miércoles, 30 de diciembre de 2009

COMENTARIO-Tiempo de promocionar "trambólicos antivalores"




Ni con un increíble porcentaje de alcohol en la sangre, Diego Pérez soñó jamás con el momento de “fama” que está disfrutando. La nueva estrella mediática declaró que lo máximo que aspiraba era llegar a ser tan famoso como Joseph, el peluquero cuya foto exageradamente grande tapa la visual en Libertad y Mariscal López.
 

Pero como decía mi abuela, si uno es persistente con sus sueños, estos pueden terminar convirtiéndose en realidad, aunque no siempre en el mismo grado de nuestros anhelos. 

Fue así como una noche cualquiera, Diego dejó sus tijeras y cepillos, cerró su peluquería y se convirtió en el pasajero ocasional de un cliente de su peluquería. Como ambos estaban con mucha espirituosa en las tripas, volaron bajito a velocidad no recomendada. El resultado fue que el chofer de la moto fue a parar a Emergencias Médicas y él, por una “arbolada”. Tanta suerte tuvo el hombre que además de salir ileso de semejante accidente, tuvo su segundo de gloria en la tele, entrevistado por un cronista de canal 13.

Pero allí no terminó la cuestión, levantado el video de la entrevista en internet, empezó a ganarse adeptos por su manera “trambólica” de relatar el suceso. De ahí en más, su popularidad comenzó a subir como una burbuja: entrevistas en radios, invitaciones a fiestas en conocidos pubs y hasta una telefonía celular del medio le pagó por usar su voz como backtone, además de estrenar canción y video en menos que canta un gallo... Como dicen algunos compañeros de la redacción, el muchacho sabe aprovechar su momento y ya tiene un tendal de fans en diferentes comunidades cibernéticas.

¿Quién cree usted que es el más popular, en el área espectáculos/cultura en estos últimos días de diciembre? ¿Augusto Roa Bastos, porque demolieron su casa de infancia?, ¿La Biblioteca Nacional porque se quedó sin presupuesto?, ¿Sandro porque ya respira solo por 10 minutos?, ¿Lizza Bogado porque canta lindo?, ¿Carlos Colombino, Rubén Bareiro Saguier, Menchi, Rosa Brítez?. No señor. Un tal Diego Pérez que voló, voló… como dice la canción de un bailantero argentino. No escribió poesía, no hizo una escultura, no canta, no baila, no actúa… solo voló entonado como un Papá Noel bizarro, estirado por un reno con forma de moto.

Hay gente a la que le parece fabuloso que a Diego le sonría la fama, porque es simpático y sabe divertirse. Sin embargo, otros estamos muy preocupados por la promoción de antivalores que se hacen en los medios, específicamente con este caso. ¿Qué mensaje reciben los jóvenes? Que está genial emborracharse y subir a una moto sin casco y sin ningún sentido de la responsabilidad con los demás y consigo mismo. A este paso, van a empezar a subir a YouTube las corridas de autos que hacen de madrugada en la autopista o los “trompos” en algunas calles de SanBer, con cuerpos “rotados” en el pavimento, incluido. Total, es súper, cool, fashion y tiene onda reventarse totalmente embriagado.

lunes, 28 de diciembre de 2009

Relatos sueltos - Tomates en sus mejillas

                        De "Fuego que no apaga-Relatos de amor y desamor"

                                                     (A Javier Yubi)

 

Volví a caminar por San Telmo luego de veinticinco años. No pude reconocer las casas sobre la calle  Defensa, Piedras se mostraba  extrañamente moderna y de Carlos Calvo habían desaparecido la mayoría de los conventillos con gloriosa fachada de casa colonial. Me paré   extasiada ante mi  casa de antaño , hecha casi una ruina.  Allí estaba el peldaño, de blanco mármol que en mi memoria se había pintado de gris.

Entré sin golpear, la puerta semirota estaba abierta, el Inolvidable patio lleno de malvones no conservaba nada de su antigua belleza. Sólo paredes semidestruidas y el hermoso piso con arabescos lleno de cemento a causa de las nuevas construcciones… No me animé a continuar hasta el fondo, pero sí me atreví  a mirar la puerta que llevaba al departamento donde vivía  aquella niña melancólica.
Entonces la ví, estaba sentada frente a una pequeña mesita, con un foco alumbrando un libro y su pelo oscuro tapándole la cara. La niña inclinaba
  los ojos hacia las palabras, mientras sus manos sostenían la barbilla. Ella no podía verme. De pronto, como en una película, la ví levantarse, correr hacia la calle y volver con verduras y panes en dos bolsos, luego iba hacia el fondo, buscaba algo corriendo, entraba y salía una y otra vez hacia su habitación, para vestirse apresuradamente.

