jueves, 10 de mayo de 2012

Relatos sueltos- El valle de los sueños eternos


                          (De "Cuentosaurios")
                           Dibujo de Juan Moreno







La vida de su padre estaba llegando a su fin. El gran tiranosaurio quería cerrar sus ojos para siempre y necesitaba ir a reposar al valle de sus antepasados. Pero la herida que se había hecho en la pierna, no sanaba y era imposible acompañarlo durante la larga travesía a través de las montañas.

Estuvo triste durante varios días viendo que su amado padre perdía fuerzas, cada día, y él no podía decirle aún: padre es hora de partir a tu última morada.
Su joven hijo notó su melancolía. ¿Qué sucede padre, puedo hacer algo por ti?, le preguntó angustiado. El tiranosaurio, aún fuerte y joven, pero debilitado por la herida que se hizo al caer en la gran cascada, lo miró con ternura y le contó de su pena.

Yo lo llevaré, padre, escuchó decir a su hijo, su pequeño, su adorado... No, no puedes hacerlo... es peligroso, el camino es largo... hay muchos velociraptors y tu abuelo ya está muy viejo, es preciso sostenerlo durante el largo peregrinar.
Padre, yo soy grande y muy fuerte, mi madre no ha comido en muchas lunas para que yo esté satisfecho... déjame hacerlo, estaré con él hasta que muera, y luego volveré, te lo prometo.

Vio partir a su padre y a su hijo, cuando los primeros rayos del gran dios entibiaban las laderas llenas de nieve. Lo despidió con un largo e interminable rugido que le nació desde adentro del cuerpo.

La caminata fue larga e interminable, el abuelo resintió su enorme y gastado cuerpo hasta el punto de no poder moverse por sus medios. El joven dinosaurio se sintió desolado, en medio de una gran ladera blanquecina. Ambos se quedaron dormidos, esperando quizás la muerte.

Un gran y frío hocico lo despertó, exhalando cerca de sus ojos. Despierta, ¿Qué hacen aquí? Van a congelarse si no se mueven, dijo una ronca voz. Taquio le contó sobre el viaje y sobre la necesidad de llegar hasta el valle de los sueños eternos. Pero el abuelo estaba ya sin fuerzas.

El amable albertosaurus volvía del mismo valle, donde había ido a dejar a su anciana madre. Voy a ayudarte a llevarlo, le dijo a Taquio. Pero si ya estás volviendo a tu morada... no te molestes, yo lograré hacerlo caminar, ya no falta tanto, ¿o sí?
Aún falta, le explicó Neurón, y él no descansará lejos de sus ancestros. Además, si regreso con ustedes, podré volver a honrar a mi madre, dijo emocionado.

Con mucha dificultad, lograron animar al viejo guerrero. Lo fueron empujando poco a poco, y al cabo de dos lunas, avistaron el enorme cementerio de dinosaurios.

El anciano tiranosaurio resfregó su hocico por el cuello de su valiente nieto, una y otra vez, y lanzó un último rugido antes de acostarse en uno de los espacios libres, del verde valle.

Taquio y Neurón volvieron cabizbajos, caminando lentamente bajo la tenue nieve que caía sobre el gris atardecer de aquellos tiempos.


martes, 8 de mayo de 2012

Comentario - La oreja de Van Gogh


Publicado en La Naciòn. 8-05-2012


(Dibujo Nelson Marìn)






La oreja de Van Gogh


 
Con el correr de los años, superamos las etapas de las preguntas difíciles en casa, y muchas de ellas pasaron a formar parte del rico anecdotario familiar, como seguramente le ha ocurrido a usted con sus hijos.
Sin embargo, los niños siempre nos ponen a prueba, ya sea para comprobar qué capacidad de paciencia tenemos, cuánto podemos soportar el sueño ayudándolos con las tareas luego de nuestras largas horas laborales dentro o fuera de la casa, o cuánto conocemos sobre determinados temas. 
 
