domingo, 4 de julio de 2010

Relatos sueltos - La mariposa amarilla



De "Cuentos para tres mariposas"



Eran como las tres de alguna tarde de alguna primavera. Estaba desparramada en una silleta baja de madera, ahuecada en el fondo con tablas encontradas, hecha por abuelo de esa manera para que me fuera más cómoda.

Aún no sabía medirlo, pero en ese tiempo, durante su ausencia, hubiese ido y vuelto miles de veces al cielo. Los lápices de colores que me compró ya se habían gastado y también había acabado hacía mucho tiempo, las grandes cantidades de chocolatada que me dejó de reserva. Y no volvía.

Estaba demasiado triste como para salir a jugar con Mercedes o Dominga, y me sentía demasiado lánguida para inventar juegos en solitario. Entonces pedí me dejaran lavar los cubiertos de la siesta, tarea que le correspondía a mi tía más joven. Yo sabía que ella estaba muy ocupada copiando las letras de sus canciones favoritas.

Entonces, encantada con la idea, Lucy preparó la latona de hojalata con jabón y los baldes con agua para el enjuague, y se fue complacida a continuar con sus copias y a escuchar el radioteatro que estaba por comenzar.

No tardé en descubrir que tampoco tenía ganas de lavar los platos. Estaba totalmente desganada. Escuché a Yayita preguntar por mí hacia el frente de la casa, pero me escondí para que no me vieran. Estaba presa de una angustia chiquitita que no me quería abandonar. Doblé el vientre sobre mis rodillas y me aferré a las anchas patas de mi silleta verde musgo.

Entonces sentí sus aleteos.

Una enorme mariposa amarilla, amarilla oro, brillante como el sol de diciembre, giró una y otra vez frente a mí durante largos minutos. Eso me levantó el ánimo y terminé de lavar los cubiertos que había enjabonado.

A la tardecita, cuando llegó la penúltima balsa que traía los autos y el colectivo que venían de la ciudad, me senté frente a la casa con abuela para ver si llegaba algún conocido o un cliente para su posada. «La Chaqueña» paró frente a la casa.

Desde la leve altura de mi silleta vi sus zapatos marrones acordonados, al estilo de botines. Luego su pantalón bombilla, después su blusa vaporosa, sus cabellos al viento... Me quedé quietecita sin saber qué hacer. Ella corrió hacia mí, entonces hundí entre sus brazos, que olían a «Ambré de Wateau», toda mi pena (demasiado grande para soportarla a los seis años) y todos mis deseos de verla durante tantos soles y lunas, tantas lunas y soles.

Después se volvió a ir, pero me quedó su aroma flotando entre mis cosas.

Desde aquella tarde, todas las mariposas amarillas que han revoloteado a mi paso o a mi alrededor, me han traído el anuncio de muchas alegrías.

No hay comentarios: