lunes, 28 de febrero de 2011

Opinión - Desidia y humillación


(Publicado en La Nación el 28.02.2011)

Creo que lo asesoró su enemigo. Tuve que leer varias veces la información para convencerme de que realmente el director de obras de la Municipalidad de Lambaré dijo lo que dijo. “Fue un descuido de la nena”, expresó Carlos Mendieta, quien seguramente es ingeniero o arquitecto y nunca jamás realizó ningún curso de diplomacia o relaciones públicas, atendiendo a su desatinada declaración.

La semana anterior, estremeció la historia de una joven heroína llamada Gabriela, quien logró sobrevivir a una terrorífica travesía por el alcantarillado de la exclusiva zona del Yacht. La niña-adolescente “viajó” durante interminables minutos por los 550 metros del túnel, luego de una increíble caída en la apertura a cielo abierto de un desagüe pluvial (o cloacal).

El hecho me recuerda a esos niños que rompen algo en la casa y ante el temor de la reprimenda o paliza de su madre, dicen: “yo estaba quietito y vino el espejo y se estrelló por mi pelota”.

De igual infantil manera, al señor Mendieta se le ocurrió echarle la culpa a Gabriela sobre la casi tragedia que le ocurrió, en vez de ensayar una disculpa o una frase de pesar, mientras prometía una investigación, o mejor, el arreglo inmediato de la desidia criminal de la Municipalidad de Lambaré. La boca de la alcantarilla debería estar tapada o bordeada de rejas altas, con señalización visible, grande y con colores llamativos.

Imagine la película. La niña y su amiga caminaban de la mano en medio de un mar de agua, y según los testigos, iban tanteando con la punta de un palo para continuar, hasta que perdieron el piso y una de ellas logró asirse a una mata de pasto mientras la otra era tragada por el raudal.

Cuántas desgracias ocurren todos los días a causa de obras mal realizadas, o sin señalización y calles rotas, en casi todos los municipios del país; y estar soportando los insultos de alguien que debiera responsabilizarse por los trabajos desastrosos que realizan en uno de ellos ya es el colmo.

Por ejemplo, sobre la avenida Mariscal López, casi llegando a la llamada Curva de la Muerte (yendo hacia el centro) existe un local comercial que hizo construir una especie de pequeñas pirámides de cemento en la vereda obstaculizando el paso de los peatones. Si pasara por allí una persona ciega, iría tanteando con su bastón blanco, pero podría errar y caer en el pavimento, justo en un horario pico cuando miles de automovilistas corren para llegar a hora a sus trabajos. El responsable de controlar que las veredas se mantengan despejadas en el municipio de Fernando de la Mora podría decir que fue un descuido del cieguito. “Quién lo mandó a caminar por allí si no ve”, afirmaría con soltura, en vez de multar de manera ejemplar al desconsiderado infractor.

Poniendo otro ejemplo, en una conocida lomitería, su parque infantil hecho de madera, tiene tablas rotas y clavos con las puntas herrumbradas descubiertas. Si le ocurriera un accidente a algún niño, ¿será que el funcionario encargado de controlar la seguridad de estos lugares de diversión, diría: “Eso le pasó al niño por no quedarse quietito en la silla, ich”?

No pedimos cosas extraordinarias a las autoridades municipales, solo que cumplan la parte que les corresponde. Ellos también son padres, hijos, hermanos... y si no hacen bien su trabajo, mañana la víctima puede ser su propia sangre. Entonces los quiero ver dando explicaciones irresponsables e irrespetuosas.

miércoles, 23 de febrero de 2011

Poema de Josefina Plà


Sueño




...Sueño que fuiste impulso de mi latido,
y alas en mi anhelar:
Te mata la vida que nutriste,
como la flor el fruto nacido de sus galas.
 
Afán que me hechizaste de tan triste,
pensamiento clavado
en mis frágiles pulsos; estilete sutil:
a esa punta que hincaste pereces, traspasado.
Loco sueño disuelto en mi sangre febril:
¡esa sangre te ahoga!
...Morir te miro, ensueño
que fue yo toda -como fue tronco toda hoguera,
y charco toda nube- en un trasvasamiento
imperceptible, blando, como un deshojamiento de rosa,
en un temblor de atravesada mariposa.
 
