lunes, 25 de abril de 2011

Opinión -Héroe civil del Bicentenario



(Publicado en La Nación

el 25.04.2011)


Recuerdo ese terrible dolor que la sacudía entera. Parece que fue ayer, pero han pasado veinte años. Ella ya había perdido un hijo, joven, maravilloso, por culpa de las balas asesinas… y le habían arrebatado el segundo, quitándole otro pedazo de su corazón.


Ella besaba ese hueco donde había estado aquel ojo, que quería ver un país sin corruptos, sin violencia… ella acariciaba esas manos que aporreaban la vieja máquina de escribir para enviar sus crónicas al diario Noticias y para bosquejar poemas; y para acariciar como a un niño ese micrófono de su querida Radio Mburucuyá, allá en la entonces inhóspita Pedro Juan Caballero.

Ella lloraba sin consuelo porque ya era el segundo hijo que había criado con tanto amor, y se lo arrebataban de golpe, por honesto y consecuente, por gritar a los cuatro vientos que prefería la muerte física a la muerte ética, porque no había billete que pudiera comprar su conciencia y su voz.


Tiempo después del asesinato de su primer hijo, iban por las calles del centro, con su esposo, en su viejo Jeep, cuando vieron cruzar la plaza Uruguaya al asesino, caminando tranquilamente. Ella tuvo que tomarlo del brazo, para que no fuera corriendo a hacer justicia por propia mano, porque la muerte de su amado muchacho seguía impune. Cinco años después, él murió de tristeza e impotencia.


Pero ella continuó sola, llorando a su muertos… Hija cariñosa, madre y esposa ejemplar, ejemplo de la kuña guapa paraguaya, bella flor de Villa Hayes, Rosita Zaván de Leguizamón falleció en noviembre del año pasado, a los 93 años, sin el consuelo de saber que la justicia terrenal condenó a los asesinos de sus hijos, en especial a los de Santiago, que fue con tanta saña y crueldad. Porque como mensaje de amedrentamiento a todos los que como él hicieron de su profesión de periodista un apostolado, lo asesinaron un 26 de abril.


Poco tiempo antes de partir, ella soñaba con reencontrarse con sus hijos que habían partido, cuatro ya, porque quería acunarlos como cuando eran niños. Para ella, Santiaguito volvió a ser pequeño en su memoria confundida, y era de pronto una niña que buscaba el calor de su madre, o era de pronto la madre de ese pequeño travieso que creció para ser, sin buscarlo, uno de los héroes civiles del Bicentenario del Paraguay.

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