El pasado domingo, cuando volvíamos en familia de un lindo paseo durante el cual contemplamos la súper Luna a orillas del lago Ypacaraí, mi hijo de 11 años soltó una de sus consultas: mamá, ¿qué le pasó a Van Gogh? ¿En qué sentido? le pregunto. Sobre su accidente, agrega. Ah!, ¿cómo perdió su oreja? Disparo. Sí, quiero saber cómo perdió su oreja. Como en realidad no conocía cuál fue el episodio en que el gran pintor holandés se quedó sin uno de los protectores de su aparato auditivo, no tuve más remedio que decirle que no sabía bien si fue durante una pelea o un accidente. 
 
Voy a averiguar y te cuento mañana, le dije, pero mientras tanto te puedo decir que fue muy amigo de otro artista llamado Gaugin, que pintó cuadros con hermosos girasoles y que hay un grupo español que se llama La oreja de Van Gogh, le contesté; y él dijo: ya sé lo del grupo. 
 
Escarbé en mi memoria para ver si recordaba qué contó Mario Vargas Llosa sobre la amistad de ambos pintores, en su novela “El paraíso en la otra esquina”, pero la edad empieza a pasar la factura, y hay que refrescarla únicamente informándose o volviendo a leer sobre ciertos episodios. 
 
No sé si mi hijo trajo la inquietud de la escuela o de algunos de sus programas de televisión, como  “Phineas y Ferb” o “Los hechiceros de Waverly Place”.  Por un lado, me alegró que se interese en temas culturales, pero por otro, me apenó no haber podido responderle su inquietud. Entonces me puse a “googlear” rápidamente para saber algo más, y cuán grande fue mi sorpresa al leer que aparentemente fue el propio Paul Gaugin, el responsable del ataque que convirtió el suceso en algo lleno de misterio. A mi hijo le fascinará la historia. 
 
Una de las teorías más recientes indica que durante un encuentro en la ciudad de Arlés, donde vivían entonces, el pintor francés y Van Gogh tuvieron una discusión que acabó en la mutilación de la oreja del segundo, desmitificando la otra creencia de que el propio pintor holandés se la había cortado a sí mismo durante uno de sus ataques de locura. Ambos hicieron un pacto de silencio y ocultaron el hecho a la policía y lo hicieron pasar por un accidente.  Seis meses después, el gran Vincent Van Gogh fue internado en un hospital siquiátrico y poco tiempo después murió a causa de las secuelas de un intento de suicidio. Hoy sus maravillosas pinturas continúan contando con sus colores, sobre sus angustias y alegrías.

lunes, 7 de mayo de 2012

Entrevista- Lourdes Espìnola


Lourdes Espínola, poetisa paraguaya
“El ejercicio literario tiene su proceso interior, su ritmo”
Días atrás presentó su último poemario “Desnuda en la palabra”, editado en España.

 
Con prólogo del escritor mexicano José Emilio Pacheco, Premio Cervantes 2010, la poetisa Lourdes Espínola sumó su undécimo libro a la literatura paraguaya. Su poemario “Desnuda en la palabra”, presentado recientemente en Asunción, fue editado por el sello español Torremozas.
 
“Este poemario sigue la línea de los anteriores, pero también es el inicio de un nuevo material en lo temático”, dice Lourdes.
 
“Varios poemas distintos tratan de las migraciones y del cuerpo como la única casa del migrante quien en traslados y mudanzas va dejando sus posesiones. El cuerpo del migrante es finalmente su única maleta, donde están sus recuerdos, los sonidos, olores del hogar. Dicho poéticamente solo le cobija la nueva ciudad y sus calles desconocidas, como expresan algunos versos del libro”.
 