Morir te miro, ensueño,
como el árbol mirara arder el vicio leño
cortado de su rama, o pudrirse la hoja
 
de cuyo muerto libre saldrá la yema roja.
Morir te miro, ensueño,
y tu postrer tristeza es ya casi alegría,
¡y tu último suspiro es ya casi esperanza!
 
...Hoja muerta, que vuelves a la tierra madura:
¿en qué capullo nuevo, húmedo de ternura,
renacerás mañana, ensueño en agonía...?
 
Fuimos, en sueños compañeros
Fuimos, en sueños, compañeros:
la vigilia no nos unió.
¡Sólo en los sueños traicioneros
su pie a mi paso se ajustó!
 
Labios gemelos en el ansia:
¡no unisteis nunca vuestro ardor!
Pupilas, astros de constancia:
¡nunca rimasteis un fulgor!
 
Jamás la diestras se estrecharon;
los labios sedientos no hablaron;
pero el juramento existió.
 
Nunca las bocas se besaron;
¡de los besos que no quemaron,
brasa fue el doble corazón!

Josefina Plà nació en la Isla de Lobos, Canarias, España en 1903, y falleció en Asunción, Paraguay, en 1999. Fue poeta, dramaturga, narradora, ensayista, ceramista, crítica de arte, pintora y periodista.

Escribió poesía, cuento, novela y ensayo. Tuvo una gran influencia sobre futuras generaciones de intelectuales de Paraguay. A lo largo de su vida recibió numerosos premios y distinciones por su labor literaria y en defensa de los derechos humanos y la igualdad entre hombre y mujeres.

lunes, 21 de febrero de 2011

Opinión - Desempolvar el patriotismo

(Publicado en La Nación, 21.02.2011)


Me encanta la propuesta del Ministerio de Educación y Cultura, encabezado por el Ministro Luis Riart, de incentivar el patriotismo en los niños y jòvenes, ahora que estamos a pasos de celebrar el Bicentenario. Ademàs de realizar festejos, engalanar las fachadas de casas e instituciones pùblicas, alindar edificios històricos y aprovechar para arreglar unos cuantos espacios que se estàn cayendo a pedazos, es una excelente idea desempolvar el patriotismo.

Hay que volver a sentir a la patria en el corazòn, cantar el Himno con ganas, respetar los sìmbolos patrios, honrar la memoria de los hèroes; de todos, incluidos los civiles. Este pequeño territorio, ha tenido a lo largo de su historia, gente valiosa, que dió su vida por defender la soberanìa. Sòlo hay que volver la vista atràs para comprobar cuàntos niños, mujeres y hombres han puesto su pecho como escudo para frenar los atropellos externos.

Estoy segura que cada familia, tiene como mìnimo un hèroe militar o civil en su familia o entre sus antepasados paraguayos (o extranjeros afincados en el pais) que han peleado desde la època de la Independencia, en la Guerra de la Triple Alianza o en la Guerra del Chaco. Tambièn estàn los hèroes anònimos que ayudaron a levantar este pais, desde sus diversas actividades. Empezar por honrar sus memorias, ayudarà a los niños y jòvenes a valorar màs a su patria y a recuperar valores como el respeto hacia los mayores. En esto es fundamental la ayuda no sòlo de los maestros, sino de los padres, abuelos, tìos, amigos... hay que rescatar la memoria de los seres queridos que han forjado nuestro pasado.

Yo tengo entre mis tesoros, la memoria de tres afectos fundamentales en mi vida, que pueden ser considerados hèroes civiles: mis abuelos Segundo Gayoso Mancuello, lisiado de la Guerra del Chaco y Federico Leguizamòn Sosa, Capitan de la misma contienda. Su hijo, Santiago Leguizamòn Zavàn, siguiendo su ejemplo de vida, ha preferido la muerte fìsica a la muerte ètica, y hoy es uno de los baluartes caidos en la lucha contra la mafia fronteriza. Pero a casi veinte años de su asesinato, no hay justicia y casi no hay recuerdo de su entrega.

