miércoles, 3 de junio de 2009

Relatos sueltos - Cayetano

  

Media cucharada de sal gruesa y un chorrito de aceite. El agua hirviente recibe a los largos fideos que caen parados, para luego ir acomodándose en el fondo de la cacerola. Hay que revolver para que no se peguen, decía el nono Cayetano. Lo recuerdo los domingos, cuando cocino los tallarines para mi familia, y a mitad de semana cuando coloco spaguettis en medio del agua, para luego esperar impaciente que se cocinen, colarlos y llevarlos a la mesa, en una fuente humeante, donde la mitad de mis hijos lo comerán sólo con un poco de aceite y la otra mitad los bañará en abundamente tuco, rojo, muy rojo…

El sabía de cocinar fideos, de hacer una especie de buñuelos salados, de freir pacientemente  las llamadas papas del aire, de reparar planchas y calefones y  de brindar afecto a sus nietos de sangre y a su nieta por adopción.  ¿Puede alguien llevarse mal con su padrastro, pero amar al abuelastro? Me ha sucedido a mí. Mi padrastro forma parte de la zona que quiero olvidar de mi vida, pero Cayetano es alguien que siempre recordaré con inmenso afecto.

Deja de molestarla, lo escuché decirle a su hijo en más de una ocasión. A mi padrastro le fascinaba maltratarme, hacerme sentir poquita cosa, humillarme, verme llorando por los rincones, sin importarle que apenas fuera una niña. Entonces aparecía el nono, para lograr el contrapeso de la balanza, y hacerme sentir que era importante para alguien, y que era merecedora de un poco de cariño y atención.

Cayetano había llegado de Italia a la Argentina, después de la Segunda Guerra Mundial. Cayò prisionero, pero logró enviar una carta a su esposa, que estaba en Reggio Calabria,para que tomara a sus tres hijos varones y se fuera a la Argentina a esperarlo. Ella hizo la travesía en barco, durante un viaje que duró tres meses. Tiempo después, él logró escaparse y vino a América, a reunirse con ellos.

En Italia quedó su madre, quien convencida de que su hijo había muerto, enloqueció de dolor. Durante décadas, Cayetano trabajó incansablemente para cuidar de su familia. Pasaron los años y cuando pudo juntar un poco de dinero para su pasaje a Europa, fue allá a buscar a su madre, hospicio por hospicio. La encontró y la llevó con él,  a su casa, en América. La tuvo cerca durante diez años, durante los cuales se inviertieron los papeles y ella volvió a ser una niña, refugiada en su amor.

Lo volví a ver luego de muchos años, cuando vino a visitarnos a Paraguay, manteniendo  intactos su humor y su gentil forma de ser. Lastimosamente, cuando por fin lo recuperamos, y los niños se sentían felices de tener un abuelo, porque mi esposo y yo hemos perdido a nuestro padres, cerró sus ojos para descansar.


Sin embargo, sigue vivo en nuestro recuerdo, y cada vez que el agua comienza su primer hervor, allí está su voz dando las instrucciones para los más ricos fideos..

 

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