miércoles, 1 de febrero de 2017

Cuaderno de memorias - En un colectivo de la linea 31


En un colectivo de la línea 31

  A Julio

Mitad de año de 1988. Con mamá y mis hermanos vivíamos en la zona ubicada entre Fernando de la Mora y San Lorenzo, trabajaba en la Terminal de Omnibus de Asunción como secretaria, era periodista free lance del diario Hoy, practicaba los domingos en Canal 9, escribía narrativa breve, y me encontraba preparando mi primer libro. Había terminado la universidad en el 86 y estaba sin novio desde hacía un buen tiempo.
Como mi horario en la oficina era cortado: de 8 a 12, y de 15 a 18,30; no me daba el tiempo para ir a almorzar hasta mi casa; además, para hacerlo, necesitaba pagar ocho pasajes al día, lo cual era un tremendo presupuesto. Entonces, iba a comer con mi abuela Rosa, en Villa Morra. Fueron años inolvidables compartiendo con ella las siestas, disfrutando de charlas y saboreando las delicias que ideaba cada día, para las dos.
A las doce menos diez ya me pegaba un telefonazo: veni rápido porque hoy comemos polenta con chanchito!, decía, por ejemplo. Sólo la abandonaba los miércoles, para ir a almorzar con mis tías en la casona familiar de Nicaragua entre Perú y Battilana.
Tomaba el 31 en la parada ubicada sobre República Argentina y me bajaba en la cuadra anterior al Colegio Santa Clara, en Salaskin. A veces, corría desde el puente sobre el Mburicaó para llegar a la casa, ubicada en Andrade y Weiss. Si, con pollera y taco alto. Ella me esperaba con la puerta abierta y uno de sus vestidos sueltos en la mano, para que me cambie rápido y comencemos a comer.
Una siesta, era invierno, porque recuerdo que llevaba puesto un uniforme gris y azul Francia, intenté prepararme para bajar. Permiso, le dije al pasajero que estaba a mi lado. No me escuchó o hizo como que no me escuchó. Permiso, repetí dos veces, molesta, porque estaba a punto de pasar mi parada. Creo que lo pisotee al intentar llegar al pasillo, apurada.
Lo volví a ver a la vuelta, y al día siguiente, y el siguiente, y otros más. Un día me dio el asiento y le llevé su agenda. Desapareció.
Abuela, hay un churro en el 31, le dije, masticando mi albóndiga rellena con huevo duro. En serio? Me dijo curiosa y feliz, exigiendo todos los detalles de la historia. Pero no lo volví a ver. Desapareció sin siquiera saber su nombre. Ya va a aparecer otra vez, fue su respuesta. Tenía la capacidad de predecir las cosas buenas.
Pasaron los meses y una mañana, mi prima Daisy me llamó a la oficina para decirme que tenía un candidato para mí. Qué bien! Le dije, ya me estaba por ir al convento para tomar los hábitos. Me habló de alguien que me conocía del colectivo y me reconoció en una foto de su último cumpleaños. Ah!, ya se quien es, le dije: un barbudo. Si, ese mismo, contestó. Un día de estos nos vamos a tu casa.
Un día de estos, dijo. Pero se fueron esa misma noche. Yo me fui a un cumpleaños y no me encontraron. Todo el dato que mi madre tenía era que estaba en el festejo de 15 años de la hermana de mi amiga, en el salón de una cooperativa. Creo que recorrieron un par de salones y se dieron por vencidos.
Me llamó a retar al día siguiente. ¿Cómo te vamos a conseguir un novio si no te quedás en tu casa?, me dijo. A la pinta, avisame con tiempo, le respondí.
Bueno, nos vamos el sábado, ni se te ocurra irte a ningún lugar. Listo, le dije. Nos vemos el sábado.

Y nos vimos el sábado. Era un 8 de diciembre. Adorné con moñitos de regalo y globos de navidad a mi hermoso pino real, baldeé la entrada, plumereé los balaustres de la murallita, arreglé mi sala y me puse un conjuntito amarillo que mamá cosió. También preparé una jarra de limonada (algo que jamás me perdonó porque fue con los limones de la planta que cultivó un ex novio).
Llegaron mi amiga-prima y el bombón, en un reluciente escabarajo blanco con portabultos anaranjado. Era el primer candidato con auto que tenía!!. Creo que hasta los vecinos salieron a mirar.
Charlamos un rato y salimos a pasear los tres. Había sido, se fue becado a Río de Janeiro los meses que desapareció del colectivo, y fueron compañeros de facultad con mi prima. Yo me fui a la cena de colación de su promoción, pero él no pudo asistir por estar en Brasil. El mundo es un pañuelo!
En aquella época, èl trabajaba en el laboratorio del doctor Faccetti y practicaba de siesta en el entonces laboratorio de Lacimet. Por eso coincidiamos en el horario del viaje en colectivo.

Hoy, tantos años después, si regresara el tiempo atrás y saliera corriendo a las doce del mediodía para ir a almorzar con mi abuela, volvería a tomar un colectivo de la línea 31, para volverlo a encontrar.

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