La seguí por la calle,  hasta el colegio y allí la sentí feliz. La niña volvió  al atardecer para reencontrarse con las tareas de la casa y la melancolía.

Quizás estuve parada en ese rincón toda la noche, porque apenas amaneció la acompañé de cerca hasta donde trabajaba unos días a la semana… Dos, tres horas: mandados en la despensa de la otra calle, trabajos de limpieza, lectura a escondidas de “Mujercitas” y “Corazón”,  en el altillo del departamento,  mimos de una dulce anciana a la que ayudaba y el regreso a la casa.  La ví  sonrojarse cuando pasó a su lado alguien que le hacía latir el corazón. El tenía las mejillas  muy colorados y la mirada hermosa.. Se miraron, sólo se miraron y la ví  feliz con tan poquito.

¿Cuánto tiempo estuve allí? Alguien me sacudió del brazo, entonces me dí cuenta que el hueco de la puerta había sido sellado con cemento, encerrando en su interior casi la mitad la mitad de sus pocos años.

Salí a la calle, turbada, sin saber exactamente lo que sucedía. Un viento fresco me sacudió el pelo al salir a la puerta de entrada. Entonces lo ví.

Caminaba hacia mí como un  recuerdo, pero con varios años más. Seguía teniendo los pómulos muy rojos, como un par de tomates maduros. Sonrió como si nos conociéramos. Tuve ganas de seguirlo y decirle que aún lo recuerdo. Pero  lo dejé marchar.

Ya no éramos aquellos jovencitos jugando a las escondidas con el amor incipiente. La niña se quedó atrapada en la casa y el niño al que ella quería, se perdió en alguna calle de Buenos Aires. 

jueves, 24 de diciembre de 2009

FELIZ NAVIDAD!!!!

Yo creo que ninguna navidad del mundo tiene los aromas de la navidad del Paraguay... Esa mezcla de esencias de las frutas de verano, con las rosas mañaneras, los jazmines del atardecer, o incluso, el de la tierra mojada por el aguacero... todo se conjuga para crear una atmósfera muy especial. Y en esa atmósfera transcurre esta celebración del nacimiento de Jesús,  del 2009, para que renazca la esperanza y la paz en Paraguay y en todos los rincones del mundo.

Feliz navidad queridos amigos.


                   Milia


 

viernes, 18 de diciembre de 2009

Fuego que no se apaga-Fotos del lanzamiento

El pasado 11 de diciembre, en la Biblioteca Cervantes del Centro Cultural de España "Juan de Salazar", acompañada de un hermoso grupo de amigos y de mi familia, presenté mi nuevo libro "Fuego que no se apaga-Relatos de amor y desamor"








Lourdes Espínola, presidenta de EPA (Escritoras Paraguayas Asociadas), realizó la presentación de mi  trabajo.Nos acompañó en la mesa,  la directora de Editorial Servilibro, Vidalia Sánchez. 



Con mis hijos Vanessa, Melissa, Julietta y Julio José,  mi yerno Angel Duarte y mi querida amiga Ivelice Villalba.















Con Julio





















Con Lita Pérez Cáceres y Mabel Lezcano
















Con Lita Pérez Cáceres, Mabel Lezcano, Oscar González Acosta y Fernando Cabral



























Con María Vera, Gloria Rojas y su hija y Ofelia Cuevas.




















Con Carmen Salvadó, Liz Giardina, Mercedes Carrillo, y mis amores, Julio César Manzur y Julio José Manzur.
















Con Miriam Morán, Zuny, Johana y Fernando Maciel y Martha Maldonado.

















Con los escritores Francisco Pérez Maricevich,  José Félix Carrillo, Augusto Casola y Leni Pane, y mi editora Vidalia Sánchez.
















Con los escritores Emi kasamatsu, Renée Ferrer, Alejandro Hernández, Irina Ráfols, Oscar Pineda y Lourdes Espínola.

martes, 15 de diciembre de 2009

Relatos sueltos - Rosas de Madrid


               

            De "Fuego que no se apaga - Relatos de amor y desamor"

                                               

El estaba comiendo una naranja, comiendo hasta la pulpa, trocito a trocito, como un niño que acaba de encontrar un trozo de chocolate. Yo leía a Neruda, o lo releía, una de las tantas veces, mientras tomaba de nuevo un café para esperar a que llegara María Antonia.

El me sonrió, con su boca manchada de pequeñas gotitas. Tuve que corresponderle porque era muy amable. Tenía la mirada más dulce que había visto en mi vida, incluso más que la de Juan Ignacio que es tan gentil y todo el tiempo está tratando de agradar  a los demás.