Tambièn he tenido el placer de conocer a otros hèroes civiles fundamentales en la historia cultural del pais como Augusto Roa Bastos, Josefina Plà, Agustìn Barboza, Ana Iris Chavez de Ferreiro y otras mentes brillantes que pusieron su arte al servicio del pais. Rescatar su legado es tambièn honrar a la patria

Apoyo totalmente la propuesta del Ministro Riart, que los chicos vistan la Albirroja, que les pongan equipos de sonido en los recreos, intercalando el tipo de mùsica que les gusta con canciones que hablen de amor a la patria, que les permitan investigar sobre las personalidades que màs los atraiga, que se pinten la cara con los colores de la bandera, que vivan en sus aulas la euforia sana de celebrar la libertad, en libertad.


viernes, 18 de febrero de 2011

Relatos sueltos-Sayonara alegrìa



De "Fuego que no se apaga-Relatos de amor y desamor"


Sabía que seriamos cuatro en el grupo: Renata San Pedro, la empresaria textil, dos profesores universitarios especializados en comercio exterior y un abogado especialista en derecho internacional. A Renata ya la conocía, porque nos habiamos encontrado en una premiación, hacía algunos años. No me reconoció hasta que le dije que era la esposa del ingeniero Ernesto Pérez Matto, uno de los galardonados en aquella ocasión. Ella había sido jurado y le entregó su premio al empresario joven más exitoso del año, o sea, a mi apuesto esposo.


Con Federico nos conocimos en el aeropuerto. Llegó tarde, cuando estábamos a punto de embarcar. Saludó casi con descortesía y se subió al avión. Me tocó estar al lado de uno de los profesores. El viaje hasta Buenos Aires fue una tortura, porque mi compañero de asiento no paraba de hablar y de comer, comió todo lo que le sirvió la azafata y pidió más, con la excusa de que no había desayunado a causa del apuro. Como si fuera poco, también pidió café, y se lo volcó encima, salpicándome.


Por suerte, el viaje hasta allí no fue tan largo, pero me asaltó el temor de que me tocara volver a sentarme a su lado en el siguiente trayecto que duraría más de seis horas, hasta Europa. La espera en la terminal de Ezeiza no fue larga, embarcamos casi de inmediato y volvimos a emprender vuelo. Me senté hacia la ventanilla. Subí con la idea de mirar hacia la ventana y simular que dormía, para que no me moleste. Me ubiqué en el asiento, es decir. me hundí, acomodé la almohadita en el hueco del cuello y me tapé, para que mi vecino ocasional no tenga dudas de que quería dormir.


Me dejé llevar por el sopor de la siesta… entonces lo sentí a mi lado. Pero era otra energía. Cerré los ojos imaginando que sería Renata, u otro pasajero, porque definitivamente, Cortez no era. Olvidé decir a los organizadores del curso que me ubicaran con Renata en todos los vuelos, para evitarme un mal momento como el que posiblemente pasaría en las siguientes horas. Entonces sentí que me rozaba el brazo. Perdón, dijo, y abrí por completo los ojos. Era el cuarto compañero de viaje, el que llegó atrasado. No es nada, le dije, y creo que sonreí durante un largo rato, feliz porque no era Ignacio Cortez el que iría a mi lado. ¿Ya nos presentamos, verdad?, me preguntó. Creo que no, le dije. Me pasó la mano y pronunció su nombre: Federico Augusto Gallardo. Yo soy Alejandra Montenegro, le respondí, tratando de soltar mi mano de entre las suyas.

Hablamos sin parar durante seis horas. Hicimos un resumen de nuestras vidas hasta que el avión hizo escala en Frankfurt, en Alemania. Allí nos quedamos durante siete horas, esperando la conexión.


Renata y yo recorrimos tiendas, tomamos café, compramos revistas y nos regodeamos con las joyas que se veían en los escaparates. El desapareció en la inmensidad del aeropuerto. A media hora de la conexión, nos reencontramos todos y comenzamos a conversar sobre lo sería ese curso en Japón. Si bien mi inglés estaba flojo, hablaba bastante bien en japonés, gracias a Kensaburo, mi primer novio, quien no sólo me hablaba en su idioma ancestral, sino que me impulsó a estudiarlo en el Centro Paraguayo Japonés, para cuando nos casáramos, para poder enseñarle a nuestros hijos.


