martes, 14 de septiembre de 2010

Relatos sueltos - Cada agosto



De "Fuego que no se apaga-Relatos de amor y desamor"


Llegó a la plaza a las ocho en punto.

Los bordes recién pintados de los canteros, las murallas bajitas y las puntas de los camineros contrastaban con el verde musgo de los bancos alargados de madera. Saboreó el aroma del pasto recién cortado que un anciano vestido de verde emparejaba dificultosamente con su pesada máquina vieja.

Recorrió las plaza buscando un banco que tuviera todas las tablas puestas, para sentarse. En la otra esquina, un grupo de estudiantes hacía ejercicios, controlados por su profesora. El techo de enormes hojas de mangos, dejaba filtrar los rayos solares tibios de agosto, y suaves lluvias de pequeñas flores amarillentas-pardas comenzaban a cubrir los ladrillejos.


Hacia el centro había un claro.

Allí, un banco azul (¿quien le habría cambiado su color verde tradicional?) lucía majestuoso debajo de un enorme lapacho invadido de flores rosa-lilas. La lluvia era intensa y agradable. Los capullos, muchos más grandes que las florecitas del mango, iban alfombrando el suelo en forma rápida. Viò al barrendero acercarse con su improvisada escoba de rama de palmera, para limpiar el suelo. Le pidió que no limpiera allí, que dejara a ese espacio, llenarse de flores.


El banco azul la recibió con sus libros y sus sueños.

Se sentó a esperarlo con impaciencia. Prometió llegar antes de las nueve. Mientras, admiró los colores de las flores, lamentando que jamás una semilla de lapacho amarillo haya germinado en ese lugar. Imaginó a uno saliendo entre tanto verde , y compitiendo con el de flores rosadas.


No llegó a hora.

Valeria lo tenía a su lado sólo un día de agosto. Los encuentros se realizaban en lugares diferentes cada vez, desde hacía ocho años: en un bar, una plaza, una esquina apartada, un hotel. Ocho años de amar a escondidas y con cuentagotas. Se conocieron durante un viaje que ella hizo al Brasil para un curso de especialización en literatura de ese país.


El la amó desde entonces.

Pero Valeria estaba atada a un amor antiguo, a sus cinco hijos y a su casa, levantada trozo a trozo con esfuerzo y alegrías. No podría tirar todo por una ilusión que duraría tres semanas. Sin embargo, disfrutó gota a gota de cada una de sus caricias, de su aliento quemando sus labios o sus pechos. Se dejó palpar centímetro a centímetro, desde los pies hasta arriba, durante largas horas.


Ni siquiera completó el curso.

Se inventó fiebres y malestares, desperdiciando la beca. Pero en realidad, la fiebre se había desatado en algún lugar entre el corazón y el alma. De pronto, la figura de Sebastián, que había sido su primer novio, el gran amor, el marido perfecto, se perfilaba difusa entre las sábanas arrugadas del hotel. En su reemplazo, la cara y el cuerpo de Enrique se convertían en el paraiso desconocido, del cual era imposible escapar.


Era el candidato perfecto.

Treinta y cinco años, soltero, corazón desocupado y uno de los escritores más prominentes del Brasil. Pero ella tenía una familia que amaba demasiado, Ni siquiera podría utilizar la excusa de ya no estar enamorada de su esposo, o de que él la desatendiera en forma alguna. Alargó su estadía una semana más porque le era imposible abandonar sus brazos.


Volvió a su vida anterior.

Aunque hizo lo posible por olvidarlo, no pudo. El le empapeló la vida con palabras de amor que durante meses no tuvieron respuesta. Rompió las cartas, quemó los poemas, tiró las azucenas secas que le enviaba entre los libros, exprimió su corazón para que no continuara sangrando por él. Pero la sangre se regeneraba de inmediato, sin darle tiempo a morir.


Vino en agosto, sólo para verla.

Se encerraron en un cuarto durante diez horas. Ella olvidó su casa, sus hijos, su trabajo... Enrique tenía la capacidad de hacerle sentir que el mundo comenzaba y terminaba entre las paredes que los veían revolcarse en un torbellino sin fin. Pero al salir de allí Valeria recuperaba la cordura. Afuera estaba su verdadero mundo y la gente que amaba. No los lastimaría por nada del mundo, ni siquiera por él.


Pero él volvió todos los agostos de los años sucesivos.