 

Se cayó un jazmín seco del libro y él saltó hasta el suelo, para agarrarlo, antes de que se perdiera bajo los pies de alguien o el viento se lo llevara lejos. Lo tomó con suavidad y me lo entregó como quien agarra un diamante. Gracias, le dije, sonriendo nuevamente y agarrando el pequeño gajo seco de la flor. ¿Qué flor es?, preguntó con su acento tan español. Es un jazmín, le dije. Me gusta poner flores entre las hojas de los libros, le expliqué.

 

¿Lo puedo oler?, preguntó y le dije que ya había perdido la mayor parte de su aroma porque llevaba allí bastante tiempo, pero le alcancé otro gajo con tres pequeñas flores amarillentas pero hermosas, para que los guardara de recuerdo. No se por qué lo hice, quizás porque me halagaba que alguien se interesara por algo tan pequeño pero importante para mí.

Creo que se sorprendió mucho con el presente. Se lo colocó en la palma de la mano y cerrando los ojos trató de capturar su antiguo perfume. Se lo agradezco tanto, dijo y volvió a su mesa. Colocó  mis jazmines entre los papeles guardados en su maletín y volvió a tomar su naranja.

 

Yo regresé a los “Versos del capitán” mientras esperaba que llegara  mi amiga. Comenzaba a atardecer en ese café madrileño, mientras los minutos pasaban plácidos. Era primavera y yo  me encontraba ensimismada en los versos cuando sentí que se sentó a mi lado. Dijo que le gustaría regalarme una rosa para que la guardara entre las hojas del poemario, si es que eso no me ofendía. Sonreí, me gustaba la idea. Había visto las rosas de España en los jardines de las casas y en los puestos de venta, y me quedé maravillada de su tamaño y belleza. Si, me encantaría, le dije. Entonces me pidió que lo esperara un momento, que no me fuera aún. 

 

Un rato después llegó María Antonia, con un montón de regalos para mis hijas. Mira, este es para Macarena, dijo, mostrando unos pendientes de perlas y pequeñas piedras. Esto para Leticia, ¿le gustan los brazaletes?, y a las mellicitas les traje estas muñecas, ¿no son una monada?. Revisamos cada regalo, tomamos café, charlamos sobre todo lo que podiamos abarcar en ese espacio de tiempo, atropellándonos con las palabras y con las emociones. 


Entonces él volvió. Tenía una rosa color té en las manos, una sola enorme rosa, cuyo perfume tomaba todo el aire. Gracias, le dije, y apreté la flor contra mi pecho. María Antonia me miró sin entender qué pasaba. Yo tomé uno de mis propios poemarios, que había traido para dárselo a mi amiga, incluso, ya estaba dedicado a ella y se lo entregué.
  Lo tomó con las dos manos, nos saludó con una gesto y se marchó.  Con la rosa, había dejado una tarjeta. Mi amiga me preguntó de quien se trataba, le expliqué que no lo sabía y le contè lo ocurrido. Guardé la tarjeta en mi billetera, en medio del mar de papelitos, carnets y recibos. Continuamos charlando durante dos o tres horas, sin parar, riendo, contando anécdotas, llenándonos de recuerdos.

 

Volví a Paraguay al día siguiente, con mi rosa apretada entre las hojas del libro y su sonrisa guardada en algún lugar de mis recuerdos.

Pasaron unos meses y encontré su tarjeta: Pedro Eduardo Jovellanos. Era el alto ejecutivo de una consultora, y me había dejado sus coordenadas en ese papel, con un gracias por los jazmines, escrito con tinta negra. Tuve el impulso de enviarle un  e-mail, pero volví a guardar la tarjeta en el mismo lugar… Un mes después, un carterista me despojó en la calle de mi bolso y todo lo que tenía adentro. Entonces perdí para siempre la posibilidad de reencontrarlo.

……………………….

Acabo de volver a Madrid, después de cinco años. Hace cuatro meses que murió Juan Ignacio y aún no puedo reponerme. Lloraba todo el día y ni siquiera la presencia de mis hijas lograba sacarme de la depresión, entonces mi médico sugirió que hiciera un viaje, a un lugar donde me sentiría bien. Y elegí volver a España, a Madrid, para caminar por Cibeles y mirar las rosas, para sentarme en algún café y quizás reencontrarme con María Antonia y volver a hablar sobre esa ciudad donde ella vivió varios años con su familia, para contarle sobre las cosas nuevas y las que no han cambiado de Asunción, como  sobre los lapachos rosados que a ella le fascinaban.

