sábado, 24 de julio de 2010

Asamblea de la Sociedad de Escritores-2010

La escritora Maribel Barreto encabeza la nueva Comisión Directiva de la Sociedad de Escritores del Paraguay. La elección se realizó el viernes 23, en la sede de la Universidad Iberoamericana, con la presencia de numerosos escritores paraguayos.
En la foto, Irina Ráfols, María Eugenia Garay, Sofía Valenzuela, Ricardo Caballero Aquino, Lisandro Cardozo, José Félix Carrillo, el precioso niño de Juan de Urraza, Oscar Pineda, Alejandro Hernández,Maribel Barreto, María Eugenia Ayala, Juan de Urraza, Brígido Bogado, Dirma Pardo, Emi Kasamatsu, José Pérez Reyes, Daysi Chaparro, Feliciano Acosta y yo. Un instante muy lindo eternizado por la magia de una cámara.

jueves, 22 de julio de 2010

Relatos sueltos - Abuela Rosa


De "Micro-relatos para Julietta

y tres historias de amor"

Tenía 15 años cuando volví de Buenos Aires y asistí de polizón a varias fiestas con María Mercedes (Tachi), mi tía paterna con la que apenas tenemos dos meses de diferencia de edad y nos hemos criado cercanas, con un cariño intenso.

Con abuela Rosa soliamos ir de mañana temprano al centro, para comprar telas en La Riojana. Por esa época ella tenía un autito celeste que aprendió a manejar ya en la edad madura. Apenas unos pocos años antes, cada vez que venía a Asunción (desde Villa Hayes o Buenos Aires), soliamos hacer el trayecto desde Villa Morra hasta el centro, en el viejo tranvía que transitaba por la avenida Mariscal López. Después de comprar las telas, era un ritual comer chipa so’o sobre la calle Palma, para luego volver a la casa. Abuela a comandar el almuerzo y nosotras a escuchar música, leer o reirnos a carcajadas.

Tachi era hermosa y todo le quedaba bien, tenìa las prendas de moda, con los accesorios acorde. Con menos poder adquisitivo que ella, echaba mano a su guardarropas para ciertas ocasiones especiales o estrenaba los vestidos con tela económica que mamá me cosía, y que parecían compradas en las mejores tiendas de París, gracias a las alforsas, cintas o detalles que ella le incluía.

Fuimos a muchas fiestas de quince, con mis vestidos o los suyos modificados, que me prestaba con generosidad. Abuela nos buscaba a las doce de la noche, en punto. Si no saliamos a tiempo, comenzaba a bocinar en plena calle. Para no pasar vergüenza tratábamos de ser puntuales.

Por aquella época, se usaba el pelo lacio, y como no existían los métodos modernos actuales que las adolescentes tienen a mano, recurríamos a la legendaria toca. La muy apreciada y nunca bien ponderada toca, consistía en colocarse un enorme rulero en la parte más alta de la cabeza y luego enrollar nuestros rebeldes rulos alrededor de la cabeza, sujetándolos con las pinzas. Pero el gran secreto de una buena toca, era darle la vuelta; esto es, girar toda la cabellera en sentido contrario. Luego, el resultado era realmente bueno: los cabellos quedaban lacios y sedosos.

Como Tachi quería ir muy bella al colegio, por la mañana, se ponía la toca a la noche y colocaba su despertador a las tres de la madrugada para darle la vuelta. Una vez concluida la tarea, volvía a dormir hasta las seis. A esa hora, abuela, que ya estaba escuchando Radio Ñandutí desde muy temprano, y la despertaba para que fuera a clases. Ella se arreglaba e iba caminando hasta el colegio Santa Clara, preciosa como una princesa.

Mi fanatismo no llegaba a tanto y simplemente amanecía con un lado de la cabeza bien lacia y el resto un tanto enmarañado, o simplemente, andaba por la vida con mi algarrobada cabellera.

