miércoles, 17 de junio de 2009

Relatos sueltos-Luisito en el Jardín de infantes


 (De "Microcuentos para soñar en colores")

                                                                                                                                        A los compañeritos de Jardín

 y  Pre-escolar 1998- 1999

 de Vanessa.

 

     Sus papis pensaron que enviándolo a un jardín de infantes, Luisito aprendería a comportarse mejor: a compartir sus cosas, a ser más obediente y que le ayudaría a utilizar bien su enorme exceso de energía. ¡Bah!, fiesta total en la cabeza del osito. No durmió en toda la noche imaginando lo mucho que "cabezudearía" en su escuela. Durante mucho tiempo soñó con ir a esa preciosa escuelita.

     Cada vez que pasaba por allí, la muralla blanca con mariposas pintadas lo atraía como un imán. Cuando llegó el gran día en que traspasó la puerta verde de hierro, tomadito de la mano de papá y mamá, sintió que su corazón galopaba como un pony.


     Por ser el primer día, llevó muchísimas cosas para merendar: manzanas, galletitas, yogur, sandwiches. Se lo comió todo solito. Durante toda la noche comentó en su casa lo bien que lo había pasado; habló de sus nuevos amiguitos, de su profe, la gatita Vilma; de la calesita, el tobogán, de las ruedas en hilera, de la... En realidad no hizo falta que contara que jugó muchísimo: la suciedad de su ropa lo delataba.


     Cada día, Luisito crecía más y más. Demasiado para un osito de cuatro años. Y cada día llevaba más cosas para merendar. Una tarde, cuando la profe anunció la hora de la merienda, Luisito sacó sobre su mesita su enorme provisión de alimentos. Cuando estaba por morder su empanada, se le acercó su compañero Fito, el osito hormiguero, quien le pidió un pedazo.

     -¿Mi empanada? -le preguntó Luisito.


     -Por favor -dijo Fito-, tengo mucha hambre y no traje nada porque mi mami no tenía dinero para mi merienda.

     -¡Qué me importa! -le contestó Luisito-. Esto es para mí solito, no te voy a convidar.

     La ardilla Anita lo miró asombrada sin entender cómo podía ser tan egoísta. Le reprochó su conducta e invitó a Fito a compartir su paquete de galletitas. Luisito continuó devorando impávido su enorme provisión.

 Días después, cuando la profe dio permiso para que los animalitos consuman sus alimentos, Luisito comprobó horrorizado que su mochila estaba vacía. ¿Dónde estaban las dos manzanas, los tres yogures, el sandwich de jamón y queso, la pera de agua, las dos bananas, dónde...? Entonces notó que su mochila tenía un enorme agujero y se dio cuenta que por allí se fueron cayendo las cosas. Se puso a llorar desconsoladamente y le pidió a Joaquín, el ciervito, que le invitara un pedazo de su alfajor.

 -Claro que no te voy a invitar, osito hambriento -le dijo-. Vos jamás le invitás a nadie.

 Luisito lloró de hambre. La profesora le dio su sandwich, pero aquello no era suficiente para él. Fue entonces que Anita se acercó a su sillita y le ofreció su yogur y le pidió a todos los compañeritos que le dieran algo, para que Luisito aprendiera a compartir y a valorar a sus amiguitos. Todos le hicieron caso a la ardillita.

 De vuelta a su casa, Luisito le contó a su mamá lo sucedido. Al día siguiente, el osito llegó al Jardín de Infantes Mariposita sin merienda. Esto les llamó la atención a todos sus compañeritos. Sin embargo, a la hora de merendar, llegaron los padres de Luisito con paquetes de golosinas, galletitas y jugos para todos.

 Juntaron todas las mesitas del aula y formaron una gran mesa. Allí pusieron todas las meriendas y los alimentos traídos por mamá y papá oso. ¿Qué festejaron? La hermosa amistad de todos los compañeritos de ese jardín de infantes.

sábado, 6 de junio de 2009

Relatos sueltos - Canciones sin sentido

                                            (De "Ronda en las olas")

   Muchos me contaron que yo vagaba con ella por todos los lugares. Se nos vio por todas partes, juntas; el mercado, las avenidas, la terminal, a la salida de los cines... Dicen que ella siempre iba andrajosa, descalza, la mirada perdida, la sonrisa sin causa.

   Cuando yo era un bebé ella me cargaba a su cintura o sobre su cuello y dicen que muchas veces yo lloraba de hambre porque como ella no se alimentaba, no tenía leche para amamantarme. Cuando ya fui un poco más grande chupaba durante horas algún trozo de cáscara de naranja o cualquier otra cosa que me daban por ahí.

