jueves, 15 de octubre de 2015

Relatos sueltos - El beso en la taza


El beso en la taza
          (de "Horchata para el mal de amor")



Las huellas se fueron esfumando poco a poco. Allí quedó el rosa intenso de tu labial más lindo. Era el Revlon que usabas sólo en ocasiones importantes, porque era más costoso que el otro con el que te pintabas todos los días. Tomaste aquel café en plena madrugada, antes de ir al aeropuerto, para despabilarte. El avión salía a las seis y media, pero tenías que estar dos horas antes para hacer los trámites. Cuando me desperté a las tres ya estabas en la cocina con abuela, conversando. Siempre me encantó escucharlas conversar, como lo hacen dos vecinas que se quieren, coméntadose las cosas con tal naturalidad que se podría pensar que no eran madre e hija, sino simples amigas. Vos tomabas tu café y ella su mate amargo, mientras pelaba los porotos para la ensalada de la siesta. Vení mi amor, dijiste, cuando aparecí en la puerta, semidormida, y me hiciste sentar en tu regazo. Abuela me pasó un vaso de agua para despejarme. Entonces olí tu perfume y el aroma del café recién colado y regresé en el tiempo, hasta unos días antes, cuando me acompañabas hasta la parada del colectivo con tu vaso largo con café. Te quedabas conmigo hasta que aparecía el 27 que me llevaba al colegio. Cuando lograba subir y apretujarme entre la gente te veía parada tomando tu café, mientras me veías alejarme. Después volvías a casa, a trabajar durante horas con tu máquina de coser. Cuántas maravillas eras capaz de hacer con un poco de tela y una tira de encaje o de tul! El cartelito que te pintó tío Dani no mentía: Azucena, modista de novias y quinceañeras. Ropa linda y barata. Creo que de cobrar tan barato es que no nos alcanzaba el dinero y empezaste a buscar trabajo en España. Tía Bea que vive allá hace varios años te consiguió un empleo en un asilo de ancianas, entonces comenzó la odisea de juntar el dinero para el pasaje. Era mucho dinero, y tus ingresos muy escasos. Una de tus clientes, que trabaja en una cooperativa, logró asociarte y consiguió que te dieran un préstamo antes del tiempo necesario para un cliente tan nuevo. Tío Dani vendió una chatarra que tenía para ayudarte y abuela empeñó todas sus joyas, aquellos tesoros que le había regalado abuelo durante cuarenta y cinco años. Yo no tenía forma de colaborar, apenas era una niña de trece años sin ingreso alguno. Además, no quería que completaras el dinero, para que no te fueras. Pero lograste juntar el monto para el pasaje y para comprarte un abrigo, porque allá era invierno. El asilo estaba en Barcelona, donde también vive tía Bea. Tío Dani consiguió que su amigo Miguel le preste una auto para llevarte al aeropuerto. Te acompañamos los tres, tus tres amores, como solías llamarnos. La vi más anciana a abuela, cuando entraste por la puerta de embarque. Tío Dani te dijo que nos cuidaría. Yo no pude decir nada, sólo llorar silenciosamente. Fue duro volver a casa y no encontrarte. Fue duro quedarme llorando sobre tu cama durante todo el día, y más duro verla a abuela hacer sus tareas habituales con los ojos llenos de lagrimas. Llamaste por teléfono para contarnos que llegaste bien, y sonreímos con tristeza. Ese mes fue de grandes ajustes porque nos mantuvimos con el dinerito que dejaste. Tío Dani se fue a trabajar a Ciudad del Este y nos quedamos solas abuela y yo. Ahorré el dinero de mi merienda todo ese tiempo, para que no me faltara plata para el pasaje. Recién a los dos meses hiciste el primer envío y comenzamos a pagar las deudas y a comer un poco mejor. Abuela puso un puesto de venta de empanadas en la vereda y la gente aún se acercaba a preguntar por la modista. Entonces empecé a soñar con que pasaran rápido esos meses y regreses para fin de año. Pero pasó aquel 12 enero y no volviste. Comenzaste a enviar más plata para que guardemos para mi fiesta de quince años, que yo no tenía ganas de festejar sin vos. Prometiste que vendrías un mes antes, en agosto para preparar todo. Con tío Dani comenzamos a buscar un local para la fiesta y a consultar varios presupuestos para sesenta personas. Solo invitaría a mis treinta compañeros y a los pocos familiares que tenemos, además de nuestros tres vecinos que apreciamos. Me dijiste que ya tenías mi vestido. ¡Es un Rosa Clará!, mamita, exclamaste emocionada. Lo compré barato en la liquidación y es una hermosura! Imaginé al vestido que me compraste, lo soñé hermoso como vos, que te gustaban las ropas vaporosas, con encajes, suaves y femeninas . Sonreía todo el día, soñaba día y noche con tu regreso. Mi compañera Marita me ayudó a diseñar mi tarjeta en su computadora. Solo tenia que completar la fecha y el lugar y llevarla en Cd para que me lo impriman. Tío Dani y abuela ya me dieron el dinero para mis zapatos . Lo tengo guardado para irnos juntas a elegirlo, después de ver el vestido. El teléfono sonó de madrugada. Tía Bea estaba llorando. Creí que estaba en medio de una pesadilla cuando escuché lo que me decía. Abuela se levantó con dificultad para llegar hasta el teléfono, pero yo le gané de mano. Le pasé el teléfono a tío Dani y abracé a mi abuela que no entendía lo que estaba pasando. Tu mamá está grave. Un automóvil le atropelló cuando cruzaba una avenida. El conductor se hace cargo de los gastos, dijo tía Bea, yo la cuido no se preocupen... No volvimos a dormir en dos días. Gasté las cuentas de mis rosarios, pidiéndole a Dios que te salvara. Abuela era un espectro caminando por la casa. Pero te fuiste para siempre… No pudieron salvarte. Tía Bea te acompañó en tus últimas horas, tan lejos de mí. Entré en un profundo sopor durante días, ni siquiera pude atender a abuela. El dolor fue más fuerte que yo. Cuando logré reaccionar, habían pasado muchos días, estaba muy delgada, con las uñas carcomidas y totalmente destrozada emocionalmente. Abuela seguía friendo empanadas para vender, con los ojos hundidos y brillantes de lágrimas. Tío Dani y tía Bea lograron que la Secretaría de repatriados te traiga a Paraguay. Fuimos a esperarte en el aeropuerto, pero tu llegada no fue como lo habíamos soñado. Te enterramos cerca de abuelo, en el cementerio de Capiatá. Semanas después tía Bea me envió un paquete. Venía mi precioso vestido hecho por la diseñadora española, comprado tan amorosamente con ese dinero que te habrá costado tanto ganar, cuidando a decenas de ancianas. Abracé el vestido y lo manché con mis lágrimas. No habría fiesta de 15 años, ni de 16, ni de 20, ya nunca. Mi corazón ya no reiría jamás. ¿Cuánto tiempo ha pasado? Un siglo mamá, un siglo… pero esta taza aún tiene tu perfume y la huella de tus labios que apretaban el borde, como un beso.

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