lunes, 4 de mayo de 2009

Columna - Esa necesidad profunda



(Setiembre, 2005)

Eramos un montón de gente esperando el colectivo aquella mañana. Pasaron diez minutos, quince, veinte... cuando por fin apareció, nos subimos en tropel rogando que se fuera lo suficientemente rápido como para no llegar tarde a nuestros respectivos trabajos. Pero, como si fuera poca la espera, tres cuadras después el chofer paró frente a una humilde casita, y pidió un ratito de paciencia mientras se bajaba presuroso e ingresaba a la vivienda. Creo que el pasaje entero tuvo ganas de lincharlo. Al minuto, el altísimo conductor volvió a salir por la puerta abrazado a una pequeña ancianita que le dió su bendición, al despedirlo. Era su madre.

Retomamos el viaje sin que nadie le reprochara la demora e incluso, algunos hacían comentarios sobre ese acto de amor de un hombre físicamente tan grande, pero con esa necesidad tan profunda de un acercamiento a su dadora de vida. Esto ocurrió hace varios años y suelo recordar la anécdota cuando vuelvo a pasar por aquella casita.

Inexplicaba amor, necesario, imprescindible, el de la madre. Desde que nace hasta que expira, el ser humano vive aferrado a ese lazo maravilloso que no se corta con el cordón umbilical, ni con el paso de los años; al contrario, se va haciendo más fuerte y sólido.

No hay calor más fuerte y agradable que el de su abrazo, desde ese primero que da a su niño recién nacido cuando el médico lo coloca sobre su pecho hasta aquellos abrazos intangibles que envía a la distancia, cuando su hij@, ya grande vuela a otro nido o a otro lugar. Sus manos poderosas saben guiar, acariciar, sanar, alimentar, cuidar, transmitir emociones y consuelo. Ante sus ojos, el retoño menos favorecido físicamente, es el más bello.

Sin importar sus carencias, sus necesidades, sus limitaciones de cualquier índole, su color, su tamaño o su edad; adolescente u octogenaria, una madre guarda intacto ese casillero de oro dentro de su corazón. Allí, día a día se renueva el milagro que la hace valiente, persistente, fuerte, dulce, incansable e imprescindible dadora de amor y receptora del mismo.

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