PALABRA MADURA
 
Luego de escribir tanta poesía, durante su fructífera trayectoria, la escritora siente que del manantial de la inspiración continúan “brotando” nuevos temas. “Gracias a Dios la creatividad continúa muy vital, lo que hay que tener es la sabiduría de aceptar que la creación no puede ser forzada o calendarizada. El ejercicio literario tiene su proceso interior, su ritmo, y yo como poeta, debo ser paciente y esperar la maduración de la palabra”.
 
“Miro mi obra y me alegra saber que mi poesía atraviesa las fronteras geográficas y lingüísticas ya que ha sido traducida al francés, italiano, portugués, alemán, inglés y difundida en España, Alemania, Italia, Venezuela, México, Estados Unidos, Francia, Argentina, Portugal entre otros países”.
 
¿Qué siente con este nuevo trabajo en las manos? “Emoción y expectativa de creaciones nuevas. La gratitud también me embarga, ya que publicar en España es muy difícil, es un mercado editorial exigente y soy la primera poeta paraguaya que publica un libro entero de su poesía en España. Es un sentimiento de reconocimiento y de logro”.
 
FERIA DE MADRID
 
Lourdes cuenta que la posibilidad de editar en España surgió como resultado de una labor de más de 12 años de publicar y colaborar con revistas literarias, universidades y profesores españoles. “Fue un proceso que tomó su tiempo pero valió la pena. El consejo editorial de Madrid me animó a ampliar el manuscrito y me apoya en la difusión. En octubre en la Feria del Libro en España será presentado en el stand de la Editora Torremozas con firma de autor donde me he comprometido a estar presente”.
 
Lograr que José Emilio Pacheco le prologue el poemario es otro logro importante. “Realmente es un honor que José Emilio Pacheco Premio Cervantes 2010 escriba el prólogo, me emociona y compromete cuando dice:
 
En la poesía hispanoamericana de este siglo no encuentro ninguna obra como la de Lourdes Espínola. Su escritura es el habla del cuerpo. Sus poemas están dichos en voz alta y a la vez susurrados al oído. Son versos de una intimidad desgarradora que tienen el valor de iluminar nuestras tinieblas. En su undécimo libro, al igual que en los anteriores tan celebrados y traducidos, Lourdes Espínola se afirma como una presencia indispensable en la lírica paraguaya y en la de todo el continente. Quien la lea nunca podrá olvidarse de ella”.
 
Cuenta que el contacto con José Emilio Pacheco se dio a través de su hijo, “quien es abogado graduado de la Universidad de Alcalá de Henares y estando él, en el Gabinete de Protocolo del Rector en esa universidad con motivo del acto de entrega del Premio Cervantes me hizo de nexo. Después la poesía hizo el resto”.
 
Consultada sobre sus proyectos futuros, la poetisa dice que son: “Escribir, disfrutar de mi familia y tener tiempo para dar gracias a Dios por todas sus bendiciones para conmigo”.
 

miércoles, 2 de mayo de 2012

Ese perfume en la playa (De "Donde el rìo me lleve")



