viernes, 15 de abril de 2011

Relatos sueltos - Un vals para Adriana


(De "Las alas son para volar")

Su papá estaba tocando el violín cuando escuchó el timbre. Dejó el instrumento sobre la silla y salió a mirar. No había nadie, pero sí algo. Miró hacia abajo y vio una canasta de karanda’y, de esas que utilizan las verduleras para vender sus productos por la calle. Pero no estaba vacía; adentro, liada con una sábana con flores azules había una cosita pequeña que bostezaba sin parar y observaba todo con un par de maravillosos ojitos verdes.


Él miró para todos los lados y no vio a nadie, entonces alzó la canasta con su precioso cargamento y la llevó adentro. ¡Fernanda, gritó, Fernanda, Fernanda, un ángel llegó a la puerta! Ella no le hizo caso porque Martín estaba por contarle a Julieta que amaba a Ernestina y no a ella. ¡Fernanda, vení te digo, esto es un milagro y no quiero vivirlo solo!


Ella continuó embelesada ante la pantalla viendo cómo las lágrimas de Julieta le estropeaban el maquillaje. Cuando él le puso la canasta sobre la pierna, pensó que había comprado kumanda peky sin pelar y que se lo estaba pasando para que lo hiciera mientras veía «Sin tu amor soy un fantasma», la novela que ninguna ama de casa se perdía a las siete de la tarde. Pero la canasta se empezó a mover y ella dejó de llorar con Julieta para quedarse con la boca abierta ante esa bebita rosada que no paraba de mirarla. Fue amor a primera vista, de a cuatro: De ellos dos y su hija de de diez años con esa pequeña y hermosa desconocida.


Nadie la reclamó y N.N. pasó a ser Adriana María Fernández Pérez, alias polvorita o alegría de la casa. Era puro energía, puro besos, puros abrazos. Crecieron queriéndose los cuatro, aplacando necesidades con mimos, llorando juntos con las fiebres, las molestias del sarampión, los unos en matemáticas y los resbalones en el escalón en picada. Pero también rieron por sus morisquetas, sus adelantos en las clases de piano y danza paraguaya, con sus salidas inesperadas y sus besos pegajosos de chupetín y alfajores de chocolate.


Pero la alegría de la casa comenzó a perder la sonrisa cuando en la escuela le contaron que era adoptiva. Sí, y qué tiene que ver, fue la respuesta de su papá mientras afinaba sus cuerdas. Claro mi hija, pero eso no importa, le dijo Fernanda mientras hacía zapping con el control del televisor en la mano. Estelita levantó la vista de su bordado en punto cruz para decirle que deje de hacer teatro y no se preocupe por esas estupideces. Ya tenés doce años y tenés que comportarte como una mujercita, agregó mientras se iba hacia la heladera buscando algo para calmar su ansiedad.


Un rato después, Adriana les gritó que eran mentirosos y salió corriendo con su mochila cargada de cuadernos, uno o dos pantalones y sus tres remeras favoritas. En la esquina la alcanzó su hermana con otra mochila cargada con cualquier cosa. Si vos te vas yo te acompaño, porque también soy adoptiva, le dijo.


Se miraron, se abrazaron, y se mataron de la risa. Volvieron a la casa tomadas de la mano y con las mochilas livianas como plumas.


Cuando su madre abrió la puerta para que entraran, escucharon a su papá tocando un vals maravilloso de segunda bienvenida.

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