Pero nuestro amor acabó por diferencias irreconciliables, como el hecho de que yo adoraba comer guisos y pucheros y él se desvivía por repollos, remolachas y brotes de soja a la vinagreta, o porque a mí me gustaba festejar los cumpleaños y él prefería encerrarse a dormir. También se acabó nuestro proyecto de tener dos hijos, niña y varón y viajar juntos al pais de sus padres, que él deseaba profundamente conocer. Me quedaron sólo el recuerdo de los tres años juntos y un buen manejo del japonés. Finalmente, Kensa se casó con una chica que posiblemente en su anterior vida fue también japonesa, porque están hechos el uno para el otro. Los suelo encontrar de vez en cuando, en el supermercado, comprando verduras y frutas, felices, de la mano.


A mi nuevo amigo le parecía gracioso la forma en que yo pronunciaba algunas palabras en japonés y me las hacía repetirlas. Mi palabra favorita es sayonara (adiós), quizás por mi eterna melancolía, le conté . El gordo Cortez, quien seguía comiendo los sandwichitos que bajó del avión, escondidos en el bolsillo de su saco, dijo que era una estupidez estudiar japonés, ya que el inglés es el idioma universal. No quise discutir con èl y la invité a Renata a irnos al tocador, antes de la hora de embarcar. El otro compañero, Samuel Ramírez, era tan educado, que sólo sonreía ante las tonterías dichas por el en todo momento desubicado de Cortez. Apenas hacía horas que lo conocía y la antipatía – creo que mutua- ya era bastante fuerte.


El siguiente tramo lo hice sola, sin acompañantes a mi lado. El vuelo estaba bastante vacío y como iba a ser muy largo, todos nos acomodamos en una hilera para cada uno. Ahuequé la almohada bajo mi cabeza y me dormí, pensando en Ernesto, en sus manos, su cara, sus abrazos, y en los niños. Pero mucho en Ernesto. Estábamos en un buen momento, a pesar de las numerosas crisis que logramos sortear. Llevaba veinte años perdonándole muchísimos pecados, uno tras otro, entre hijo e hijo, las infidelidades de su parte no acabaron jamás, y sin embargo, yo lo quería. Es más, lo amaba tanto que nunca sentí atracción por nadie más, y la única vez que otro hombre me erizó la piel, con sólo estar cerca mío, me aparté de él para no caer en la tentación.


Bueno, en realidad, no le era infiel por mi propia dignidad, por respeto a mí misma, por amor propio. Ser leal a mi sentimiento, era mi orgullo personal. Muchas veces me planteé que él no me quería en la magnitud en que yo lo amaba, o que su forma de amar es totalmente diferente al mí. A mi me gusta decir te quiero, besar, morder, apretujar… Ernesto dice que el amor se demuestra con los hechos cotidianos aunque escaseen los besos y los te quieros. Pero yo me moría por sus pocos besos y contaba las horas para estar abrazada a él, en la cama, y robarle algunos besos ardientes.


Estaba divagando cuando Federico se acercó y me preguntó si no me molestaba que se sentara a mi lado. Por supuesto le dije que no, que sería un placer. Es que era un placer. Viajamos callados. El había traido su almohada y su manta y se acomodó hacia el pasillo, como para dormitar, pero dejó su brazo en el respaldero donde estaba el mío y me dormí sintiendo su piel rozando la mía. Eso en mi, ya era infidelidad. Y bueno, fui infiel durante largas horas. Preciosas horas.


Me despertaron las turbulencias sobre las montañas del Tíbet y me quedé preocupada pensando en los niños. Si muero, dejo tres huérfanos, le dije. Si morimos, el hielo nos va a mantener eternos, me dijo èl , riéndose. Entonces moriré joven y bonita, le dije, riendo. Si, señora: muy bonita, dijo él y yo me sentí absolutamente feliz con el piropo.