 

Entonces pensé en él, y tuve ganas de llamarlo, pero ya no tenía su tarjeta. Pregunté al conserje del hotel sobre a qué número de la telefónica podría llamar para conseguir un dato. Me lo dio.  Llamé y le dije al operario, que todo lo que sabía era que se llamaba Pedro Eduardo Jovellanos y que vivía en la zona de Las Rosas, de Madrid. Me encontre al otro lado de la línea con una persona muy amable, servicial…  me indicó que con ese único dato era difícil, pero que esperara un rato… Tengo tres personas con ese nombre, me dijo al rato y  me dio los números.

 

Marqué uno de ellos  y me dijeron que se encontraba de vacaciones en Marbella, Marqué el otro y me respondió un anciano muy afectuoso que insistía en  querer conocerme, y luego,  la tercera posibilidad. Me atendió una mujer y pregunté por el ingeniero tal, al que supuestamente le traía recados de parte de unos consultores paraguayos. Tuve mucha vergüenza porque imaginé que sería la esposa y me sentí una traidora. Ella tomó el mensaje y dejó el número del hotel donde me hospedaba.

 

Salí a caminar por la ciudad, para tratar de recordar los lugares donde había estado la vez anterior, con ese grupo inolvidable de escritores latinoamericanos. Caminé varias cuadras, llegué hasta Casa de América y me senté a tomar un café mientras decidía adonde ir, para tratar de aplacar la tristeza enorme que me cercenaba el alma. Me puse a escribir mucho tiempo, como no lo hacia desde que murió Juan Ignacio. Lloré, escribí, lloré… la dependienta  me acercó varias servilletas más y me trajo un vaso de agua sin que se lo pida. Agotada, volví al hotel.

 

El conserje me dió varios recados. Todos eran de él. Pedro Eduardo Jovellanos llamó a las 14,30, las 16,10, a las 18, dice que la volverá a llamar o que usted lo ubique en este número. Me acosté a dormir y a pensar en Juan Ignacio y en esa muerte absurda que lo separó de nuestro lado para siempre. Extrañé a las nenas y me dormí con sucesivas pesadillas.

 

A las 8 me despertó el teléfono. Era él. Reconocí su voz y su sonrisa al otro lado de la línea. Me preguntó si podrìamos tomar un café. Nos encontramos a las tres de la tarde, en el mismo lugar donde nos conocimos cinco años atrás. De nuevo era primavera en Madrid. Yo llevé un libro mío para regalarle,  la novela sobre  la indígena que se casó con el conquistador español y le dio nueve hijos. Adentro tenía varios jazmines.

 

Me esperó con un ramo de rosas amarillas… ¿Còmo sabías que me gustan de este color? Le pregunté, aún antes de saludarlo. Porque hace cinco años que leo tus escritos en Internet  y todo lo que se escribe sobre ti, me dijo mientras  me ofrecía una silla.  Le dí el libro que le había traido y me contó que su hermana, la que atendió el teléfono, era una apasionada de la historia americana.

 

El ya sabía lo de Juan Ignacio, y presentía que alguna vez yo volvería a Madrid,  o lo llamaría desde Paraguay, para que fuera a buscarme.

 

miércoles, 11 de noviembre de 2009

Recuerdos imborrables


El Malecón, La Habana (Cuba),
abril del 2003.

martes, 10 de noviembre de 2009

Relatos sueltos - La avenida de los jacarandás


De "Micro-relatos para Julietta"

A mitad de octubre,  la Avenida Mariscal López, de Asunción,  comienza a vestirse  de un tenue  azul-lila, durante varias cuadras. Por noviembre, estará totalmente azulada-alilada, preciosa. Es tiempo de nostalgias, dirían las abuelas, porque ese color bello, diáfano, sosegador, despierta las dormidas tristezas, los recuerdos. Los jacarandás visten las aceras con su pétalos,  y el viento, cómplice, los lleva más allá, hacia otras calles, hacia otras melancolías.

lunes, 9 de noviembre de 2009

Momentos hermosos


Octubre, en Punta del Este, Uruguay. Un pais bello, con gente cálida y agradable.

Con Julio, en La Mansa.













Con Julio
en el barco Kuñatai, durante un lindo paseo por el rio Paraguay.

sábado, 7 de noviembre de 2009

Relatos sueltos - Una lágrima de Dios


De "Micro-relatos para Julietta"

La tierra se llena de estrías largas que serpentean por entre otras miles de huellas alargadas. Más allá un cráneo, con un par de cuernos, brilla bajo el sol quemante, los caranday se cubren la rugosa piel con apenas un penacho de hojas amarillentas, al final de su enhiesta figura.

A los lejos, una mujer camina con niños a su lado y un gran recipiente de lata sobre la cabeza. Ella mira la lejanía, con los ojos cansados de ver siempre lo mismo. Los niños miran las nubes, enormes copos de algodón, suspendidos en el limpio cielo de mediatarde.