Cuando escribo esto, abuela tiene 92 años. La fuimos a ver ayer con los chicos. Se puso contenta y conversamos sin parar durante casi dos horas. Ella se maneje en silla de ruedas y tiene episodios repetidos de bajones de salud, pero en general,cuando está bien, es dueña de una gran lucidez.

Le gusta mucho recordar nuestras anécdotas de juventud, especialmente cuando saliamos las tres juntas o cuando yo venía comer a su casa, todos los días, durante siete años, en las pausas de mi trabajo como secretaria.

Rosita ya no ve, pero siente con claridad mi enorme afecto y no deja de decirme lo mucho que me quiere. Ya lloré mucho, me dijo en algún momento, porque, ella es llorona por naturaleza, pero está más sensible que nunca por todo lo que sucede a su alrededor. Abuela ya perdió a cuatro hijos: papá (Liduino/Lilucho) y Santiago que fueron asesinados y ella jamás pudo ver justicia; y luego la pérdida de nuestro querido Rosario (mi padrino) y finalmente la de su hijo mayor, Armín.

Es que ya no sos una bebé, doña Rosa, estás viviendo casi un siglo, soportando tanto dolor, le dije. Y ella me apretó la mano para volver a lagrimear y llamarme mi negra… Yo sentí que en ese momento tenía que tomar el papel de ella, ser la más fuerte, y tratar de consolarla.

…………..

Quince días después me llaman para contarme que está internada, pequeñita y frágil como una niña. Miro el reloj, y quiero salir corriendo para que sienta mi presencia.

miércoles, 14 de julio de 2010

Relatos sueltos - Para ensayar sonrisas



De "Ronda en las Olas", que cumplió 20 años, ahora en el 2010.
(El relato está dedicado a mi primer hijo, que resultó ser Melissa)


Siempre creía que ya lo tenía todo, que no me faltaba nada para madurar, para ser yo misma, en forma entera. Estaba equivocada, ahora sé que antes de que existieras dentro de mí, no estaba completa, antes de tu primer latido, de tus primeros movimientos, de que tomaras forma dentro de mi vientre, era sólo la mitad de una mujer.

Es tarde y no puedo dormir, no puedo dormir porque falta tan poco y, sin embargo, me parece tanto tiempo, tan poco pero tan mucho porque ya no soporto la ansiedad por conocerte, o sea, de verte cara a cara porque ya te conozco pequeño capullito. Ya te conozco porque desde un principio tuvimos una línea directa de mi corazón al tuyo chiquitito y sé que te gusta estar allí en tu cueva calentita, unido a mí por un cordón rosado. Te conozco porque sé que te molesta que me acueste sobre el lado izquierdo porque allí están tus miembros, y a pesar del inmenso placer de que estés allí, ya quiero que salgas y vos también querés salir porque cada día tu “casa” te resulta más pequeña y seguramente estás allí chupándote el dedito mientras movés los brazos y las piernitas para todos lados.

Paso a paso he ido imaginando tu formación, tu crecimiento, te he imaginado ir tomando de mi cuerpo gota a gota todo lo que necesitabas para ir adquiriendo forma, fui acompañando tu crecimiento con mis manos, adivinando tus diferentes tamaños desde que cabías en un puño hasta que necesité las dos manos que ya ahora no me alcanzan y me descompuse de la alegría cuando escuché tus latidos por primera vez con el detector de la doctora. Y días después, una noche en que estaba tan triste, me enviaste tus primeras tres señales en forma de golpecitos, como diciéndome: “Mami aquì estoy, no llores porque yo te acompaño”. Desde esa vez ya no estuve triste y cada vez que mi ánimo decaía, ponía mi mano para escucharte. Te rastreaba hasta que respondías con un movimiento, entonces imaginaba si eran tus manos o tus piernitas, o tu cabeza. Hoy que conozco tu posición exacta me es fácil saber de qué parte de tu cuerpecito proviene el golpe.