Hacia el amanecer llegamos al aeropuerto de Hong Kong, e hicimos el último traslado hacia Tokio. El mar estaba tan azul y maravilloso, que daban ganas de llorar. Allá abajo, las islas parecían pequeños manchones en el mapa.


Confieso que me sentí muy feliz a partir de ese momento. Fueron quince días sintiendo el roce de su piel cerca del mío, pero sólo el roce, y eso ya era mucho para alguien que nunca se permitió querer a nadie más que a un único hombre, desde los dieciséis años. Nos sentamos pegados uno al otro, en el curso, él me enseñaba las cosas en inglés y yo en japonés, desayunábamos juntos y él me traía el café a la mesa y me elegía las mejores tostadas, mientras comía un revuelto de huevos con chorizos que a esa hora a mí me daba repulsión.


Los días pasaron rápido y apenas faltaban tres días para volver, entonces comenzamos a hacer las compras. Lo ayudé a elegir regalos para su novia y su madre, caminando juntos bajo la llovizna de setiembre en esa ciudad tapizada de seres que van de un lado a otro sin parar, sin conocerse, sin detenerse a pensar en nadie. Lloviznaba cuando compramos los presentes para mis hijos y para Ernesto. Le llamó la atención lo mucho que yo hablaba de èl y de la cantidad de cosas que le compraba. Comprate algo para vos, me dijo, dejá de pensar tanto en él.


Por supuesto, no le hice caso, y volví a adquirir camisas, relojes y corbatas, para Ernesto, porque sentí que le estaba fallando al sentirme tan feliz al lado de otro hombre. ¿El te corresponde? Me preguntó cuando estábamos desayunando , creo que sí, le dije. Pero él adivinó cierto titubeo en mis palabras. Renata se sentó con nosotros y nos desviamos hablando de lo bueno que estaba el curso.

Por la tarde, recorrimos la ciudad con un guía japonés al que Cortez le fastidió todo el tiempo, diciéndole tonterías en guaraní, sólo para molestarlo.


Esa noche salimos todos juntos a cenar y luego a recorrer la ciudad. Volvimos al hotel casi a la medianoche, era la última noche en Tokio, habría que preparar las valijas. Guardé mis cosas, las fotos de los chicos, la de Ernesto y mía en el barco, cuando estuvimos de luna de miel, por El Caribe. Sentí ganas de estar en casa.

Entonces alguien golpeó la puerta. Creí que era Renata y le abrí sin preguntar. Federico me estaba devolviendo un libro que le presté el segundo día de nuestra llegada. Gracias le dije e intenté cerrar la puerta. No puedo dormir, me dijo, creo que no quiero volver. Eso es porque no te espera nadie, tenés que casarte, le dije. Y sí, tendría que casarme, ya estoy viejo, murmuró algo resignado.


Cerré la puerta tras él y continué preparando mis maletas. Me dí una ducha y bajé a la recepción a escribirle un e-mail a Ernesto, para contarle que ya en pocas horas regresaba a casa. Cuando volví a subir lo encontré en el pasillo, comiendo un bombón y colocando una caja frente a mi puerta. Quiero que endulces tu ùltima noche, dijo y caminó hasta su habitación. Estaba vestido aún, pero con la camisa desprendida, dejando a la vista la tentación de un pecho firme, velludo, agitante…. Me aferré al recuerdo de los besos de Ernesto, para no correr tras él y despojarme de la piel que me tapaba el corazón, totalmente desbocado.


martes, 15 de febrero de 2011

Relatos sueltos -Necesidad de ti



(De "Fuego que no se apaga-Relatos de amor y desamor)

Recuerdo que era otoño. Había una algarabía terrible en el puerto, en una de las dársenas, de aquel Buenos Aires que aún hoy recuerdo con el mayor de los afectos, y donde vivimos diez años de nuestro amor. Habiamos ido a mirar cómo se despedían los que van a Europa, en barco. Parecía una película en aquellas en que uno ve llorar a los que se quedan y a los que se van, pero en vez de batir pañuelos, blancas tiras de papel higiénico volaban en el viento, tirados como papel de cotillón.