Va a llover, sentí una gota, mamá. Dice, el que va caminado rezagado. No es una gota de lluvia mi hijo, sólo es una lágrima de Dios porque no puede mandarnos un poco de agua, todavía.

martes, 27 de octubre de 2009

Relatos sueltos - Villa Hayes


De "Micro-relatos para Julietta"

La luna de plata se miraba en tu río, y los niños contaban cuentos de aparecidos y de hadas, mientras otros cantaban en rondas o alrededor de minúsculas fogatas.

Al amanecer, blanquísimos jazmines poblaban los caminos, hacia las escuelas, bañados de sol o chapoteando en los charcos... El aire era limpio, con perfume a aromitas, a campos verdes y huertas frescas. Reinaba el más precioso silencio sólo interrumpido por el canto de las aves, el paso de los barcos , el ruido de los remos, los chapuzones y los juegos en el agua.

La balsa y las canoas te hacían cercano el camino hacia el otro pueblo, Piquete Cué, al otro lado del río....

Luego hicieron un gran puente, para unir los territorios divididos y los canoeros fueron quedando sin conchabo.

Los niños han crecido y han migrado, el río es un espejo que mancharon sin piedad, y el aire... el aire siente escupidas de carbonilla y acero.

Se ha roto el paisaje, se ha muerto el hechizo.

miércoles, 14 de octubre de 2009

Relatos sueltos -" La abracé con tanta fuerza"


De "Micro relatos para Julietta"

(Ilustración obra de Mònica Giordano)


De pronto la encontré en mi casa, y la llené de besos y abrazos.
La apreté tan fuerte que ella me dijo que le hacía doler el brazo. Era el izquierdo, lo recuerdo bien. No se veía feliz como siempre, estaba muy callada, como preocupada por algo.
Se dejó mimar, apretujar, querer… quiero que te quedes conmigo, le dije, y ella no respondió. Quiero que te quedes, abuela, voy a comprarte un remedio para que no te duela el brazo, voy a llevarte al médico…Por favor, regresa a casa.
Cuando desperté ya no estaba. Recordé su visita cuando me lavé la cara, en el lavatorio del baño. Ella volvió a mí, pero sólo en sueños… y me quedé con la emoción anudada en la garganta.

lunes, 14 de septiembre de 2009

EN ENCARNACION


Durante un encuentro en la Libroferia Encarnación 2009, con el escritor Alejandro Hernández y una preciosa lectora.

lunes, 31 de agosto de 2009

Relatos sueltos -Motivo de felicidad


      

                     (De “Micro relatos para Julietta”)

 

Era octubre, domingo de mañana. “Mamá, tengo una sorpresa para vos”, me dijo mi  niño,  llevándome de la mano hacia el patio. Mirá, floreció el lapachito… exclamó, con los ojos brillándole de la emoción y esperando mi asombro y alegría.

Allí estaba, era apenas un proyecto de árbol:  pequeño,  buscando el cielo con su delgado tronco, con un trozo de oro entre sus ramas. Una sola flor, para alegrarnos la vida.

¡Qué belleza!, le dije, y le estampé un beso al pequeño tajy. Entonces, él también dichoso de alegría, le dio un beso a la aún suave corteza,  y nos miramos felices. Era tan poco, pero tan inmenso nuestro motivo de felicidad.  

lunes, 20 de julio de 2009

Con Andrés Neuman

 Con el escritor hispano-argentino Andrés Neuman, cuando visitó Asunción, para presentar su novela "El viajero del siglo", ganadora del  Premio Alfaguara 2009. Un feliz encuentro con un "viejo nuevo" amigo. 
 

miércoles, 17 de junio de 2009

Relatos sueltos-Luisito en el Jardín de infantes


 (De "Microcuentos para soñar en colores")

                                                                                                                                        A los compañeritos de Jardín

 y  Pre-escolar 1998- 1999

 de Vanessa.

 

     Sus papis pensaron que enviándolo a un jardín de infantes, Luisito aprendería a comportarse mejor: a compartir sus cosas, a ser más obediente y que le ayudaría a utilizar bien su enorme exceso de energía. ¡Bah!, fiesta total en la cabeza del osito. No durmió en toda la noche imaginando lo mucho que "cabezudearía" en su escuela. Durante mucho tiempo soñó con ir a esa preciosa escuelita.

     Cada vez que pasaba por allí, la muralla blanca con mariposas pintadas lo atraía como un imán. Cuando llegó el gran día en que traspasó la puerta verde de hierro, tomadito de la mano de papá y mamá, sintió que su corazón galopaba como un pony.