No pude dormir. Ya me había puesto el camisón para intentar cerrar los ojos, pero necesité volver a salir afuera, a liberar mis recuerdos. El paisaje es maravilloso, empieza a clarear en el horizonte, y el cielo se pinta de tonos multicolores que se unen con el azul del mar.
Me recuerda a una de mis pocas vacaciones, en Mar del Plata. Luisa me había convencido para ir con ella y su marido a pasar tres días cerca del mar. Su esposo, Rolando , que era electricista, consiguió una changa en una casa de verano ubicada en la playa.
Todavía no era temporada y la casa estaba vacía, precisamente, los dueños la querían poner a punto para cuando fueran. Estaba ubicada en una zona solitaria, pero bellísima. Mientras Rolando trabajaba, Luisa y yo dábamos largos paseos por la playa y nos bañamos y jugamos en el agua como dos criaturas. Ni siquiera nos preocupábamos de la comida. Rolando insistía en que no hiciéramos nada, y se iba a la despensa a buscar pan, jamón, vino y soda, para el almuerzo.
Sean felices mis niñas, nos decía al vernos tan relajadas de nuestras ocupaciones habituales.
El último día en Mar del Plata, Luisa se quedó a limpiar la casa, para dejarla aseada. Me empujó para que fuera a caminar sola y a despedirme del mar. Me quité las zapatillas y comencé a jugar con el agua, en la costa. A lo lejos, un barco oscuro e inmenso, zurcaba la inmensidad donde se unían cielo y agua.
Tenía la tentación de entrar a nadar por última vez, pero no me había puesto el traje de baño. Miré mi vestido blanco . Me quité el saquito que llevaba encima, lo puse sobre la arena, lejos, para que la marejada no la lleve agua adentro, y me perdí entre las pequeñas olas.
El agua esta algo frío, pero al empezar a nadar se me calentó el cuerpo. Se sentía delicioso. Cerré los ojos y recordé las veces que nos zambullimos en el río con Carlita y los chicos. Era en agua dulce, entonces, como dulce fue mi primera infancia, hasta que ella se marchó.
Salí tiritando del mar. Entonces lo ví, estaba parado en la orilla, mirándome. Se va a congelar, me dijo. No pude responderle porque me castañeaban los dientes, además me sentí avergonzada porque mi vestido era de color claro y seguramente al mojarse se transparentaba toda mi ropa interior.
Me pasó su saco para que me lo pusiera. No, gracias, no se preocupe, le dije. Insistió en cubrirme con él y yo me resistí. Estoy mojada y salada, le dije. No me dejó decidir y prácticamente me envolvió con su abrigo. Me estaba poniendo azul del frío.
Ví su auto cerca de la playa.
Pensé que era alguien que quería suicidarse al verla en el agua con este frío, dijo. No, sólo me estaba despidiendo del agua, le respondí. Me preguntó dónde vivía, para acercarme, entonces le expliqué que estaba de paso, y que me iba a la tarde.
Le mostré la casa donde estaba quedándome, y sonrió. Era su casa, y estaba viniendo para pagarle por su trabajo a Rolando. Creo que me puse roja y él me dijo que por suerte me estaba volviendo la sangre al cuerpo, porque estuve al borde del congelamiento.
Luisa me mandó a ducharme de inmediato y entré al baño con el perfume de su saco en todos mis poros. Cuando salí, estaba tomando un café que le invitó mi amiga, mientras hacía cuentas con Rolando.
Me puse una calza blanca y un pulover turqueza. Llevaba el pelo húmedo y alborotado a causa del agua salada. Le devolví el saco, y le dije que traté de sacarle la sal con una tohalla húmeda. Respondió que no me preocupara, que lo enviaría a la tintorería, en Buenos Aires.
Qué bellos ojos, exclamó. Luisa y Rolando me miraron al mismo tiempo. Nadie se había fijado nunca en mis ojos, excepto mi abuela. Ella solía decirme que tenía el mismo color verde y la mirada de mi abuelo y de mi madre. Apenas pude balbucear un gracias y salí hacia el hall, avergonzada.
Federico Mejía subió a su auto y se marchó. Me saludó con la cabeza cuando abrió la puerta de su deportivo blanco, y se perdió por el camino de la playa, rumbo a su hogar.
Me hechizó por completo.
Ningún hombre había logrado jamás erizarme la piel como él lo había hecho con apenas el gesto de prestarme su abrigo y mirarme a los ojos. Quiso el destino que cerca de otro tipo de agua, salada, esta vez, el amor llamara a la puerta de mi corazón, pero, como debía ser, seguramente, sin correspondencia. Parecía destinada a no ser amada por quien yo quisiera, como Rogelia.
Volvimos a Buenos Aires en el tren de la tarde. Las cinco horas del viaje me sirvieron para rememorar el instante en que lo ví esperándome en la orilla, con el saco en la mano, como si yo formara parte de su vida.
Durante meses, su perfume se quedó impregnado en mi piel y en mi memoria.