Íbamos de la mano, hablando de nada y de todo, rozándonos el cuerpo en cada paso, robándonos besos ante la mirada de la gente que sonreía ante nuestras demostraciones de afecto. Tu vientre comenzaba a redondearse bajo tu vestido amarillo con flores color naranja, y debajo de èl, un hijo que no era mío pero que yo quería como si lo fuera, porque te amaba más allá de todo prejuicio.

Había escuchado todo tipo de comentarios sobre tu vida anterior. Que tu comportamiento en el conventillo de San Telmo no era decoroso, que ni vos sabías quien era el padre de tu hijo. A mí no me importó. Te conocí en la tienda de antigüedades, cuando trataste de ayudarme a encontrar un collar de coral para mi madre. En realidad era para una amiga muy íntima, pero te mentí porque apenas te ví ya estaba enamorado de ti.

Entonces aún no se te notaba el vientre. Llevabas puesto un conjunto de lana gris rata y un chal rojo que resaltaba enredado con tu pelo oscuro. Compré el collar y regresé a los dos días por un par de gemelos que jamás usé. La tercera visita la hice el domingo por la mañana, pero no te encontré; pregunté por ti y me dijeron que estabas enferma. Volví al día siguiente y al siguiente: tenía necesidad de verte. Recién volviste a trabajar el jueves, porque tuviste una pequeña hemorragia y te recomendaron reposar.

Fue ese día que me contaste que estabas embarazada. No se nota, dije yo.

Estabas de apenas dos meses y tus ojos brillantes me decían que querías ese hijo.

Comenzamos a vernos casi todos los días. Te esperaba a la salida del trabajo, recostado sobre la pared, a veces con masitas, a veces con un ramo de flores. Caminábamos por las calles devorándonos la vida con enormes risotadas, por cualquier motivo. Deseaba que abandonaras tu pieza del inquilinato, pero me costó convencerte. No querías dejar a tu madre y a tus hermanos, porque necesitaban de tu ingreso. Fue difícil, porque yo podía hacerme cargo de vos, pero no de ellos, no era mucho lo que ganaba como contador de una empresa y menos con la venta de mis cuadros de artista incipiente y romántico.

Tuvimos que armar una estrategia económica para que no los desatiendas y poder irte a vivir conmigo. Lo que gano es para los dos y lo que vos ganás, para ellos, además van a ahorrar la parte que te toca de comida, te dije. Te gustó la idea, aunque sentías temor de que al nacer tu hijo yo dejara de quererte. Eso no va a ocurrir jamás, te dije. En realidad, era yo quien sentía pánico de pensar que podrías volver con el padre de ese niño y olvidarte de mi. El no vale nada, no me merece mi amor, me habías dicho, pero tus palabras encerraban mucho resentimiento, y tenía la sensación de que lo seguías queriendo, Matilde.

Meses después nació el niño y lo inscribiste con mi nombre, Francisco José, porque dijiste que su verdadero padre era yo. Lo quise mucho, desde el momento en que lo tomé en mis brazos. Creció conmigo y contigo, como una familia. Yo le enseñé a caminar, a atarse los cordones, a jugar al fútbol, a pintar en sus hojas blancas al mismo tiempo en que yo pintaba mis lienzos. Más de una vez me arruinó una tela con sus garabatos. Para mí, que él estuviera contento era más importante que cualquier otra cosa, total, las pinturas casi no se vendían.

Yo quería otro hijo, pero vos preferías esperar. Seguías trabajando en la misma tienda y continuabas ayudando a tu madre que cada día se daba más a la bebida. Tus hermanos ya crecidos no estudiaban ni trabajaban y teniamos que seguir mateniéndolos, incluso, llegamos a tener a uno de los dos con nosotros durante meses, porque se había peleado con tu madre.

Pasaron diez años para que podamos mudarnos a un departamento más grande, aunque lo que yo quería era poder brindarles una casa, para que Francisco tuviera más espacio para jugar. Además, seguía soñando con un hijo, pero a vos eso no parecía preocuparte, y quería volver a mi patria, con ustedes dos, para que mi madre los conozca.

