sábado, 29 de enero de 2011

Relatos sueltos - Una imagen triste



De "Ronda en las olas"
(Dedicado a las mujeres, vìctimas de la violencia domèstica)

Tuve que fingir, no hubo más remedio. Me puse un luto completo desde los zapatos hasta la cabeza, me puse medias negras a pesar del calor, me quité los aros con coral y me puse una perla y me até el cabello con un trozo de la gabardina que sobró de la pollera, y lloré.


Dos días duró la farsa, desde que murió hasta después del entierro. Al velorio vinieron sus familiares y sus amigos, con ellos disimulé, tuve que llorar, poner cara triste y desvalida. Con mis familiares no fue necesario porque ellos conocían mi suplicio. Me inventé una imagen de viuda triste para las apariencias, porque no podía mostrar la cara contenta, no podía ponerme un vestido floreado, pintarme como para ir a una fiesta y decirles a todos que por primera vez en quince años me sentía feliz.

No quiero imaginar la cara de la gente si hubiera hecho eso, hubieran dicho que era una mala mujer, que sólo esperaba su muerte para darme a la vida libertina, que él era un pobre hombre, buen marido, trabajador y ejemplar que siempre me dio todos los gustos y aguantó mis infidelidades. Ni más ni menos.


Este vestido negro me sofoca. Pensar que tengo que llevarlo puesto por lo menos hasta que termine la novena. Yo quería hacer un triduo de misas, pero mi suegra insistió con la novena y encima, en mi casa, pero creo que el alma de ése no se salva ni con mil novenas seguidas. Voy a empaquetar toda su ropa y voy a regalarla a cualquiera, no quiero en esta casa ni siquiera un pañuelo que le haya pertenecido, nada que le recuerde, nada que me recuerde esos años de tristeza.


Cuando sean las siete y comience a llegar la gente tendré que ponerme otra vez la careta de sentida y seguir fingiendo un poco más. Nadie imagina que debajo de mi aparente dolor existe un alivio inmenso, una suerte de liberación inexplicable, unas ganas nacientes de empezar una vida nueva, en la que yo sea una verdadera persona y no una esclava, una autómata que se movía por toda la casa limpiando, lavando y preparando la comida que luego él me tiraba por la cara cuando no le gustaba.

No quiero volver a ser el objeto sobre quien descargaba toda su furia y su frustración cuando no le salían bien las casas que ideaba su mente enferma. No quiero volver a sentir en mi cara su aliento a alcohol, cuando por las noches me obligaba a estar con él.


Esa gente que me pasa la mano y me da los pésames no se imagina mis años de tormento, tiempo de golpes e insultos, días de no poder despertar con un proyecto alegre o noches en vela sin poder conciliar el sueño. Sólo algunas vecinas me dan un leve apretón en el brazo y me dicen con los ojos que me comprenden, porque seguramente, más de una vez han escuchado mi llanto o me han oído suplicarle que ya no le castigara a nuestro pequeño, o que dejara de golpearme tan brutalmente como lo hacía. Sólo ellas me comprenden, porque hay más de una soportando lo que yo pasé.


Cuando acabe esta novena, no me importa lo que digan, voy a ponerme un vestido alegre y voy a salir a buscar un trabajo, y mi hijito y yo nos mudaremos para intentar encontrar una sonrisa en todas las cosas.

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