     Por ser el primer día, llevó muchísimas cosas para merendar: manzanas, galletitas, yogur, sandwiches. Se lo comió todo solito. Durante toda la noche comentó en su casa lo bien que lo había pasado; habló de sus nuevos amiguitos, de su profe, la gatita Vilma; de la calesita, el tobogán, de las ruedas en hilera, de la... En realidad no hizo falta que contara que jugó muchísimo: la suciedad de su ropa lo delataba.


     Cada día, Luisito crecía más y más. Demasiado para un osito de cuatro años. Y cada día llevaba más cosas para merendar. Una tarde, cuando la profe anunció la hora de la merienda, Luisito sacó sobre su mesita su enorme provisión de alimentos. Cuando estaba por morder su empanada, se le acercó su compañero Fito, el osito hormiguero, quien le pidió un pedazo.

     -¿Mi empanada? -le preguntó Luisito.


     -Por favor -dijo Fito-, tengo mucha hambre y no traje nada porque mi mami no tenía dinero para mi merienda.

     -¡Qué me importa! -le contestó Luisito-. Esto es para mí solito, no te voy a convidar.

     La ardilla Anita lo miró asombrada sin entender cómo podía ser tan egoísta. Le reprochó su conducta e invitó a Fito a compartir su paquete de galletitas. Luisito continuó devorando impávido su enorme provisión.

 Días después, cuando la profe dio permiso para que los animalitos consuman sus alimentos, Luisito comprobó horrorizado que su mochila estaba vacía. ¿Dónde estaban las dos manzanas, los tres yogures, el sandwich de jamón y queso, la pera de agua, las dos bananas, dónde...? Entonces notó que su mochila tenía un enorme agujero y se dio cuenta que por allí se fueron cayendo las cosas. Se puso a llorar desconsoladamente y le pidió a Joaquín, el ciervito, que le invitara un pedazo de su alfajor.

 -Claro que no te voy a invitar, osito hambriento -le dijo-. Vos jamás le invitás a nadie.

 Luisito lloró de hambre. La profesora le dio su sandwich, pero aquello no era suficiente para él. Fue entonces que Anita se acercó a su sillita y le ofreció su yogur y le pidió a todos los compañeritos que le dieran algo, para que Luisito aprendiera a compartir y a valorar a sus amiguitos. Todos le hicieron caso a la ardillita.

 De vuelta a su casa, Luisito le contó a su mamá lo sucedido. Al día siguiente, el osito llegó al Jardín de Infantes Mariposita sin merienda. Esto les llamó la atención a todos sus compañeritos. Sin embargo, a la hora de merendar, llegaron los padres de Luisito con paquetes de golosinas, galletitas y jugos para todos.

 Juntaron todas las mesitas del aula y formaron una gran mesa. Allí pusieron todas las meriendas y los alimentos traídos por mamá y papá oso. ¿Qué festejaron? La hermosa amistad de todos los compañeritos de ese jardín de infantes.

sábado, 6 de junio de 2009

Relatos sueltos - Canciones sin sentido

                                            (De "Ronda en las olas")

   Muchos me contaron que yo vagaba con ella por todos los lugares. Se nos vio por todas partes, juntas; el mercado, las avenidas, la terminal, a la salida de los cines... Dicen que ella siempre iba andrajosa, descalza, la mirada perdida, la sonrisa sin causa.

   Cuando yo era un bebé ella me cargaba a su cintura o sobre su cuello y dicen que muchas veces yo lloraba de hambre porque como ella no se alimentaba, no tenía leche para amamantarme. Cuando ya fui un poco más grande chupaba durante horas algún trozo de cáscara de naranja o cualquier otra cosa que me daban por ahí.

     Algunas veces vivíamos en el hospital. Me cuentan que por lo menos allí las dos comíamos un poco mejor que cuando vagábamos por las calles, a ella no le gustaba estar en el hospital, quería estar libre, caminar, que no la encerraran.

     Cuentan que fue una chica feliz, que vino de la campaña para trabajar en una casa de familia, pero allí la maltrataban, le daban poca comida, trabajaba en exceso, dormía poco y tenía nostalgias. Trabajó tres años en diferentes lugares, uno peor que otro, la trataban como si fuera una esclava.

     Los domingos tenía ganas de salir a pasear pero no la dejaban, se quedaba a limpiar todo lo que ensuciaban las visitas.

   Un día se fue al mercado a comprar verduras y no volvió, se extravió por los recovecos del camino, colgó el bolso del brazo y vagó sin rumbo. Se fue ensuciando lentamente su vestido, se gastaron sus zapatos, se le ensució el cabello y su cara morena se manchó del jugo de las naranjas que comía y del piso sucio que utilizaba como  cama por las noches. Se sumó a los habitantes sin rumbo de la ciudad, compartió trozos de tortillas o el calor de una manta agujereada de algún mendigo o de otra mujer enajenada.

