lunes, 28 de diciembre de 2009

Relatos sueltos - Tomates en sus mejillas

                        De "Fuego que no apaga-Relatos de amor y desamor"

                                                     (A Javier Yubi)

 

Volví a caminar por San Telmo luego de veinticinco años. No pude reconocer las casas sobre la calle  Defensa, Piedras se mostraba  extrañamente moderna y de Carlos Calvo habían desaparecido la mayoría de los conventillos con gloriosa fachada de casa colonial. Me paré   extasiada ante mi  casa de antaño , hecha casi una ruina.  Allí estaba el peldaño, de blanco mármol que en mi memoria se había pintado de gris.

Entré sin golpear, la puerta semirota estaba abierta, el Inolvidable patio lleno de malvones no conservaba nada de su antigua belleza. Sólo paredes semidestruidas y el hermoso piso con arabescos lleno de cemento a causa de las nuevas construcciones… No me animé a continuar hasta el fondo, pero sí me atreví  a mirar la puerta que llevaba al departamento donde vivía  aquella niña melancólica.
Entonces la ví, estaba sentada frente a una pequeña mesita, con un foco alumbrando un libro y su pelo oscuro tapándole la cara. La niña inclinaba
  los ojos hacia las palabras, mientras sus manos sostenían la barbilla. Ella no podía verme. De pronto, como en una película, la ví levantarse, correr hacia la calle y volver con verduras y panes en dos bolsos, luego iba hacia el fondo, buscaba algo corriendo, entraba y salía una y otra vez hacia su habitación, para vestirse apresuradamente.

La seguí por la calle,  hasta el colegio y allí la sentí feliz. La niña volvió  al atardecer para reencontrarse con las tareas de la casa y la melancolía.

Quizás estuve parada en ese rincón toda la noche, porque apenas amaneció la acompañé de cerca hasta donde trabajaba unos días a la semana… Dos, tres horas: mandados en la despensa de la otra calle, trabajos de limpieza, lectura a escondidas de “Mujercitas” y “Corazón”,  en el altillo del departamento,  mimos de una dulce anciana a la que ayudaba y el regreso a la casa.  La ví  sonrojarse cuando pasó a su lado alguien que le hacía latir el corazón. El tenía las mejillas  muy colorados y la mirada hermosa.. Se miraron, sólo se miraron y la ví  feliz con tan poquito.

¿Cuánto tiempo estuve allí? Alguien me sacudió del brazo, entonces me dí cuenta que el hueco de la puerta había sido sellado con cemento, encerrando en su interior casi la mitad la mitad de sus pocos años.

Salí a la calle, turbada, sin saber exactamente lo que sucedía. Un viento fresco me sacudió el pelo al salir a la puerta de entrada. Entonces lo ví.

Caminaba hacia mí como un  recuerdo, pero con varios años más. Seguía teniendo los pómulos muy rojos, como un par de tomates maduros. Sonrió como si nos conociéramos. Tuve ganas de seguirlo y decirle que aún lo recuerdo. Pero  lo dejé marchar.

Ya no éramos aquellos jovencitos jugando a las escondidas con el amor incipiente. La niña se quedó atrapada en la casa y el niño al que ella quería, se perdió en alguna calle de Buenos Aires. 

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