jueves, 22 de julio de 2010

Relatos sueltos - Abuela Rosa


De "Micro-relatos para Julietta

y tres historias de amor"

Tenía 15 años cuando volví de Buenos Aires y asistí de polizón a varias fiestas con María Mercedes (Tachi), mi tía paterna con la que apenas tenemos dos meses de diferencia de edad y nos hemos criado cercanas, con un cariño intenso.

Con abuela Rosa soliamos ir de mañana temprano al centro, para comprar telas en La Riojana. Por esa época ella tenía un autito celeste que aprendió a manejar ya en la edad madura. Apenas unos pocos años antes, cada vez que venía a Asunción (desde Villa Hayes o Buenos Aires), soliamos hacer el trayecto desde Villa Morra hasta el centro, en el viejo tranvía que transitaba por la avenida Mariscal López. Después de comprar las telas, era un ritual comer chipa so’o sobre la calle Palma, para luego volver a la casa. Abuela a comandar el almuerzo y nosotras a escuchar música, leer o reirnos a carcajadas.

Tachi era hermosa y todo le quedaba bien, tenìa las prendas de moda, con los accesorios acorde. Con menos poder adquisitivo que ella, echaba mano a su guardarropas para ciertas ocasiones especiales o estrenaba los vestidos con tela económica que mamá me cosía, y que parecían compradas en las mejores tiendas de París, gracias a las alforsas, cintas o detalles que ella le incluía.

Fuimos a muchas fiestas de quince, con mis vestidos o los suyos modificados, que me prestaba con generosidad. Abuela nos buscaba a las doce de la noche, en punto. Si no saliamos a tiempo, comenzaba a bocinar en plena calle. Para no pasar vergüenza tratábamos de ser puntuales.

Por aquella época, se usaba el pelo lacio, y como no existían los métodos modernos actuales que las adolescentes tienen a mano, recurríamos a la legendaria toca. La muy apreciada y nunca bien ponderada toca, consistía en colocarse un enorme rulero en la parte más alta de la cabeza y luego enrollar nuestros rebeldes rulos alrededor de la cabeza, sujetándolos con las pinzas. Pero el gran secreto de una buena toca, era darle la vuelta; esto es, girar toda la cabellera en sentido contrario. Luego, el resultado era realmente bueno: los cabellos quedaban lacios y sedosos.

Como Tachi quería ir muy bella al colegio, por la mañana, se ponía la toca a la noche y colocaba su despertador a las tres de la madrugada para darle la vuelta. Una vez concluida la tarea, volvía a dormir hasta las seis. A esa hora, abuela, que ya estaba escuchando Radio Ñandutí desde muy temprano, y la despertaba para que fuera a clases. Ella se arreglaba e iba caminando hasta el colegio Santa Clara, preciosa como una princesa.

Mi fanatismo no llegaba a tanto y simplemente amanecía con un lado de la cabeza bien lacia y el resto un tanto enmarañado, o simplemente, andaba por la vida con mi algarrobada cabellera.

Cuando escribo esto, abuela tiene 92 años. La fuimos a ver ayer con los chicos. Se puso contenta y conversamos sin parar durante casi dos horas. Ella se maneje en silla de ruedas y tiene episodios repetidos de bajones de salud, pero en general,cuando está bien, es dueña de una gran lucidez.

Le gusta mucho recordar nuestras anécdotas de juventud, especialmente cuando saliamos las tres juntas o cuando yo venía comer a su casa, todos los días, durante siete años, en las pausas de mi trabajo como secretaria.

Rosita ya no ve, pero siente con claridad mi enorme afecto y no deja de decirme lo mucho que me quiere. Ya lloré mucho, me dijo en algún momento, porque, ella es llorona por naturaleza, pero está más sensible que nunca por todo lo que sucede a su alrededor. Abuela ya perdió a cuatro hijos: papá (Liduino/Lilucho) y Santiago que fueron asesinados y ella jamás pudo ver justicia; y luego la pérdida de nuestro querido Rosario (mi padrino) y finalmente la de su hijo mayor, Armín.

Es que ya no sos una bebé, doña Rosa, estás viviendo casi un siglo, soportando tanto dolor, le dije. Y ella me apretó la mano para volver a lagrimear y llamarme mi negra… Yo sentí que en ese momento tenía que tomar el papel de ella, ser la más fuerte, y tratar de consolarla.

…………..

Quince días después me llaman para contarme que está internada, pequeñita y frágil como una niña. Miro el reloj, y quiero salir corriendo para que sienta mi presencia.

1 comentario:

Portalguarani dijo...

Señora Milia, hemos incluido el presente relato a su espacio en www.portalguarani.com (http://www.portalguarani.com/obras_autores_detalles.php?id_obras=13254 ), Gracias. Eduardo