Nunca le preguntó de la nueva vida que formó al lado de otra mujer, ni de su única hija. Sólo se dejaba amar, y lo amaba desesperadamente un día entero de cada año. Eso le bastaba para saborear de a poco los recuerdos de su piel rozándola, todo el tiempo que estuvieran separados. Era como “cargarse”, llenarse de él hasta volver a encontrarlo.


El sol comenzó a picar hacia el mediodía.

Lo recordó tal cual estuvo la última vez. Con su camisa a rayas celestes y la campera negra, los jeans gastados, el bolso de mano y los cuatro o cinco libros que lo acompañaban en forma constante. Lo recordó desnudo apretándola contra su pecho velludo, su rostro con la barba naciente rozando su cuello con tanto ímpetu hasta hacerle daño, hasta darle escozor y placer. Su boca buscando con desepero la suya ...


No era hambre lo que sentía.

Sino un dolor muy profundo en el estómago. Le empezó a doler su tardanza. Su voz impaciente en el teléfono le había asegurado que ya no podía esperar ni un día más para verla. Fijaron el lugar, la hora. La hora que daría inicio a una día entero de devorarse palmo a palmo, uno al otro.


Pasaron horas.

Los ladrillejos se alfombraron por completo con las flores rosadas que se estaban poniendo azuladas, marchitas. Se hizo de noche y los otros bancos se llenaron de parejitas que se confundían en abrazos mañaneros. Más allá, algunos niños se columpiaban cantando canciones de gente mayor. Entonces pensó en sus hijos y recordó que no había dejado pautada la cena con la empleada.


No pudo irse.

Se sentía pegada al banco azul. Una fuerza superior le tenía atada, inmóvil. Se durmió recostada sobre sus libros y la cartera. Alguien, de madrugada, le tocó el hombro para preguntarle si necesitaba algo. Pensó que era él, que se había retrasado. No. Sólo era un vigilante que cuidaba la cuadra.


Amaneció sentada con los ojos llorosos.

Jamas faltó a una cita, entonces lo esperò. Un día, dos, cien horas... Soportó una llovizna, hambre, sueño. Soportó las miradas de la gente del barrio. Cuando miró hacia el piso vió flores amarillas entre las rosa-lilas. No es que hubiera florecido un lapacho amarillo, sólo se marchitaron las que días atrás, habían caido.


lunes, 13 de septiembre de 2010

COMENTARIO-La perversidad de la lengua



(Publicado en La Nación, 11-09-2010)

Una prima exuberante, que vive en Ciudad del Este, suele decir que lo suyo no es exceso de gordura, sino de “gostosura”. Ella utiliza una derivación de la palabra portuguesa gostoso/a para definir su gran peso, buen humor y alta autoestima.

Conozco a muchas “gorditas” felices y maravillosas, que además de ser excelentes personas, brillan en sus respectivos quehaceres. Toda mi vida, aún cuando pesaba 57 kilos, me molestó la gente que menosprecia a quienes pesan más de lo que se denomina normal o recomendable. Y ahora que estoy en la lista de las “rellenitas”, me saca chispas escuchar alguna grosería despectiva.

Si usted es asidua a los tés, despedidas de solteras, baby showers, lanzamientos, reuniones, etc., conocerá de varias personas, hombres y mujeres, pero especialmente mujeres, que no tienen empacho en decirle a su prójima: “'¡Qué gorda estás!”, “Pero vos estás más gorda...”, o cosas por el estilo. Olvidando que todos los seres humanos podemos echar mano al don de la gentileza. No cuesta nada hacerle sentir bien a los otros con una frase amable, como: !Qué linda estás!, o te sienta bien ese vestido o esa corbata.

Sin embargo, la senadora Zulma Gómez, olvidó la buena educación, al lanzar una frase tan despreciativa hacia la ministra de Salud. Molesta porque Esperanza Martínez no está de acuerdo con la posibilidad de volver a dejar vía libre a los fumadores que nos matan lentamente a los que no fumamos (además de ir reservando su lugar en el cementerio, ellos mismos), no tuvo mejor idea que decir que es una obesa, entre otras linduras. ¿Qué quiere? Es una ministra de Salud, y no de “insalud”, lógicamente debe defender la vida saludable con todos los argumentos posibles. Si se sintió ofendida, por alguna expresión de la médica, su chabacana crítica no es el mejor argumento para defenderse.

