martes, 20 de septiembre de 2011

opiniòn- Vuelvo temprano... mañana


(Publicado en La Nación, 20.09.2011)

“Me estoy por recibir de vampiro”, dice una amiga, cuyo hijo adolescente sale a bailar con sus amigos y regresa al amanecer. N. se queda despierta hasta la madrugada esperando al fiestero, y luego se pasa el día domingo caminado como una zombi, porque mientras el agotado trasnochador duerme hasta que le despierten para almorzar, ella debe continuar con su rutina cotidiana de ama de casa.

Pensé en la angustia de N., cuando leí sobre el accidente de la joven Reina del Bicentenario, quien lastimosamente falleció ayer, a causa del grave accidente que sufrió cuando volvía de una fiesta, acompañada de una amiga, a las 7:00 de la mañana.

Para los jóvenes de hoy en día es normal retornar a sus hogares, recién al amanecer, después de haberse divertido toda la madrugada.

En casa también tengo una personita que regresa con el alba cuando se va a bailar a la discoteca. Aunque no surta efecto positivo, siempre le digo: volvé temprano mi hija, y ella responde sonriendo: si mami, vuelvo temprano... mañana. Y me quedo allí viéndola partir feliz... y tranco la puerta, pero mi alma va tras ella y lo que queda de mí duerme de forma intermitente, hasta que escucho sonar el celular y oigo su voz que me dice: mami abrime la puerta. Cuando lo hago, la claridad ya se cuela por las rendijas...

Si usted, lector/a ya pasó las cuatro décadas, recordará que antes volvíamos a la casa alrededor de la medianoche, después de las fiestas de 15, de la disco o de los conciertos bailables de las agrupaciones musicales. Ahora, los jóvenes salen de la casa a la medianoche, después de cenar y emperejilarse, y cuando los padres sentimos pesados los párpados, ellos tienen todas las pilas cargadas para disfrutar de la noche como si fuera las once de la mañana.

Como vivimos en la zona cercada a varias discos como Face's y Dylan, normalmente vemos en las mañanas de sábados y domingos, a muchachos jóvenes tomando cerveza a las 7:30 de la mañana, y a chicas jovencísimas y hermosas, caminando vacilantes con los stiletos en las manos, por la avenida Mariscal López y adyacencias. Suelo preguntarme cuántos de ellos llegan en buenas condiciones físicas a sus casas, porque manejar o ser acompañante, en esas condiciones, es un pasaporte a los accidentes, y a las terribles secuelas que estas provocan.

No sé en qué momento de nuestras vidas, los horarios de las salidas nocturnas comenzaron a trastocarse, con todo lo que eso significa en términos de salud física y mental, y seguridad, para nuestros hijos y para nosotros como padres. Cuando nuestros adolescentes aún dependen de nosotros, es todo un desafío llevarlos y retirarlos de las fiestas a altas horas de la noche y de la madrugada. Y cuando ya se manejan por su cuenta, quedamos en la casa con el corazón en vilo, esperando verlos regresar al hogar, sanos y salvos.

Así como las cosas cambiaron para mal, sería maravilloso que se dieran “vuelta” para bien, y retornáramos a las costumbres sanas de antaño, con fiestas que terminen en horarios prudenciales.

Con chicos y chicas pasados de copa o con sueño, manejando al amanecer, solo iremos sumando más víctimas que lamentar, cada día. Si a eso le agrega el plus de la inseguridad en las calles, el panorama es absolutamente inquietante.

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