa misma noche. Yo me fui a un cumpleaños y no me encontraron. Todo el dato que mi madre tenía era que estaba en el festejo de 15 años de la hermana de mi amiga, en el salón de una cooperativa. Creo que recorrieron un par de salones y se dieron por vencidos.
Me llamó a retar al día siguiente. ¿Cómo te vamos a conseguir un novio si no te quedás en tu casa?, me dijo. A la pinta, avisame con tiempo, le respondí.
Bueno, nos vamos el sábado, ni se te ocurra irte a ningún lugar. Listo, le dije. Nos vemos el sábado.

Y nos vimos el sábado. Era un 8 de diciembre. Adorné con moñitos de regalo y globos de navidad a mi hermoso pino real, baldeé la entrada, plumereé los balaustres de la murallita, arreglé mi sala y me puse un conjuntito amarillo que mamá cosió. También preparé una jarra de limonada (algo que jamás me perdonó porque fue con los limones de la planta que cultivó un ex novio).
Llegaron mi amiga-prima y el bombón, en un reluciente escabarajo blanco con portabultos anaranjado. Era el primer candidato con auto que tenía!!. Creo que hasta los vecinos salieron a mirar.
Charlamos un rato y salimos a pasear los tres. Había sido, se fue becado a Río de Janeiro los meses que desapareció del colectivo, y fueron compañeros de facultad con mi prima. Yo me fui a la cena de colación de su promoción, pero él no pudo asistir por estar en Brasil. El mundo es un pañuelo!
En aquella época, èl trabajaba en el laboratorio del doctor Faccetti y practicaba de siesta en el entonces laboratorio de Lacimet. Por eso coincidiamos en el horario del viaje en colectivo.

Hoy, tantos años después, si regresara el tiempo atrás y saliera corriendo a las doce del mediodía para ir a almorzar con mi abuela, volvería a tomar un colectivo de la línea 31, para volverlo a encontrar.