     Algunas veces vivíamos en el hospital. Me cuentan que por lo menos allí las dos comíamos un poco mejor que cuando vagábamos por las calles, a ella no le gustaba estar en el hospital, quería estar libre, caminar, que no la encerraran.

     Cuentan que fue una chica feliz, que vino de la campaña para trabajar en una casa de familia, pero allí la maltrataban, le daban poca comida, trabajaba en exceso, dormía poco y tenía nostalgias. Trabajó tres años en diferentes lugares, uno peor que otro, la trataban como si fuera una esclava.

     Los domingos tenía ganas de salir a pasear pero no la dejaban, se quedaba a limpiar todo lo que ensuciaban las visitas.

   Un día se fue al mercado a comprar verduras y no volvió, se extravió por los recovecos del camino, colgó el bolso del brazo y vagó sin rumbo. Se fue ensuciando lentamente su vestido, se gastaron sus zapatos, se le ensució el cabello y su cara morena se manchó del jugo de las naranjas que comía y del piso sucio que utilizaba como  cama por las noches. Se sumó a los habitantes sin rumbo de la ciudad, compartió trozos de tortillas o el calor de una manta agujereada de algún mendigo o de otra mujer enajenada.

    En una de esas noches, en la oscuridad de las esquinas, alguien la poseyó salvajemente. Su vientre se volvió mi hogar y fui parte de ella misma. Me dijeron que entonces algunas personas la internaron en el hospital y cuando nací ella me miraba sin entender muy bien lo que había ocurrido. Como el portón estaba abierto, nos fuimos a explorar la vida. A veces nos volvían a traer y otra vez ella me cargaba y salíamos de nuevo.

   Me dicen que ella me quería, que me daba mil besos y me acunaba entre sus brazos sucios, me cantaba canciones que ni ella conocía. Eran canciones dulces aunque no tuvieran sentido.

     Después, nos separaron. Personas preocupadas por mí me sacaron de sus brazos, me llevaron a un hogar infantil y a ella la dejaron vagando por las calles. Yo guardaba recuerdos de su cara sonriente, pero crecí con prisa y dejé de pensar en ella. Pero en estos días, de compras por la calle, vi a una anciana harapienta, que reía sin causa, entonces descubrí en sus facciones ajadas la forma de mi cara, mis ojos, mi sonrisa. Ella miró hacia mí y salió corriendo,  y se perdió entre la gente. La seguí cuatro cuadras y no pude alcanzarla. Pero la buscaré.

Quiero sentarme a su lado para que me cante canciones sin sentido.

 

viernes, 5 de junio de 2009

Poema de William Baecker


Era un simple cariño



Era un simple cariño,

un aroma lejano de otros nombres

que a veces repetía sin quererlo;

la clara certidumbre de un afecto

que acaso me endulzaba la tristeza;

un dormido volcán que se acostaba

diariamente conmigo.

 

Y sucedió que un día

giraron los relojes a la inversa:

eclosionó el volcán y aquel cariño

murió de tanto arder como rescoldo

para nacer de fuego

enteramente tuyo. 

jueves, 4 de junio de 2009

Relatos sueltos- Guardame el sol


(De "Un sueño en la ventana")


Un vecino prestó su camioneta para que lo trajeran a la ciudad, porque en el centro de salud dijeron que ya no podían hacer nada, que precisaba atenciones especializadas. Dejaron a las otras criaturas con la abuela y vinieron los dos con él. Trajeron sus pocas pertenencias en dos bolsones y su pelota para que pudiera jugar cuando estuviera mejor.

«Mamá, tengo frío», dijo cuando lo acostaron en la angosta cama del hospital, en una sala repleta de criaturas quejumbrosas y rostros de madres preocupadas. Su papá se quitó la campera, lo arropó y se acostó a su lado para darle más calor, pero vino la enfermera y le dijo que no podía acostarse con el paciente, entonces trató de explicarle que lo hacía sólo para que no sintiera frío, pero ella le ordenó que se levantara inmediatamente.

Les dieron una enorme lista de remedios que debían comprar, revisaron su billetera y se dieron cuenta que el dinero no les alcanzaría, entonces él se quitó la alianza y dijo que la iba a empeñar. Regresó en una hora con los remedios, un pan y un sachet de leche, pero Raulito no quiso tomar ni comer nada. Pidió su pelota y la tuvo a su lado, pegada al ángulo formado entre su costado y su brazo.