    En una de esas noches, en la oscuridad de las esquinas, alguien la poseyó salvajemente. Su vientre se volvió mi hogar y fui parte de ella misma. Me dijeron que entonces algunas personas la internaron en el hospital y cuando nací ella me miraba sin entender muy bien lo que había ocurrido. Como el portón estaba abierto, nos fuimos a explorar la vida. A veces nos volvían a traer y otra vez ella me cargaba y salíamos de nuevo.

   Me dicen que ella me quería, que me daba mil besos y me acunaba entre sus brazos sucios, me cantaba canciones que ni ella conocía. Eran canciones dulces aunque no tuvieran sentido.

     Después, nos separaron. Personas preocupadas por mí me sacaron de sus brazos, me llevaron a un hogar infantil y a ella la dejaron vagando por las calles. Yo guardaba recuerdos de su cara sonriente, pero crecí con prisa y dejé de pensar en ella. Pero en estos días, de compras por la calle, vi a una anciana harapienta, que reía sin causa, entonces descubrí en sus facciones ajadas la forma de mi cara, mis ojos, mi sonrisa. Ella miró hacia mí y salió corriendo,  y se perdió entre la gente. La seguí cuatro cuadras y no pude alcanzarla. Pero la buscaré.

Quiero sentarme a su lado para que me cante canciones sin sentido.

 

viernes, 5 de junio de 2009

Poema de William Baecker


Era un simple cariño



Era un simple cariño,

un aroma lejano de otros nombres

que a veces repetía sin quererlo;

la clara certidumbre de un afecto

que acaso me endulzaba la tristeza;

un dormido volcán que se acostaba

diariamente conmigo.

 

Y sucedió que un día

giraron los relojes a la inversa:

eclosionó el volcán y aquel cariño

murió de tanto arder como rescoldo

para nacer de fuego

enteramente tuyo. 

jueves, 4 de junio de 2009

Relatos sueltos- Guardame el sol


(De "Un sueño en la ventana")


Un vecino prestó su camioneta para que lo trajeran a la ciudad, porque en el centro de salud dijeron que ya no podían hacer nada, que precisaba atenciones especializadas. Dejaron a las otras criaturas con la abuela y vinieron los dos con él. Trajeron sus pocas pertenencias en dos bolsones y su pelota para que pudiera jugar cuando estuviera mejor.

«Mamá, tengo frío», dijo cuando lo acostaron en la angosta cama del hospital, en una sala repleta de criaturas quejumbrosas y rostros de madres preocupadas. Su papá se quitó la campera, lo arropó y se acostó a su lado para darle más calor, pero vino la enfermera y le dijo que no podía acostarse con el paciente, entonces trató de explicarle que lo hacía sólo para que no sintiera frío, pero ella le ordenó que se levantara inmediatamente.

Les dieron una enorme lista de remedios que debían comprar, revisaron su billetera y se dieron cuenta que el dinero no les alcanzaría, entonces él se quitó la alianza y dijo que la iba a empeñar. Regresó en una hora con los remedios, un pan y un sachet de leche, pero Raulito no quiso tomar ni comer nada. Pidió su pelota y la tuvo a su lado, pegada al ángulo formado entre su costado y su brazo.

Al día siguiente le hicieron varios análisis y una radiografía y compraron más remedios. Fue necesario empeñar también la alianza de ella para pagar los gastos. Se turnaron para descansar. Extendían la campera de él bajo la cama de Raulito, así como hacían los otros padres de la sala y jugaban a olvidarse un momento de la preocupación para intentar conciliar el sueño.

El médico les dijo que lo prepararan para una intervención al día siguiente, que le dijeran que iba a ser sencillo y rápido, sólo se trataba de un pequeño tumor en el pulmón derecho. Trataron de animarlo hablándole de sus hermanitos y los amigos que dejó en el pueblo, de la cercana Navidad y la visita de los Reyes Magos que este año quizás le traerían una bicicleta para jugar con Teodoro, Pocho, Lalo y Francisco bajo el sol hermoso de enero.

La idea lo entusiasmó y dijo que no le tenía miedo a la operación, que iba a ser valiente como un hombrecito, porque si no, ¿quién iba a recibir su bicicleta, si él no se curaba? Iba a precisar sangre, dos padres de la sala se ofrecieron para donarle, para que no hiciera falta empeñar la cadena.

Lo despertaron muy temprano, y lo acostaron en la camilla para llevarlo hacia la sala de operaciones. Los dos fueron con él hasta la entrada para que no tuviera miedo. Le dieron muchos besos antes de dejarlo entrar. «Mamá, guardame el sol para cuando salga y pueda jugar con mi pelota», le dijo antes de entrar lloroso.