Algunos, casi los mismos que me habían hablado mal de ti, me dijeron que estaba ciego de amor y no veía que no me querías, que sólo me estabas utilizando. Sin embargo yo sentía tu afecto, de verdad lo sentía. De noche, cuando me abrazabas y te entregabas tan dócilmente, yo podía escuchar palpitar tu corazón debajo de mi pecho, y estaba seguro que sentías mucho amor por mí.

………………………………………

Era otoño de nuevo y estuve parado en esta esquina, esperando verte, porque tenía necesidad de ti. Llevaba allí casi una hora. Por fin bajaron las persianas del negocio y se apagó la luz. Ya va a salir enseguida, pensé, pero te hiciste esperar. Hacìa un mes que me dejaste. Dame tiempo, dijiste al marcharte. Por más que supliqué, te fuiste igual. Pero me dejaste a mi hijo. En realidad, él no quiso irse contigo. Se aferró a mi con todas sus fuerzas, cuando amagaste llevarlo. A decir verdad, no hiciste mucho esfuerzo por convencerlo. El no lleva mi sangre, pero sí mi nombre y mi apellido, y mi amor, entonces, tenía todo el derecho en reclamarlo.

Llamaste dos días después para decir que estabas bien, y que todavía necesitabas tiempo. No querías que te llame ni te busque, dijiste que si lo hacía, no ibas a volver. Aguanté hasta ese día, pero ya no pude más. Fui a buscarte porque te extrañamos. Fuí solo, porque el nene tenía catarro y estaba en cama, lo dejé con la vecina mientras te esperaba para llevarte de nuevo a casa.


……………………………………..

Saliste de la mano con tu patrón, riéndote con ganas, como lo hacías conmigo. Me acerqué y te dije : Matilde, ¿qué hiciste con nuestra vida?. Vos sabés que nunca te quise. Tus palabras entraron como una daga en mi corazón. Andate, y podés llevarte a tu hijo, me gritaste en la cara, mientras èl te tomaba de la cintura.

Corrí las cuadras de San Telmo ciego de dolor y de tristeza, me lastimé la frente cuando terminé la carrera, por alguna pared. Lloré días enteros y fue Francisco quien me cuidó cuando me volví un pobre niño abandonado.

Una mañana, me dijo que ya no quería verte, y fue él quien me insistió para que nos fuéramos. Entonces, regalé las cosas y renuncié al trabajo y nos fuimos a Paraguay, sólo con tres maletas, y dejamos atrás tu recuerdo.


Han pasado muchos años, Matilde, y creo que ambos, todavía tenemos necesidad de ti.




viernes, 11 de febrero de 2011

Relatos sueltos - El peldaño gris


De "El peldaño gris"

(Pintura de Ricardo Migliorisi)


Avanzó por el zaguán oscuro con una bolsa repleta de basura. Abrió una hoja de la enorme puerta de madera que la doblaba en tamaño, y salió afuera, depositó en la vereda los desperdicios al lado de una hilera de bolsas y latas enormes con un maloliente cargamento. Miró hacia la calle: serían alrededor de las diez de la noche, el viento fresco de setiembre le removió las greñas cortas y la abofeteó en la cara.


En la otra cuadra la luz del supermercado iluminaba la mitad de la calzada, mientras algunos transeúntes volvían a sus casas con pasos presurosos. Mantuvo su mano en el picaporte por largo rato, luego, sin pensarlo cerró la puerta tras de sí. «Ya está», pensó, «ahora ya no puedo volver atrás»; no podía entrar porque no tenía llave, además no tenía ganas de continuar sufriendo tanto. Se sentó durante largos minutos en el enorme peldaño gris situado bajo la puerta, dejó que la brisa continuara jugando con su pelo y luego se marchó a cumplir con su determinación.


En la Avenida 9 de Julio los autos pasaban como hormigas. De pronto los vio formados en interminables filas esperando el cambio de color en el semáforo, cuando de repente se abalanzaban todos en rauda carrera. Esperó unos minutos sentada en uno de los bancos pintados de blanco de los paseos; se tocó el estómago que aún le ardía. Escupió una y otra vez. Aún sentía el gusto a desinfectante en la boca (es que se lo había tomado de golpe, un trago tras otro hasta acabar con la lata triangular), después vinieron los vómitos: le zumbaron los oídos y sintió retorcerse las tripas en total rechazo al extraño brebaje. Entonces sin quererlo lo volvió a echar todo.