Está todo listo esperándote: tus pañales, tus sabanitas con ositos, los corazones rosados, celestes y amarillos colgados del techo, mis brazos para acunarte. Sólo faltás vos, para calzar tus escarpines bendecidos en Caacupé, para dormir sobre el almohadoncito que te cosió tu abuela, para abrir los ojitos a la vida y comprobar por ti mismo que va a ser lindo aprender a crecer a mi lado. Sólo faltás vos para ensayar tus primeras sonrisas, para descubrir las cosas, para que juntos inventemos juegos y canciones nuevas, para que a tu lado yo también aprenda a crecer definitivamente.

Ya estás por llegar y no puedo con mi impaciencia. El cuarto me parece muy vacío porque tu rincón no puede ser ocupado por ninguna otra cosita que no seas vos, y ya quiero saber qué sos para agregarle cintas rosas o celestes a las ropitas amarillas y blancas que te esperan para que las uses, ensucies, estironees o lleves a la boca. Esa boquita desdentada que va a pedir en forma urgente algo que succionar, esa boquita que poco a poco va a ir llenándose de dientes y de esa palabra que comienza con m y me va a hacer la mujer más dichosa de la tierra.

domingo, 4 de julio de 2010

Relatos sueltos - La mariposa amarilla



De "Cuentos para tres mariposas"



Eran como las tres de alguna tarde de alguna primavera. Estaba desparramada en una silleta baja de madera, ahuecada en el fondo con tablas encontradas, hecha por abuelo de esa manera para que me fuera más cómoda.

Aún no sabía medirlo, pero en ese tiempo, durante su ausencia, hubiese ido y vuelto miles de veces al cielo. Los lápices de colores que me compró ya se habían gastado y también había acabado hacía mucho tiempo, las grandes cantidades de chocolatada que me dejó de reserva. Y no volvía.

Estaba demasiado triste como para salir a jugar con Mercedes o Dominga, y me sentía demasiado lánguida para inventar juegos en solitario. Entonces pedí me dejaran lavar los cubiertos de la siesta, tarea que le correspondía a mi tía más joven. Yo sabía que ella estaba muy ocupada copiando las letras de sus canciones favoritas.

Entonces, encantada con la idea, Lucy preparó la latona de hojalata con jabón y los baldes con agua para el enjuague, y se fue complacida a continuar con sus copias y a escuchar el radioteatro que estaba por comenzar.

No tardé en descubrir que tampoco tenía ganas de lavar los platos. Estaba totalmente desganada. Escuché a Yayita preguntar por mí hacia el frente de la casa, pero me escondí para que no me vieran. Estaba presa de una angustia chiquitita que no me quería abandonar. Doblé el vientre sobre mis rodillas y me aferré a las anchas patas de mi silleta verde musgo.

Entonces sentí sus aleteos.

Una enorme mariposa amarilla, amarilla oro, brillante como el sol de diciembre, giró una y otra vez frente a mí durante largos minutos. Eso me levantó el ánimo y terminé de lavar los cubiertos que había enjabonado.

A la tardecita, cuando llegó la penúltima balsa que traía los autos y el colectivo que venían de la ciudad, me senté frente a la casa con abuela para ver si llegaba algún conocido o un cliente para su posada. «La Chaqueña» paró frente a la casa.

Desde la leve altura de mi silleta vi sus zapatos marrones acordonados, al estilo de botines. Luego su pantalón bombilla, después su blusa vaporosa, sus cabellos al viento... Me quedé quietecita sin saber qué hacer. Ella corrió hacia mí, entonces hundí entre sus brazos, que olían a «Ambré de Wateau», toda mi pena (demasiado grande para soportarla a los seis años) y todos mis deseos de verla durante tantos soles y lunas, tantas lunas y soles.

Después se volvió a ir, pero me quedó su aroma flotando entre mis cosas.

Desde aquella tarde, todas las mariposas amarillas que han revoloteado a mi paso o a mi alrededor, me han traído el anuncio de muchas alegrías.