La operación duró casi tres horas, cuando salió dormía profundamente y su intensa palidez los asustó tanto que ella fue corriendo a llorar al pasillo. El médico dijo que lo volvieron a coser sin quitarle nada, que ya no había caso, que había que esperar sólo un milagro.

Les dieron una larga lista de remedios y cuidados a seguir hasta que... Empeñaron la cadena de ella y sus aros de filigrana para llevar todo lo que hiciera falta porque a veces en el pueblo no se consiguen algunos medicamentos, y se fueron.

Partieron de mañana, con el sol de diciembre alumbrando y quemando tan fuerte como el dolor quemaba sus corazones. «¡Mamá, me guardaron el sol!», dijo Raulito cuando salió a la calle en brazos de su padre. «Cuando estés mejor vas a jugar con los otros chicos», le dijo su papá, deseando en lo más profundo de su corazón que ocurra el milagro

Homenaje a Maria Luisa Artecona de Thompson



Días atrás, estuvo una semana en Asunción el destacado actor Viggo Mortensen, quien vino a seleccionar material sobre antrolopología, el cual será publicado por su editorial Perceval Press. Huidizo de los medios de prensa, tuvo sin embargo, un apreciable acercamiento a la cultura paraguaya. Lo dijo en un material escrito especialmente para el Diario La Nación. 

 

“Lo que sí me impresionó mucho fue la gentileza de la gente que conocí caminando por el centro de Asunción. También he leído algo de la poesía Paraguaya, y me ha gustado mucho “Lo Gris”, de María Luisa Artecona de Thompson, por ejemplo. Es una maravilla. Leer ese poema de noche, al ritmo de la fuerte lluvia de la semana pasada dando sobre el techo de mi habitación, fue emocionante para mí. Tanto me gustó que he colgado ese poema en la página de nuestra editorial (la que publicará el libro sobre Schmidt y Susnik), Perceval Press. Cuando vuelva a Paraguay haré todo lo que pueda para viajar por el país y conocerlo mucho mejor. Lo poco que pude ver de Paraguay me recordó los olores y la flora del Chaco Argentino, el cual conocí en mi infancia"

 

Lo Gris

"Mi alma es hermana del cielo gris

y de las hojas secas"
(Juan Ramón Jiménez)

 

Amo lo gris.

El plenilunio exacto

de la niebla sutil.

Hay algo melancólico, indefinido y leve

en la dulzura del dolor así.

Amo lo gris

porque tras él espero

la forma iridiscente

de la felicidad.

En este nostalgioso cortejo

de penurias, sostengo la alegría

de mis heridos pies

que sólo han encontrado

jazmines ya dolientes

y alguna que otra altura

de redención,

de luz.

Amo lo gris.

En el paisaje oculto

de la risa fugaz

hay algo de fragancias

magnólicas y errantes

que dibuja en los vientos

la transparencia gris.

Amo en lo gris

un cuento de la vida,

orfebre de soledosa

vastedad.

Pinar profundo

Retorcidas ramas.

Alas que sueñan así

la inmensidad.

Amo en lo gris

el fondo de las aguas

donde se esconde la pasión

del coral.

La terneza de algas.

La sed del mismo vuelo

en procura insaciable

de la lumbre inmortal.

Amo en lo gris

el luminoso marco de las cosas.

El diálogo infinito

del invisible ser.

La amada luna ausente

de las noches veladas

por ese signo oculto

de lo insondable gris.

La angustia que sumerge

sus manos ateridas

en ese mar oscuro

sin conocer el fin,

fue en busca de la estrella

y a veces fue la piedra;

quiso en sí las espinas

y se le dio el dulzor.

La mano de la angustia

tiene falanges grises.

Diez centinelas duros

sobre el reloj de cal.

Los diamantes son grises.

Las esmeraldas grises,

y el brillo que deslumbra

les damos en la lucha de ansiar en nuestro cielo

la rosa venturosa

que viene de lo gris.

Amo lo gris

talvez porque a mis ojo

dieron color de la fruta total,

que sabe dar al tiempo

de la dicha su esencia

y al tiempo de la pena

sus lágrimas de miel.

Amo en lo gris

indefinidamente,

la llovizna, la niebla,

la arboleda sin sol,

que atesoran en torno

de cosas olvidadas

todo ese mundo tierno

que me hace amar lo gris.

Amo lo gris

indefinidamente, y soy apenas, creo,

un estuche pequeño de grises

terciopelos

que aprieta el rojo exacto

de la vida que bebe

su propio corazón.

María Luisa Artecona de Thompson

 

 La gran poetisa paraguaya,María Luisa Artecona de Thompson, nació en Guarambaré en 1919, y falleció en Asunción en diciembre del 2003.