miércoles, 2 de mayo de 2012

Ese perfume en la playa (De "Donde el rìo me lleve")



No pude dormir. Ya me había puesto el camisón para intentar cerrar los ojos, pero necesité volver a salir afuera, a liberar mis recuerdos. El paisaje es maravilloso, empieza a clarear en el horizonte, y el cielo se pinta de tonos multicolores que se unen con el azul del mar.
Me recuerda a una de mis pocas vacaciones, en Mar del Plata. Luisa me había convencido para ir con ella y su marido a pasar tres días cerca del mar. Su esposo, Rolando , que era electricista, consiguió una changa en una casa de verano ubicada en la playa.
Todavía no era temporada y la casa estaba vacía, precisamente, los dueños la querían poner a punto para cuando fueran. Estaba ubicada en una zona solitaria, pero bellísima. Mientras Rolando trabajaba, Luisa y yo dábamos largos paseos por la playa y nos bañamos y jugamos en el agua como dos criaturas. Ni siquiera nos preocupábamos de la comida. Rolando insistía en que no hiciéramos nada, y se iba a la despensa a buscar pan, jamón, vino y soda, para el almuerzo.
Sean felices mis niñas, nos decía al vernos tan relajadas de nuestras ocupaciones habituales.
El último día en Mar del Plata, Luisa se quedó a limpiar la casa, para dejarla aseada. Me empujó para que fuera a caminar sola y a despedirme del mar. Me quité las zapatillas y comencé a jugar con el agua, en la costa. A lo lejos, un barco oscuro e inmenso, zurcaba la inmensidad donde se unían cielo y agua.
Tenía la tentación de entrar a nadar por última vez, pero no me había puesto el traje de baño. Miré mi vestido blanco . Me quité el saquito que llevaba encima, lo puse sobre la arena, lejos, para que la marejada no la lleve agua adentro, y me perdí entre las pequeñas olas.
El agua esta algo frío, pero al empezar a nadar se me calentó el cuerpo. Se sentía delicioso. Cerré los ojos y recordé las veces que nos zambullimos en el río con Carlita y los chicos. Era en agua dulce, entonces, como dulce fue mi primera infancia, hasta que ella se marchó.
Salí tiritando del mar. Entonces lo ví, estaba parado en la orilla, mirándome. Se va a congelar, me dijo. No pude responderle porque me castañeaban los dientes, además me sentí avergonzada porque mi vestido era de color claro y seguramente al mojarse se transparentaba toda mi ropa interior.
Me pasó su saco para que me lo pusiera. No, gracias, no se preocupe, le dije. Insistió en cubrirme con él y yo me resistí. Estoy mojada y salada, le dije. No me dejó decidir y prácticamente me envolvió con su abrigo. Me estaba poniendo azul del frío.
Ví su auto cerca de la playa.
Pensé que era alguien que quería suicidarse al verla en el agua con este frío, dijo. No, sólo me estaba despidiendo del agua, le respondí. Me preguntó dónde vivía, para acercarme, entonces le expliqué que estaba de paso, y que me iba a la tarde.
Le mostré la casa donde estaba quedándome, y sonrió. Era su casa, y estaba viniendo para pagarle por su trabajo a Rolando. Creo que me puse roja y él me dijo que por suerte me estaba volviendo la sangre al cuerpo, porque estuve al borde del congelamiento.
Luisa me mandó a ducharme de inmediato y entré al baño con el perfume de su saco en todos mis poros. Cuando salí, estaba tomando un café que le invitó mi amiga, mientras hacía cuentas con Rolando.
Me puse una calza blanca y un pulover turqueza. Llevaba el pelo húmedo y alborotado a causa del agua salada. Le devolví el saco, y le dije que traté de sacarle la sal con una tohalla húmeda. Respondió que no me preocupara, que lo enviaría a la tintorería, en Buenos Aires.
Qué bellos ojos, exclamó. Luisa y Rolando me miraron al mismo tiempo. Nadie se había fijado nunca en mis ojos, excepto mi abuela. Ella solía decirme que tenía el mismo color verde y la mirada de mi abuelo y de mi madre. Apenas pude balbucear un gracias y salí hacia el hall, avergonzada.
Federico Mejía subió a su auto y se marchó. Me saludó con la cabeza cuando abrió la puerta de su deportivo blanco, y se perdió por el camino de la playa, rumbo a su hogar.
Me hechizó por completo.
Ningún hombre había logrado jamás erizarme la piel como él lo había hecho con apenas el gesto de prestarme su abrigo y mirarme a los ojos. Quiso el destino que cerca de otro tipo de agua, salada, esta vez, el amor llamara a la puerta de mi corazón, pero, como debía ser, seguramente, sin correspondencia. Parecía destinada a no ser amada por quien yo quisiera, como Rogelia.
Volvimos a Buenos Aires en el tren de la tarde. Las cinco horas del viaje me sirvieron para rememorar el instante en que lo ví esperándome en la orilla, con el saco en la mano, como si yo formara parte de su vida.
Durante meses, su perfume se quedó impregnado en mi piel y en mi memoria. 

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