Miró los autos que pasaban uno tras otro, esperó la quietud mientras la luz daba rojo, y al mismo tiempo del cambio al verde, salió al paso de los autos. Cerró los ojos y escuchó mil insultos de los conductores que la esquivaron peligrosamente; cuando terminaron de pasar los autos aún estaba allí, parada en medio de la avenida. Caminó hacia otro largo banco y se sentó a llorar impotente: ni siquiera la muerte la quería. En sus oídos retumbaron las voces que le gritaban: «¿Te querés morir?», «Andate a otro lado infeliz», «¿Estás loco desgraciado?». Su vaquero desgastado, la camisa a cuadros y su pelo corto la hacían aparentar un muchachito, ocultando a una niña de once años asustada y marchita.


Secas las lágrimas volvió a caminar sin rumbo por la ciudad enorme e indiferente. Nadie la molestó porque así como los conductores, los diferentes grupos de muchachos que recorrían las calles o tomaban cerveza en los bares instalados en las veredas, la confundieron con un muchachito moreno y triste, recién llegado del interior.

Caminó sin prisa hacia algún lado, sin saber precisamente dónde. ¿Adónde iría?, sin darse cuenta se encontró a media cuadra de la casa donde trabaja limpiando por las mañanas. Vio en la vereda a dos señoras: su madre y su patrona que la esperaban con la preocupación reflejada en el rostro. La primera pensó en una simple fuga, pero la segunda, conocedora de sus sufrimientos adivinó en parte lo que había ocurrido y trató de darle un poco de seguridad y el afecto ausente, en un abrazo.


Con pasos vacilantes y la rabia apretada en la garganta, volvió a traspasar el peldaño gris y la enorme puerta colonial.


Las primeras luces del día la encontraron con los ojos abiertos y fijos en el blanco yeso del techo.

miércoles, 2 de febrero de 2011

Relatos sueltos- Abrazame












De "Para cuando despiertes"
(relatos para niños)

La profesora dijo hoy, que mañana viernes irìamos al hogar de ancianos a llevarles comida a los viejitos. Mamà, tenès que darme plata para comprar galletitas, alfajores y purè, porque ellos ya no tienen dientes y tienen que comer cositas blandas.


¿Que no puedo llevarles purè porque va a descomponerse?. Claro que puedo llevarles purè y que lo coman enseguida. Y despuès me voy otra vez y les llevo màs. No me voy a acostar si no me prometès hacer mucho purè para mañana temprano.


Sabès mamà. Tenìas razòn.


No debì haberle llevado tanto purè, porque el viejecito que elegì como abuelo adoptivo no tenìa hambre, no querìa comer. O sea, querìa comer, pero tenìa tanta tos que le era imposible tragar.


Me puse un poco impaciente, porque todos los ancianitos que mis compañeras adoptaron se portaban bien, comìan todo lo que ellas les llevaron. En cambio, el mìo no paraba de toses y de lagrimear. Hasta estuve a punto de pedirle a la profe para cambiar de abuelito. Finalmente, le insistì tanto para que coma que me dió el gusto: comiò un poco y me dijo que iba a guardar el resto para su cena.


Despuès le mostrè las galletitas de vainilla, los alfajores, la leche y las manzanas que le llevè y èl sonrió. Pero me asombrè muchìsimo cuando de repente dejò a un lado la bolsa de cosas y me dijo: abrazame, por favor. Sì, parecìa medio tonto ese anciano. En vez de aprovechar todo lo que le llevè, èl me pidiò un abrazo. Me acerquè y se prendió a mì y yo a èl, y parece que el abrazo nos gustò a los dos, porque a mì me entibió todo el cuerpo y a èl se le pasò la tos y sonrió mucho, con su boca sin dientes.


La otra semana, mamà, preparame màs purè para llevarle, porque yo tengo para èl otro montòn de abrazos.