Al día siguiente le hicieron varios análisis y una radiografía y compraron más remedios. Fue necesario empeñar también la alianza de ella para pagar los gastos. Se turnaron para descansar. Extendían la campera de él bajo la cama de Raulito, así como hacían los otros padres de la sala y jugaban a olvidarse un momento de la preocupación para intentar conciliar el sueño.

El médico les dijo que lo prepararan para una intervención al día siguiente, que le dijeran que iba a ser sencillo y rápido, sólo se trataba de un pequeño tumor en el pulmón derecho. Trataron de animarlo hablándole de sus hermanitos y los amigos que dejó en el pueblo, de la cercana Navidad y la visita de los Reyes Magos que este año quizás le traerían una bicicleta para jugar con Teodoro, Pocho, Lalo y Francisco bajo el sol hermoso de enero.

La idea lo entusiasmó y dijo que no le tenía miedo a la operación, que iba a ser valiente como un hombrecito, porque si no, ¿quién iba a recibir su bicicleta, si él no se curaba? Iba a precisar sangre, dos padres de la sala se ofrecieron para donarle, para que no hiciera falta empeñar la cadena.

Lo despertaron muy temprano, y lo acostaron en la camilla para llevarlo hacia la sala de operaciones. Los dos fueron con él hasta la entrada para que no tuviera miedo. Le dieron muchos besos antes de dejarlo entrar. «Mamá, guardame el sol para cuando salga y pueda jugar con mi pelota», le dijo antes de entrar lloroso.

La operación duró casi tres horas, cuando salió dormía profundamente y su intensa palidez los asustó tanto que ella fue corriendo a llorar al pasillo. El médico dijo que lo volvieron a coser sin quitarle nada, que ya no había caso, que había que esperar sólo un milagro.

Les dieron una larga lista de remedios y cuidados a seguir hasta que... Empeñaron la cadena de ella y sus aros de filigrana para llevar todo lo que hiciera falta porque a veces en el pueblo no se consiguen algunos medicamentos, y se fueron.

Partieron de mañana, con el sol de diciembre alumbrando y quemando tan fuerte como el dolor quemaba sus corazones. «¡Mamá, me guardaron el sol!», dijo Raulito cuando salió a la calle en brazos de su padre. «Cuando estés mejor vas a jugar con los otros chicos», le dijo su papá, deseando en lo más profundo de su corazón que ocurra el milagro

Homenaje a Maria Luisa Artecona de Thompson



Días atrás, estuvo una semana en Asunción el destacado actor Viggo Mortensen, quien vino a seleccionar material sobre antrolopología, el cual será publicado por su editorial Perceval Press. Huidizo de los medios de prensa, tuvo sin embargo, un apreciable acercamiento a la cultura paraguaya. Lo dijo en un material escrito especialmente para el Diario La Nación. 

 

“Lo que sí me impresionó mucho fue la gentileza de la gente que conocí caminando por el centro de Asunción. También he leído algo de la poesía Paraguaya, y me ha gustado mucho “Lo Gris”, de María Luisa Artecona de Thompson, por ejemplo. Es una maravilla. Leer ese poema de noche, al ritmo de la fuerte lluvia de la semana pasada dando sobre el techo de mi habitación, fue emocionante para mí. Tanto me gustó que he colgado ese poema en la página de nuestra editorial (la que publicará el libro sobre Schmidt y Susnik), Perceval Press. Cuando vuelva a Paraguay haré todo lo que pueda para viajar por el país y conocerlo mucho mejor. Lo poco que pude ver de Paraguay me recordó los olores y la flora del Chaco Argentino, el cual conocí en mi infancia"

 

Lo Gris

"Mi alma es hermana del cielo gris

y de las hojas secas"
(Juan Ramón Jiménez)

 

Amo lo gris.

El plenilunio exacto

de la niebla sutil.

Hay algo melancólico, indefinido y leve

en la dulzura del dolor así.

Amo lo gris

porque tras él espero

la forma iridiscente

de la felicidad.

En este nostalgioso cortejo

de penurias, sostengo la alegría

de mis heridos pies

que sólo han encontrado

jazmines ya dolientes

y alguna que otra altura

de redención,

de luz.

Amo lo gris.

En el paisaje oculto

de la risa fugaz

hay algo de fragancias

magnólicas y errantes

que dibuja en los vientos

la transparencia gris.

Amo en lo gris

un cuento de la vida,

orfebre de soledosa

vastedad.

Pinar profundo

Retorcidas ramas.

Alas que sueñan así

la inmensidad.

Amo en lo gris

el fondo de las aguas

donde se esconde la pasión

del coral.

La terneza de algas.

