domingo, 3 de mayo de 2009

Columna - Una imagen que resume el dolor.



Doblada sobre sus rodillas. 
Cuando somos chicos y sentimos dolor, nos acuclillamos en un rincón y lloramos, cuando somos grandes y nos parten el corazón, volvemos a esa posición primaria, casi fetal y hundimos lágrimas e impotencia en la misma forma.
Ella se dobló por la mitad y se derrumbó, el fotógrafo que captó ese momento, plasmó su tristeza, aunque ese sentimiento al igual que la alegría no tiene forma física, pero es capaz de dejarse ver de miles de formas.
La madre de Amín abandonó la sala de audiencia en el Palacio de Justicia, donde se desarrolla el juicio, tras haber escuchado el relato de uno de los secuestradores de su hijo y corrió, como para escapar de una realidad tan terrible que le ha de partir la cabeza todas las horas, todos los días; porque su hijo no volverá a la vida y la crueldad de sus captores y asesinos no tendrá el castigo suficiente como para que descanse su alma.
Muchas veces he imaginado de qué manera el cuerpo le habrá convulsionado de dolor y llanto a la mamá de Cecilia, a la mamá de Cristhian Schaerer, a la hija de Gilda Vargas... a todas las mamás, hijas, hermanas de este país que han perdido a sus seres queridos de maneras crueles e inhumanas, víctimas de todas las formas de violencia. Pero la imagen de Yamili Seiff Eddine resume todos los dolores, todas las tragedias, todas las impotencias y todas las desesperanzas.
Hoy me hubiera gustado escribir sobre cosas positivas, por ejemplo sobre abril que llegó y traerá su dulce brisa de otoño y llovizna tenue, pero la imagen de la mamá de Amín pide justicia a gritos.
No es justo que te arranquen de la manera más horrorosa ese ser que cuidás como lo más preciado de tu vida, simplemente porque hay otros que se mueven con intereses terribles que no reparan en nada para satisfacer sus propósitos.

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