miércoles, 1 de febrero de 2017

Relatos sueltos - Espinas en el corazón


Espinas en el corazón


Cuando ella nació, su madre moría. No pudieron salvarlas a las dos, casi a ninguna. Pequeñìsima y frágil logró salir de ese cuerpo y lloró durante dos horas, sin parar. Aquello fue como un presagio de lo mucho que lloraría durante su vida.
Mientras la abuela la arropaba, su padre y su abuela la llevaron a enterrar en medio de una lluvia que no paró en tres días. Cuando volvió el cementerio, ese hombre fuerte y enorme, se empequeñeció de dolor y aprendió a ser padre y madre para su pequeña, pero no fue por mucho tiempo. Tampoco dejó que la abuela materna se hiciera cargo, mucho menos el abuelo, los alejó de su familia sin motivo alguno.
Los hermanos se cuidaron solos, desde la mayor hasta ella, se fueron convirtiendo en el timonel del barco mientras su padre se iba dando a la bebida, a los juegos de naipes con los amigos y a la vida licenciosa en los burdeles del puerto de Asunción. También abusaba de su ocupación de usurero, despojando de sus pequeñas casas a quienes no podían pagar las deudas que contraían con él. Murió a los cincuenta y ocho, lleno de propiedades y gente que le deseaba lo peor, por haberla dejado en la calle.
Ella creció con la salud emocional quebrantada, un día amanecía feliz y al siguiente era un mar de lágrimas. Una tarde colgaba globos en la casa y al día siguiente rompía sus hojas de cuaderno, escondida debajo de la mesa del comedor o en la esquina de la habitación que compartía con sus hermanas.
A los catorce ya estaba enamorada del hombre que pensó la salvaría del naufragio, pero el amor que él le dió no fue suficiente porque no duró mucho, no duró los años que ella hubiera necesitado para llenar sus vacíos. Creció, amó; èl también la amò y la dejò de querer casi de un día para otro. Quizás esto fue el detonante de que las tardes se le hicieran eternas y la risa constante se convirtiera en una máscara para disimular la frustración que la iba carcomiendo por dentro.
Se rayó la piel de la muñeca izquierda con un chuchillo de mal filo... Volvió del sanatorio con una venda y pastillas para dormir durante tres día. Luego se tomó el frasco de un tirón y le lavaron el estómago; después apretó el acelerador de su pequeño auto verde y fue a parar por un murallón de piedras, cerca del río que corría impávido, ajeno a su tristeza.
Sus hijos crecían tan solos como creció ella, sintiéndose culpables de que la madre quisiera acabar con su vida. Una de ellas se refugió en la pileta de lavar , fregando con frenesí las ollas que su madre amontonaba en la mesada,; otra sumaba y multiplicaba en una carpeta de hojas renovables y el niño se escondía en un mutismo extraño, en la oscuridad de su habitación.
Ella odió a todos a su alrededor, al día siguiente los amaba, pero después volvía a despreciarlos sin piedad. Abandonaba sus tratamientos, no tomaba a hora su medicación o los cambiaba por vasos de cerveza. Se dió a la vida nocturna y a la lujuria, convencida de que eso era vivir con alegrìa, pero en su interior iba creciendo cada día más el rencor. Fue tan grande el enojo que le creció por dentro, que le envenenó la sangre. Se volvió un erizo que ahuyentó a quienes querían ayudarla y las espinas terminaron por metérsele por dentro, hasta destruir su corazón.

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