La sed del mismo vuelo

en procura insaciable

de la lumbre inmortal.

Amo en lo gris

el luminoso marco de las cosas.

El diálogo infinito

del invisible ser.

La amada luna ausente

de las noches veladas

por ese signo oculto

de lo insondable gris.

La angustia que sumerge

sus manos ateridas

en ese mar oscuro

sin conocer el fin,

fue en busca de la estrella

y a veces fue la piedra;

quiso en sí las espinas

y se le dio el dulzor.

La mano de la angustia

tiene falanges grises.

Diez centinelas duros

sobre el reloj de cal.

Los diamantes son grises.

Las esmeraldas grises,

y el brillo que deslumbra

les damos en la lucha de ansiar en nuestro cielo

la rosa venturosa

que viene de lo gris.

Amo lo gris

talvez porque a mis ojo

dieron color de la fruta total,

que sabe dar al tiempo

de la dicha su esencia

y al tiempo de la pena

sus lágrimas de miel.

Amo en lo gris

indefinidamente,

la llovizna, la niebla,

la arboleda sin sol,

que atesoran en torno

de cosas olvidadas

todo ese mundo tierno

que me hace amar lo gris.

Amo lo gris

indefinidamente, y soy apenas, creo,

un estuche pequeño de grises

terciopelos

que aprieta el rojo exacto

de la vida que bebe

su propio corazón.

María Luisa Artecona de Thompson

 

 La gran poetisa paraguaya,María Luisa Artecona de Thompson, nació en Guarambaré en 1919, y falleció en Asunción en diciembre del 2003. 

miércoles, 3 de junio de 2009

Relatos sueltos - Cayetano

  

Media cucharada de sal gruesa y un chorrito de aceite. El agua hirviente recibe a los largos fideos que caen parados, para luego ir acomodándose en el fondo de la cacerola. Hay que revolver para que no se peguen, decía el nono Cayetano. Lo recuerdo los domingos, cuando cocino los tallarines para mi familia, y a mitad de semana cuando coloco spaguettis en medio del agua, para luego esperar impaciente que se cocinen, colarlos y llevarlos a la mesa, en una fuente humeante, donde la mitad de mis hijos lo comerán sólo con un poco de aceite y la otra mitad los bañará en abundamente tuco, rojo, muy rojo…

El sabía de cocinar fideos, de hacer una especie de buñuelos salados, de freir pacientemente  las llamadas papas del aire, de reparar planchas y calefones y  de brindar afecto a sus nietos de sangre y a su nieta por adopción.  ¿Puede alguien llevarse mal con su padrastro, pero amar al abuelastro? Me ha sucedido a mí. Mi padrastro forma parte de la zona que quiero olvidar de mi vida, pero Cayetano es alguien que siempre recordaré con inmenso afecto.

Deja de molestarla, lo escuché decirle a su hijo en más de una ocasión. A mi padrastro le fascinaba maltratarme, hacerme sentir poquita cosa, humillarme, verme llorando por los rincones, sin importarle que apenas fuera una niña. Entonces aparecía el nono, para lograr el contrapeso de la balanza, y hacerme sentir que era importante para alguien, y que era merecedora de un poco de cariño y atención.

Cayetano había llegado de Italia a la Argentina, después de la Segunda Guerra Mundial. Cayò prisionero, pero logró enviar una carta a su esposa, que estaba en Reggio Calabria,para que tomara a sus tres hijos varones y se fuera a la Argentina a esperarlo. Ella hizo la travesía en barco, durante un viaje que duró tres meses. Tiempo después, él logró escaparse y vino a América, a reunirse con ellos.

En Italia quedó su madre, quien convencida de que su hijo había muerto, enloqueció de dolor. Durante décadas, Cayetano trabajó incansablemente para cuidar de su familia. Pasaron los años y cuando pudo juntar un poco de dinero para su pasaje a Europa, fue allá a buscar a su madre, hospicio por hospicio. La encontró y la llevó con él,  a su casa, en América. La tuvo cerca durante diez años, durante los cuales se inviertieron los papeles y ella volvió a ser una niña, refugiada en su amor.

Lo volví a ver luego de muchos años, cuando vino a visitarnos a Paraguay, manteniendo  intactos su humor y su gentil forma de ser. Lastimosamente, cuando por fin lo recuperamos, y los niños se sentían felices de tener un abuelo, porque mi esposo y yo hemos perdido a nuestro padres, cerró sus ojos para descansar.


Sin embargo, sigue vivo en nuestro recuerdo, y cada vez que el agua comienza su primer hervor, allí está su voz dando las instrucciones para los más ricos fideos..