Hay que reconocer que además de deslenguada, es muy pagada de sí misma. Porque la señora Zulma no es Miss Universo, precisamente, y ni aunque lo fuera. Su actitud deja una muy mala imagen de una mujer que, no sólo, no está considerando el bienestar de sus conciudadanos, siendo ella una Parlamentaria, sino que además se burla de sus pares femeninas que no lucen ese escultural cuerpo que ella cree tener. La felicito porque se “produce”, hace dieta, pilates y yoga nepalés, para estar delgada, pero no debe humillar a nadie diferente a ella.
Yo sigo reivindicando el derecho a tener un talle XL, o XXL, y ser feliz con una misma. Es hermoso que el espejo te devuelva esa imagen que sólo sea el envoltorio de la belleza interior. Lo importante está dentro de cada uno, la esencia del ser humano es lo que hace la diferencia para ser mejores o peores personas,

Doña Zulma debería enterarse y recordar que en el mundo hay talentosas mujeres que no caben en un talle 42, y en Paraguay la lista es inmensa. Que lo digan sino damas como Lizza Bogado, Diana Barboza, Mina Feliciángeli, Alicia Guerra , Gloria Rubin y miles de paraguayas que dejan huellas por su trabajo o su testimonio de vida.

martes, 7 de septiembre de 2010

Relatos sueltos-Canciones sin sentido




De "Ronda en las olas"


Muchos me contaron que yo vagaba con ella por todos los lugares. Se nos vio por todas partes, juntas; el mercado, las avenidas, la terminal de omibus, a la salida de los cines... Dicen que ella siempre iba andrajosa, descalza, la mirada perdida, la sonrisa sin causa.


Cuando yo era un bebé ella me cargaba a su cintura o sobre su cuello y dicen que muchas veces yo lloraba de hambre porque como ella no se alimentaba, no tenía leche para amamantarme. Cuando ya fui un poco más grande chupaba durante horas algún trozo de cáscara de naranja o cualquier otra cosa que me daban por ahí.


Algunas veces vivíamos en el hospital. Me cuentan que por lo menos allí, las dos comíamos un poco mejor que cuando vagábamos por las calles. A ella no le gustaba estar en el hospital, quería estar libre, caminar, que no la encerraran.


Cuentan que fue una chica feliz, que vino de la campaña para trabajar en una casa de familia, pero allí la maltrataban, le daban poca comida, trabajaba en exceso, dormía poco y tenía nostalgias. Trabajó tres años en diferentes lugares, uno peor que otro, la trataban como si fuera una esclava.


Los domingos tenía ganas de salir a pasear pero no la dejaban, se quedaba a limpiar todo lo que ensuciaban las visitas.


Un día se fue al mercado a comprar verduras y no volvió, se extravió por los recovecos del camino, colgó el bolso del brazo y vagó sin rumbo. Se fue ensuciando lentamente su vestido, se gastaron sus zapatos, se le ensució el cabello y su cara morena se manchó del jugo de las naranjas que comía y del piso sucio que utilizaba como cama por las noches. Se sumó a los habitantes sin rumbo de la ciudad, compartió trozos de tortillas o el calor de una manta agujereada de algún mendigo o de otra mujer enajenada.


En una de esas noches, en la oscuridad de las esquinas, alguien la poseyó salvajemente. Su vientre se volvió mi hogar y fui parte de ella misma. Me dijeron que entonces algunas personas la internaron en el hospital y cuando nací ella me miraba sin entender muy bien lo que había ocurrido. Como el portón estaba abierto, nos fuimos a explorar la vida. A veces nos volvían a traer y otra vez, ella me cargaba y salíamos de nuevo.


Me dicen que ella me quería, que me daba mil besos y me acunaba entre sus brazos sucios, me cantaba canciones que ni ella conocía. Eran canciones dulces aunque no tuvieran sentido.


Después, nos separaron. Personas preocupadas por mí me sacaron de sus brazos, me llevaron a un hogar infantil y a ella la dejaron vagando por las calles. Yo guardaba recuerdos de su cara sonriente, pero crecí con prisa y dejé de pensar en ella.

Pero en estos días, de compras por la calle, vi a una anciana harapienta, que reía sin causa, entonces descubrí en sus facciones ajadas la forma de mi cara, mis ojos, mi sonrisa. Ella miró hacia mí y salió corriendo, se perdió entre la gente. La seguí cuatro cuadras y no pude alcanzarla. Pero la buscaré.

Quiero sentarme a su lado para que me cante canciones sin sentido.